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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Cap 22: ¡No mires!

Santiago llegó tarde.

No tarde en el sentido del reloj — fueron segundos, tal vez diez, entre que abrió la puerta de la escalera y cruzó la planta de creatividad hasta donde estaba Valentina. Pero diez segundos, cuando alguien que compartes emociones está en estado de pánico absoluto, se sienten como diez minutos sumergido en agua helada.

El piso doce era un desastre. Papeles por todos lados. Un panel de vidrio reventado, los fragmentos esparcidos por el suelo como una constelación rota. Un hombre con la frente ensangrentada siendo atendido por alguien con una toalla. Otro hombre — el agresor, supuso Santiago — siendo arrastrado hacia la salida por dos empleados y un guardia de seguridad que parecía no saber si estaba deteniendo a un criminal o separando una pelea de cantina. Gritos. Teléfonos grabando. Andrea hablando con urgencias. Beto de pie junto a su escritorio con la boca abierta y el celular olvidado en la mano.

Y en medio de todo, Valentina.

De pie. Los brazos caídos. La cara del color de la cera. Los ojos fijos en el suelo — no en cualquier parte del suelo, sino en el punto exacto donde la sangre de Fernando se había mezclado con los cristales rotos y formaba un charco irregular que brillaba bajo la luz fluorescente como algo vivo.

Santiago no pensó. No calculó. No analizó opciones ni evaluó riesgos ni consultó ningún protocolo interno de su cerebro. Hizo algo que su cuerpo decidió sin pedirle permiso a su mente: corrió los últimos tres metros, extendió los brazos y la jaló hacia él.

Una mano le cubrió los ojos. La otra le presionó la nuca, empujando su cara contra su pecho, contra la tela de la camisa que olía a detergente y a café americano y a algo más que Valentina no pudo identificar pero que su cerebro registró como "seguro."

—¡No mires! —dijo Santiago.

Su voz sonó más alta de lo que pretendía. Más urgente. Más humana.

Pero era tarde. Valentina ya lo había visto todo — la sangre, los cristales, el cuerpo de Fernando en el suelo, la carne abierta en su frente como una boca que no debería existir. Las imágenes ya estaban dentro de ella, grabadas en la retina como una fotografía que no se puede borrar.

Y el miedo que producían esas imágenes — un miedo líquido, visceral, que le llenaba el pecho como agua entrando en un barco que se hunde — atravesó la conexión emocional con la fuerza de un cable de alta tensión.

Santiago lo recibió entero.

Su corazón, que ya estaba a 148, dio un salto absurdo — 162, 170, un número que su Apple Watch ni siquiera sabía cómo clasificar. Su visión se oscureció por los bordes, como una fotografía quemándose desde las esquinas. Las rodillas le fallaron. Retrocedió un paso buscando equilibrio y su nuca golpeó algo duro — el reposabrazos de una silla de conferencias que alguien había dejado en medio del pasillo.

El impacto fue seco. Como un coco partiéndose.

Santiago Montero Castellanos, CEO de Grupo Austral, treinta y tantos años, metro ochenta y tres, traje gris Oxford, cayó al suelo del piso doce de su propia torre como un árbol al que le cortan las raíces.

---

El silencio que siguió fue absoluto. Duró dos segundos. Luego explotó.

—¡El director se desmayó!

—¡¿Santiago Montero se desmayó del susto?!

—¡Alguien llame otra ambulancia!

—¡¿Otra?!

La planta entera colapsó en un segundo nivel de caos. Los que estaban atendiendo a Fernando levantaron la cabeza. Los que estaban grabando con el celular giraron las cámaras. Andrea, que había conseguido mantener la compostura profesional durante toda la crisis, miró a Santiago en el suelo y por primera vez en su carrera dijo una palabra que no estaba en ningún manual de recursos humanos.

Valentina se arrodilló junto a él.

—Señor Montero. Señor Montero, ¿me escucha?

Su voz era un hilo. Sus manos temblaban sobre los hombros de Santiago — no sabía si sacudirlo o no tocarlo, si hablarle más fuerte o llamar a alguien, si esta era una emergencia médica o solo un desmayo o si la diferencia importaba cuando la persona en el suelo era el hombre que acababa de abrazarla para que no viera la sangre.

Un bulto morado empezó a crecer en la parte posterior de su cabeza, justo donde había golpeado el reposabrazos. Valentina lo vio formarse en tiempo real — primero rojo, luego púrpura, hinchándose como algo que no pertenecía ahí.

—¡Señor Montero!

Nada. Ojos cerrados. Respiración superficial. El Apple Watch vibrando en su muñeca con la insistencia de un animal atrapado.

---

Emilio llegó cuarenta segundos después, bajando las escaleras de tres en tres. Lo que vio fue: su mejor amigo inconsciente en el suelo con un chichón del tamaño de un huevo, una asistente arrodillada a su lado llorando sin sonido, un empleado ensangrentado siendo vendado junto a la impresora, papeles por todas partes, y aproximadamente treinta personas mirando todo con la expresión colectiva de alguien que ve un documental de desastres y no puede cambiar el canal.

