¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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Lógica De Control
La primera semana del semestre pasó con la velocidad y la fricción de un motor sin lubricar. El pacto que Seo-jun y Min-jae habían sellado en el laboratorio de control numérico no disminuyó en lo absoluto la exigencia académica; al contrario, la elevó a niveles estratosféricos. En los pasillos y las aulas, la dinámica se había vuelto un espectáculo digno de observar. La facultad entera miraba con fascinación contenida cómo los dos mejores estudiantes de la carrera se sentaban juntos, compartían apuntes y se miraban con una devoción evidente, pero al mismo tiempo defendían sus códigos y simulaciones con un celo profesional impecable. Ya no era el odio del pasado; era el respeto absoluto a la mente del otro.
El viernes por la tarde, el laboratorio de Robótica Avanzada estaba en completo silencio. El profesor Andrés caminaba entre las estaciones de trabajo revisando la primera entrega del semestre: el modelado cinemático directo y la matriz de transformación homogénea de un brazo robótico industrial de seis grados de libertad.
Jae tenía los ojos fijos en la pantalla de su computadora, repasando las líneas de código en MATLAB por quinta vez consecutiva. Sentía una presión sorda en el pecho, no por el miedo a fracasar, sino por la expectativa del veredicto. A su lado, Jun operaba la interfaz de simulación con una calma envidiable, aunque la tensión en sus hombros delataba que también estaba entregando el cien por ciento de su capacidad.
—Muy bien, jóvenes —habló el profesor Andrés, captando la atención de todo el grupo mientras tecleaba en la computadora central—. Los primeros reportes de avance ya han sido evaluados y subidos a la plataforma del campus. Debo decir que el nivel de esta generación es sobresaliente, pero como ya saben, la excelencia se define en los detalles más pequeños. Pueden revisar sus notas.
Un coro de clics simultáneos resonó en el aula. Jae sintió que el aire se le atoraba en la garganta mientras abría la pestaña de calificaciones. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el número reflejado en la pantalla.
Min-jae: 9.98
Seo-jun: 9.97
Una milésima de punto. Una sola variable de redondeo en la matriz de rigidez había marcado la diferencia.
Jae giró la cabeza lentamente hacia Jun, disculpándose de antemano con la mirada. Temía ver frustración o resentimiento en los ojos de su novio. Sin embargo, Jun se limitó a mirar la pantalla, soltó un suspiro largo y luego se giró hacia Jae. Lejos de estar enojado, una sonrisa suave, orgullosa y genuina iluminó el rostro de Jun. Estiró la mano por debajo de la mesa de trabajo y apretó los dedos de Jae con firmeza, dándole un mensaje silencioso: Lo lograste.
—Felicidades, Jae —murmuró Jun con voz baja y ronca, asegurándose de que nadie más los escuchara—. Un algoritmo impecable. Te ganaste el primer lugar de la semana.
El corazón de Jae dio un vuelco, el peso de la culpa disolviéndose por completo ante la madurez de Jun. El pacto estaba vigente, y esa noche, las reglas del juego cambiarían por completo al cruzar la puerta del departamento.
A las nueve de la noche, el ambiente dentro del departamento de Jun era el opuesto al frío laboratorio de la facultad. La llovizna seguía golpeando los cristales, pero el interior estaba templado, iluminado únicamente por la luz tenue de la lámpara de la sala y una música suave que rompía el silencio.
Jae salió del baño vistiendo una playera blanca holgada y unos pantalones de algodón cómodos. El cansancio acumulado de una semana sin dormir le pesaba en los párpados, pero su mente estaba completamente fija en el hombre que lo esperaba sentado en el borde de la cama grande. Jun ya se había cambiado, vistiendo únicamente un pants gris, dejando su torso ancho y sus brazos tatuados al descubierto.
En cuanto Jae se acercó a la cama, Jun se levantó con una sonrisa suave y mansa, desprovista de cualquier rastro de la arrogancia del campus. Se acostó de espaldas sobre las sábanas oscuras, abriendo los brazos en una invitación silenciosa.
—Te lo dije, Jae —susurró Jun con voz baja y ronca, mirándolo con una devoción inmensa—. En la escuela somos los mejores rivales, pero aquí adentro... yo soy todo tuyo. El trato es el trato. Ganaste la simulación, así que esta noche te toca a ti manejarme a tu antojo y dejar que te cuide desde abajo. Toda mi estabilidad está en tus manos.
