Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 22 — Reglas para fingir amor
Demian señaló la hoja.
—Primero: no vamos a exagerar. Nada de besos públicos innecesarios, declaraciones largas ni escenas teatrales. Eso daría más sospecha que credibilidad.
Marian sintió que el cuerpo se le tensaba con una palabra.
Besos.
Demian lo notó.
—No habrá besos sin acuerdo previo.
—Eso ya está en el contrato.
—Lo estoy repitiendo para que no entres en modo ataque cada vez que mencione contacto.
—No entro en modo ataque.
Él la miró.
Marian cruzó los brazos.
—Entro en modo defensa razonable.
—Como prefieras llamarlo.
—Me gusta más mi versión.
—Lo imaginé.
Demian pasó a la siguiente línea.
—Segundo: si caminamos juntos, no debes ir medio paso atrás.
Marian frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Ayer, cuando cruzamos la entrada, intentaste retrasarte dos veces.
—Porque medio campus me estaba mirando como si hubiera robado una corona.
—Precisamente por eso. Si caminas atrás, pareces arrastrada. Si caminas adelante, pareces desafiante para mí. A mi lado funciona mejor.
Marian lo observó.
—¿Siempre piensas así?
—Sí.
—Qué cansado.
—Útil.
—Cansado.
Él no discutió.
—Tercero: cuando Isabell te provoque, no respondas con explicaciones.
—No pienso explicarle nada a Isabell.
—Bien. Responde con una frase corta o no respondas.
—¿Me estás enseñando a pelear con tu ex prometida?
—Nunca fue mi prometida.
—Para ella sí.
Demian quedó quieto un instante.
No mucho.
Pero suficiente.
Marian notó la pausa.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso no fue nada.
—No era mi prometida —repitió él—. Era la opción aprobada.
—Qué romántico número dos.
—No confundas alianza con vínculo.
Marian lo miró en silencio.
Había algo en esa frase.
No dolor abierto.
No despecho.
Más bien una repulsión vieja, educada para no mostrarse.
Por un segundo, Marian entendió que Demian no estaba huyendo de Isabell como se huye de una mujer que no se ama.
Estaba huyendo de algo que su familia quería cerrar alrededor de su cuello.
Una jaula.
Cómoda, sí.
Pero jaula.
La idea la incomodó porque lo volvía un poco menos monstruo.
Y ella todavía necesitaba que fuera fácil odiarlo.
—Siguiente regla —dijo, seca.
Demian la miró como si hubiera leído el movimiento exacto de su pensamiento, pero no comentó.
—Cuarto: necesitas acostumbrarte a mirarme.
Marian parpadeó.
—Te miro.
—Me enfrentas. No es lo mismo.
—¿Ahora también hay formas correctas de mirar?
—Para una pareja, sí.
La palabra pareja cayó con un peso raro.
Marian desvió la vista hacia el ventanal.
—No somos pareja.
—Pero tenemos que parecerlo.
—Puedo sonreír.
—No.
Ella volvió a mirarlo.
—¿No?
—Tu sonrisa falsa es terrible.
Marian sintió una ofensa absurda.
—Mi sonrisa falsa es perfectamente aceptable.
—Parece una amenaza de servicio al cliente.
—Y la tuya parece una cláusula legal con dientes.
Demian la miró.
Por un instante, una sombra de diversión le tocó los ojos.
—Por eso yo no sonrío.
—Qué conveniente.
Él caminó hacia el espacio frente a los espejos.
—Ven.
Marian no se movió.
—¿Para qué?
—Para practicar.
—Suena peor cada vez que lo dices.
—Marian.
—No uses ese tono.
—Ven aquí, por favor.
El “por favor” sonó tan medido que casi resultó ofensivo.
Marian fue, más por no seguir alargando la escena que por obediencia.
Se paró frente al espejo a su lado.
El reflejo los mostró juntos.
Y eso fue un problema.
Porque en el espejo, sin el ruido del patio ni el ataque de Isabell ni las notas anónimas, la imagen funcionaba demasiado bien.
Demian alto, rubio, impecable.
Marian más pequeña a su lado, el uniforme sencillo, el cabello recogido, la expresión alerta.
