Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 22: Obligados a Acercarse
Horas más tarde, Maximiliano decidió dejar de pensar en la conversación que había tenido con Teresa.
No tenía intención de seguir dándole vueltas al asunto.
Entró al baño de su habitación y se dio una ducha rápida.
Cuando salió, llevaba únicamente un pantalón de pijama y el cabello todavía ligeramente húmedo.
Se disponía a descansar cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció Mercedes.
—Abuela, ¿qué haces despierta a esta hora?
—Eso mismo podría preguntarte yo —respondió ella.
Mercedes entró y echó un vistazo alrededor.
Al comprobar que la habitación estaba ocupada únicamente por Maximiliano, lo miró con sospecha.
—¿Y dónde está Pamela? —preguntó
—En su habitación, supongo —respondió Maximiliano distraídamente.
Las palabras salieron de su boca antes de que realmente las procesara.
Pero apenas terminó de decirlas, se dio cuenta de lo que acababa de admitir.
Su mirada se dirigió lentamente hacia su abuela.
—¿En su habitación? —preguntó Mercedes, visiblemente extrañada.
Después de todo, para ella era natural que un matrimonio compartiera la misma habitación.
Por eso la respuesta de Maximiliano le resultó, cuanto menos, sospechosa.
—Abuela, tú sabes cómo se ponen algunas mujeres cuando están en esos días del mes —dijo Maximiliano, recurriendo a la primera explicación que se le ocurrió—. Supongo que quiso estar un poco sola.
En realidad, no tenía la menor idea de si Pamela estaba o no en esos días.
Simplemente fue la excusa más rápida que encontró para justificar por qué no estaba con él.
Por un instante, esperó que aquello fuera suficiente para convencer a su abuela.
Su abuela lo miró con cierto reproche. Parecía haberle creído, aunque no del todo.
—Con más razón, nene hermoso —dijo Mercedes—. Si Pamela está en esos días, deberías estar con ella.
Maximiliano aclaró la garganta, claramente incómodo.
—Abuela, creo que Pamela preferiría estar sola antes que tenerme rondando por ahí.
—Eres su esposo —insistió Mercedes—. Las mujeres nos ponemos más sensibles durante esos días. A veces solo queremos sentir que alguien nos comprende y está ahí para nosotras.
Aquellas palabras hicieron que Maximiliano se sintiera cada vez más incómodo.
Definitivamente no quería tener aquella conversación.
—Ve con ella —ordenó Mercedes—. Estoy segura de que le hará bien.
—Pamela probablemente ya está dormida, abuela. La veré mañana.
Mercedes entrecerró los ojos.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Y la forma en que había intentado esquivar el tema no pasó desapercibida para ella.
—Maximiliano...
Él levantó la vista hacia su abuela, deseando que por una vez dejara el tema en paz.
—¿Sí?
—No me digas que tú y Pamela están peleados.
Maximiliano soltó un suspiro, sin saber qué más responder.
Ese pequeño silencio fue suficiente para Mercedes.
—¡Lo sabía! —exclamó señalándolo con un dedo—. Están peleados.
—Abuela...
—Nada de "abuela". Ve ahora mismo a su habitación y arreglen sus diferencias.
Maximiliano la miró incrédulo.
—No es tan simple.
—Claro que lo es. Son un matrimonio precioso para estar comportándose de esa manera.
—Abuela, nosotros...
—No quiero escuchar excusas.
Mercedes se acercó y le acomodó el cabello húmedo hacia atrás con cariño, como cuando era un niño.
—Vas a ir a hablar con tu esposa.
Aquello se estaba saliendo completamente de control.
Y por la expresión decidida de su abuela, supo que discutir sería una pérdida de tiempo.
—Bien —murmuró finalmente.
La sonrisa victoriosa de Mercedes apareció de inmediato.
—Así me gusta.
Maximiliano salió de la habitación sabiendo que, si no hacía lo que ella quería, probablemente no lo dejaría en paz en toda la noche.
Mientras caminaba por el pasillo hacia la habitación de Pamela, no pudo evitar preguntarse cómo demonios había terminado en aquella situación.