Emilio no perdió ni un segundo. Sus ojos recorrieron la escena con la velocidad de alguien que ha aprendido a tomar decisiones en medio del fuego — no porque fuera bombero, sino porque llevaba años siendo la persona que limpiaba los desastres que Santiago no veía venir.

—Santiago va al hospital. Valentina va con él. —Señaló a Andrea—. Lic. Soto, el piso es suyo. Seguridad que cierre el acceso. Los que están grabando, guarden los celulares o los guardo yo.

Tres frases. Voz de mando. Ni un gramo de pánico. Emilio Torres no era CEO, pero en momentos de crisis funcionaba como el generador de respaldo de un hospital: invisible hasta que lo necesitas, y cuando lo necesitas, mantiene todo encendido.

Los paramédicos que habían llegado para Fernando se encontraron con un segundo paciente. "¿También fue el golpe?" preguntó uno de ellos, mirando la escena con la cara de alguien que ha visto mucho pero no esto exactamente. "Se desmayó," dijo Emilio. "No recibió ningún golpe directo. Cayó solo."

"¿Se desmayó del susto?" preguntó el otro paramédico, sin poder ocultar su incredulidad.

Emilio lo miró con la expresión que reservaba para las preguntas estúpidas.

—Solo pónganlo en la camilla.

---

La ambulancia cortó el tráfico de Reforma con la sirena abierta. Valentina iba sentada en el banco lateral, las manos apretadas sobre sus rodillas, los ojos fijos en Santiago. Él estaba en la camilla, inmóvil, con una bolsa de hielo sobre el chichón y cables de monitoreo pegados al pecho. El paramédico revisaba sus signos.

Valentina no podía dejar de pensar: "Tres veces." La primera, en la torre, cuando la tocó y colapsó. La segunda, observación por taquicardia. La tercera, ahora. Cada vez era peor. Cada vez era por su culpa — por sus emociones, demasiado fuertes, demasiado ruidosas, demasiado todo.

"Soy un peligro para él."

La idea le cayó encima como un balde de agua fría. No era autocompasión — era un cálculo. Si cada vez que ella sentía miedo, o pánico, o dolor, el resultado era que Santiago terminaba en una ambulancia, entonces ella era el factor de riesgo. Ella era la variable que había que eliminar para que la ecuación funcionara.

"Debería alejarme."

La idea se instaló con la claridad horrible de las verdades que no quieres reconocer. No como una duda — como una conclusión.

La smartband vibró. 134 lpm. Bajando, pero despacio.

El monitor de Santiago emitió un pitido. Su frecuencia cardíaca estaba normalizándose — 98, 92, 87. Los párpados le temblaron.

—Señor Montero —dijo el paramédico, acercando una linterna—. ¿Puede oírme? ¿Sabe dónde está?

Santiago abrió los ojos. La luz de la ambulancia le dio de lleno en las pupilas y parpadeó, desorientado. Su mirada recorrió el techo de la ambulancia, el paramédico, los cables en su pecho. Y luego giró la cabeza.

Valentina estaba ahí. Con la cara hinchada de llorar, las manos temblando sobre las rodillas, los ojos rojos como si hubiera pasado una hora sin parpadear.

Santiago la miró. Lo primero que dijo — antes de preguntar qué le había pasado, antes de preguntar dónde estaba, antes de hacer cualquier pregunta que un paciente normal haría al despertar en una ambulancia — fue:

—¿Estás bien?

Valentina abrió la boca. La cerró. Las lágrimas que había estado conteniendo desde que lo vio caer se desbordaron de golpe, silenciosas, pesadas, cayendo sobre sus manos y sobre la tela de su falda y sobre el metal frío del banco de la ambulancia.

No pudo responder.

Santiago intentó levantar la mano hacia ella, pero el paramédico lo detuvo. "No se mueva. Vamos a hacerle estudios." Santiago no insistió, pero sus ojos no se apartaron de Valentina durante el resto del trayecto — como si ella fuera el único punto fijo en un mundo que acababa de girar noventa grados sin aviso.

El Apple Watch de Santiago emitió una alerta final: "Frecuencia cardíaca: 142 bpm. Consulte a un médico." La pantallita brillaba en la penumbra de la ambulancia como un faro pequeño e inútil. Valentina la leyó al revés desde donde estaba sentada. 142. Todavía demasiado alto. Todavía por su culpa.

En Torre Austral, la historia se propagó como un virus. Para las doce del mediodía, cada piso tenía su versión. Para las dos de la tarde, Beto había publicado en el grupo sin jefes un resumen que decía: "Hoy aprendí que hasta los robots le tienen miedo a la sangre." Para las cinco, alguien del departamento legal juró que Santiago se había desmayado porque vio a Valentina en peligro. Esa versión no era correcta. Pero tampoco era del todo incorrecta.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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