Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
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Día 21
La niebla en mi cabeza era más espesa que nunca, pero justo por debajo de esa confusión, el miedo y la angustia ardían con más fuerza. Sentía que si esperaba un día más, si dejaba pasar una sola noche, terminaría perdiendo la capacidad de distinguir la verdad de la mentira, de olvidar por completo lo que realmente sentía y convertirme en esa marioneta sin voluntad que Brayan quería.
Sabía que corría un riesgo enorme. Si me descubrían, todo se iría al traste: mi familia, mi tranquilidad, cualquier posibilidad de arreglar algo. Pero no podía seguir callado ni un minuto más. Tenía que decírselo todo a Esteban, sin omitir ni un solo detalle.
La huida en la oscuridad
Esperé a que el reloj marcara las dos de la mañana, cuando en mi casa todo estaba en silencio profundo. Me levanté despacio, con el cuerpo pesado por el efecto de la dosis de la noche anterior, pero con una determinación que me daba fuerzas para moverme. Abrí la ventana de mi cuarto con cuidado, sin hacer ruido, y bajé por el pequeño techo del patio trasero hasta caer en la calle.
El aire frío de la noche me golpeó el rostro y me ayudó a despejar un poco la mente. Caminé rápido, con el corazón latiendo como un tambor en los oídos, siguiendo el camino que sabía de memoria hasta la casa de Esteban. Estaba lejos, en otra calle tranquila, y mientras avanzaba no paraba de temblar: por el miedo a ser visto, por la culpa, por lo que iba a contarle.
Llegué hasta su reja y lancé unas piedras pequeñas contra la ventana de su habitación, con suavidad al principio, luego con un poco más de fuerza cuando no hubo respuesta. Estaba a punto de rendirme cuando vi que la luz se encendía y la ventana se abría con cuidado.
Al verme ahí abajo, con la ropa desarreglada y la cara llena de lágrimas, Esteban abrió los ojos sorprendido y asustado. En un segundo bajó corriendo y abrió la puerta lateral de su casa para hacerme entrar al jardín, lejos de las miradas de la calle.
—¿Fabricio? ¿Qué haces aquí a esta hora? ¿Te pasó algo? —preguntó en voz baja, mirándome de arriba abajo, buscando heridas o señales de peligro.
En cuanto vi su rostro, en cuanto escuché su voz, rompí en un llanto desconsolado que había contenido durante días. No pude mantenerme en pie y me dejé caer sentado en el suelo, cubriéndome el rostro con las manos. Él se agachó de inmediato, me sostuvo entre sus brazos con una ternura que me partía más el alma.
—Dime qué pasa —me suplicó con voz que también se quebraba—. Dime por qué actúas así, por qué me rechazas, por qué te veo con él como si nada hubiera pasado. Me estoy volviendo loco de dolor, Fabricio.
La verdad, toda la verdad
Entonces, entre sollozos que me cortaban la respiración, se lo conté todo. Sin omitir nada. Le hablé de las fotos y los papeles que Brayan había conseguido, de la amenaza de arruinar a mi familia y a mi padre, del tarro con esa sustancia que me obligaba a tomar cada noche para nublar mis pensamientos, de cada orden, cada gesto falso, cada beso que tuve que darle a otro sintiendo que me arrancaban pedazos de mí mismo.
—No quería hacerlo —le decía entre lágrimas, agarrándome fuerte de su camisa como si fuera la única tabla de salvación—. Me obligó, Esteban. Si me negaba, lo iba a contar todo, nos iba a destruir a todos. Y esa mezcla… cada día me siento más confundido, me cuesta pensar claro, me da miedo que un día ya no pueda decir lo que siento. Te hice daño, lo sé, pero no tenía otra salida. No quería que creyeras que te cambié así por nada.
Mientras hablaba, vi cómo la expresión de Esteban pasaba de dolor a confusión, luego a una furia contenida y, finalmente, a una profunda compasión. Me abrazó con más fuerza, apretándome contra su pecho como si quisiera protegerme de todo el mal del mundo, y sentí cómo sus propias lágrimas caían sobre mi cabello.