Ver al hombre más imponente, terco y protector de la facultad entregándose a él con tanta vulnerabilidad y amor profundo le aceleró el pulso a Jae de una forma hermosa. Se subió a la cama y se posicionó sobre Jun, sentándose en sus muslos. Jae estiró sus manos y acunó el rostro de Jun, acariciando sus mejillas con los pulgares antes de bajar a besarlo con un amor tan puro que les oprimió el pecho a ambos.
Esta vez, Jae tomó el control por completo. Con movimientos pausados y llenos de cuidado, se deshizo de la ropa de ambos, disfrutando de la luz plateada de la luna que se filtraba por la ventana, iluminando sus cuerpos desnudos. Tomó el tubo de lubricante de la mesa de noche, vertiendo una cantidad generosa en sus propios dedos.
Jun se quedó completamente quieto, respirando de manera pausada, entregándole toda su confianza a su novio mientras Jae se preparaba a sí mismo con paciencia sobre el pecho de Jun, estirando sus propias paredes internas para que el encuentro fuera perfecto. Jun estiró sus manos grandes y cálidas, posándolas en la cintura de Jae para sostenerlo con una ternura infinita, cuidando de no presionarlo, dejando que Jae dictara el ritmo exacto.
Cuando estuvo completamente suave y listo, Jae se alineó sobre el miembro de Jun, que ya se encontraba firme y lubricado por el deseo. Miró a Jun a los ojos, conectar sus miradas en un pacto silencioso de amor absoluto que superaba cualquier frontera.
Jae bajó la cadera lentamente, dejándose caer centímetro a centímetro, la anatomía imponente de Jun lo llenó por completo de una sola estocada pausada y continua.
—¡Ah... Jun! —gimió Jae, echando la cabeza hacia atrás, con los músculos internos contrayéndose de una manera tan cálida y perfecta alrededor de su novio que le hizo derramar una lágrima de puro éxtasis.
Jun soltó un gruñido bajo y contenido desde el fondo de su pecho, sus manos en la cintura de Jae apretándose con suavidad para mantener el equilibrio—. Mírame, Jae... bájate por completo. Eso es... quédate ahí. Eres hermoso.
Jae apoyó las manos en el pecho firme de Jun y comenzó a moverse, elevando y bajando sus caderas en un ritmo constante, suave pero profundo. Al tener el control absoluto, Jae buscaba los ángulos exactos que lo hacían estremecer, pero también aquellos que hacían que Jun arqueara la espalda en el colchón, entregándole gemidos roncos que Jae nunca antes había escuchado. El ritmo no era salvaje; era una danza perfecta donde Jae guiaba a Jun a través del placer, deteniéndose a besar sus labios, sus hombros y sus tatuajes cada vez que sentía que la intensidad del amor los abrumaba.
Ver a Jun mirarlo desde abajo con los ojos empañados de pura devoción, completamente sumiso al ritmo de Jae para cumplir el pacto, borró cualquier rastro de estrés académico en la mente de ambos. Jae se entregó por completo al movimiento, embistiendo sobre él hasta que el calor y los fluidos cruzados inundaron la cama.
El clímax los alcanzó en un abrazo apretado. Jae no pudo contener la intensidad del roce contra su próstata y se corrió masivamente sobre sus propios abdómenes, sus sábanas y el pecho de Jun, mientras su cuerpo sufría espasmos dulces. Segundos después, con un par de movimientos ascendentes y profundos de Jae, Jun soltó un rugido ahogado contra el cuello de su novio y se vino profundamente dentro de él, descargando oleadas calientes que sellaron la noche en una entrega total.
Se quedaron unidos durante mucho tiempo, con las respiraciones calmándose lentamente en la penumbra. Jun rodó sobre el colchón sin romper la unión, jalando a Jae hacia su pecho y envolviéndolo con las cobijas. Pasó sus brazos alrededor de él, mimándole el cabello con suavidad mientras Jae apoyaba la cabeza en su corazón, escuchando sus latidos constantes.
La primera variable del semestre había sido resuelta con éxito; el sistema no solo era estable, sino que se estaba volviendo indestructible gracias al amor.