No parecían enamorados.
Pero sí parecían una tensión que podía confundirse con algo más.
Demian la miró a través del reflejo.
—Ahí está el primer error.
—¿Cuál?
—Pareces esperando un golpe.
Marian sintió que la frase le tocaba algo profundo.
—Quizá porque en Aureum eso es bastante razonable.
—Lo es. Pero no puedes mostrarlo.
—¿Entonces qué hago? ¿Finjo que todo me encanta?
—No. Te apoyas en la posición.
—¿Cuál posición?
Demian giró hacia ella.
—La mía.
Marian soltó una risa seca.
—No.
—No dije que dependieras de mí.
—Sonó bastante parecido.
—Dije que uses lo que ya está declarado. Si eres mi prometida, nadie debería verte como alguien esperando permiso para estar en una habitación.
—Pero todos saben que no pertenezco ahí.
—Entonces entra como si pensaras quedarte.
Marian lo miró.
La frase hizo algo extraño dentro de ella.
Entrar como si pensara quedarse.
No como intrusa.
No como tolerada.
No como becada agradecida por una esquina.
Como alguien con derecho a ocupar espacio.
—Eso no se aprende en un espejo —dijo.
—No. Pero se practica aquí antes de que intenten arrancártelo afuera.
Marian se quedó callada.
Esa era la clase de cosa que Demian hacía mal: decía algo casi útil con la misma voz con que podría ordenar un cierre financiero.
—Bien —dijo al fin—. ¿Qué hago?
Demian se colocó frente a ella.
—Mírame.
Marian levantó los ojos.
Demian estaba demasiado cerca para ser cómodo y demasiado lejos para justificar que ella retrocediera. La distancia era correcta. Eso la irritó. Siempre parecía saber dónde detenerse.
—No así —dijo él.
—¿Ahora qué?
—Me miras como si quisieras ganarme una discusión.
—Casi siempre quiero.
—Intenta otra cosa.
—¿Como qué?
—Como si supieras algo mío que los demás no saben.
Marian sintió un golpe pequeño en el pecho.
—No sé nada tuyo.
—Sí sabes.
—Sé que no quieres casarte con Isabell, que tu padre te presiona y que usas contratos para no decir ayuda.
Demian no apartó la mirada.
—Suficiente.
La palabra quedó entre los dos.
Marian lo miró.
Intentó dejar de verlo como heredero, como amenaza, como el hombre que pagó la cuenta de Lía sin pedir permiso.
Intentó verlo como alguien atrapado en un salón privado diciendo: No pienso casarme con Isabell.
Como alguien que no le había prometido bondad porque quizá no sabía cómo.
Como alguien que tocaba su mano sin apretar porque había leído una cláusula y, por ahora, la respetaba.
La mirada de Demian cambió apenas.
—Eso —dijo.
La voz le salió más baja.
Marian sintió calor en el cuello.
Se apartó de inmediato.
—Ya entendí.
—No.
—Sí.
—Duró tres segundos.
—Pues que la relación sea de tres segundos.
—El baile de Aureum durará más que eso.
Marian giró hacia él.
—¿El qué?
Demian tomó la carpeta de la mesa y pasó una hoja.
—Dentro de unas semanas habrá un baile formal. Antes tendremos reuniones, fotografías, cenas menores. Necesitamos que para entonces no parezca que te estoy escoltando a una audiencia judicial.
Marian respiró hondo.
—Me estás diciendo esto apenas ahora.
—Está en el calendario del contrato.
—En el anexo tres, que mandaste con nombre horrible: “activaciones públicas”.
—Es un término funcional.
—Es una pesadilla lingüística.
—Lo revisaré.
La respuesta fue tan seria que Marian casi quiso reír.
No lo hizo.
Demian extendió la mano.
—Ahora caminaremos.
—¿Otra vez la mano?
—Sí.
—Pídelo bien.
Él la miró.
—Voy a tomar tu mano para caminar hasta la puerta y regresar. Sin cámaras. Sin público. Si te incomoda, lo dices.
Marian sostuvo su mirada.
Luego puso la mano en la suya.