—Lo siento —repetía una y otra vez, quebrado—. Lo siento tanto…
—No pidas perdón —me interrumpió con voz firme pero suave, limpiando mis lágrimas con sus dedos temblorosos—. Ahora entiendo todo. Cada mirada tuya, cada palabra seca, cada gesto que no te salía natural… yo sabía que había algo raro, que no podías cambiar tanto en tan poco tiempo. Brayan no te tiene enamorado, te tiene atrapado. Es un chantaje, no una relación.
Buscando soluciones… pero sin libertad
Nos sentamos en un banco del jardín, bajo la luz tenue de la luna, y hablamos durante horas. Esteban pensaba rápido, buscando salidas, aunque ambos sabíamos que no era fácil.
—No podemos ir a la policía todavía —dijo él, razonando con calma a pesar de la rabia que sentía—. Si lo hacemos y no tenemos pruebas claras, él puede negar todo y publicar esa información de todos modos para vengarse. Tampoco podemos enfrentarnos a él a golpes, porque entonces tendría más excusas para acusarnos a nosotros.
—Y la sustancia… —susurré con miedo—. Si dejo de tomarla de golpe, dice que me causará mareos fuertes o peor, y no sé qué tan dañina sea. Además, él guarda el tarro, no lo tengo yo. Cada noche me da solo la cantidad exacta.
—Entonces haremos esto —decidió Esteban, tomando mis manos entre las suyas con fuerza y esperanza—. Por ahora tienes que seguir con la farsa. No puedes cambiar tu actitud de repente o sospechará y actuará antes de tiempo. Sigue haciendo lo que te ordene, pero con cuidado. Trata de recordar cada detalle, cada palabra, guarda cualquier cosa que te dé como prueba. Yo buscaré la forma de conseguir información, de demostrar que lo que hace es un delito, de proteger también a tu familia sin exponernos demasiado pronto.
Me miró a los ojos, con esa mirada que me daba seguridad, aunque sabía que la solución no llegaría mañana ni pasado.
—Te prometo que no te dejaré solo en esto —me dijo con una voz que me llegó hasta el alma—. Sé que sigues siendo tú, aunque esa sustancia te nuble la mente. El amor que nos tenemos es más fuerte que cualquier droga o cualquier mentira. Pero tenemos que tener paciencia, ser muy listos y no dar un paso en falso. Por ahora sigues siendo su prisionero, pero ya no estás en silencio: yo sé la verdad y estoy contigo para buscar la forma de romper estas cadenas.
Regreso a la jaula
Cuando el cielo empezó a clarear suavemente, supe que tenía que volver. Si me ausentaba demasiado, mis padres podrían darse cuenta o Brayan podría presentarse temprano para vigilarme. Nos despedimos con un abrazo largo, desesperado, como si quisiéramos fundirnos en uno solo para soportar la distancia y la mentira que nos esperaba.
—Ten cuidado —me susurró Esteban, besándome la frente con todo el amor que tenía—. No te confíes, no muestres nada raro. Todo esto es solo una espera hasta que encontremos la salida.
Regresé a mi casa por el mismo camino, entré por la ventana y me acosté en mi cama justo cuando el sol empezaba a salir. Me sentía agotado, pero por primera vez en días sentía que ya no llevaba el peso solo. Sin embargo, la realidad seguía ahí: seguía atrapado, seguía obligado a fingir, seguía teniendo que tomar esa sustancia cada noche, seguía bajo la amenaza constante. No me había liberado de Brayan, ni mucho menos, pero ya tenía un aliado y la verdad al fin había salido a la luz.
Ahora escribo esto con el corazón un poco más aliviado pero con el miedo renovado: ¿podremos encontrar una solución sin que Brayan sospeche? ¿Cuánto tiempo más tendré que seguir actuando como si fuera suyo? ¿Y cuánto más resistirá mi mente antes de que esa niebla se vuelva demasiado espesa?
La espera comienza ahora, y el peligro sigue tan cerca como siempre.