Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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El camino de los ausentes
Capítulo 7: El camino de los ausentes
La noche había caído por completo.
Las ruinas permanecían en silencio.
El humo todavía se elevaba entre los escombros.
Arlen seguía allí.
Arrodillado junto al cuerpo de Genaro.
No quedaban lágrimas.
Solo un vacío extraño.
Un vacío que parecía extenderse por todo su pecho.
Observó el rostro del anciano una última vez.
Y comprendió algo.
Los seguidores regresarían.
Buscarían pruebas.
Buscarían cuerpos.
Buscarían respuestas.
No podía quedarse allí.
Con cuidado levantó el cuerpo de Genaro entre sus brazos.
Y se marchó.
Viajó durante horas.
Lejos de las ciudades.
Lejos de los caminos.
Lejos de cualquier lugar que pudiera ser encontrado.
Hasta que finalmente llegó a un enorme prado.
La hierba se movía suavemente bajo el viento.
Pequeñas flores silvestres cubrían el terreno.
A lo lejos podía verse un lago cristalino reflejando la luz de la luna.
Era hermoso.
Pacífico.
Tranquilo.
Un lugar donde nadie buscaría jamás.
Un lugar donde Genaro podría descansar.
Arlen permaneció inmóvil observando el paisaje.
—Te habría gustado este lugar.
Por primera vez desde la muerte de su padre, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Luego comenzó a cavar.
La tierra se abrió fácilmente bajo sus manos.
No necesitó herramientas.
No necesitó esfuerzo.
Solo tiempo.
Cuando terminó, colocó cuidadosamente el cuerpo dentro de la tumba.
Después buscó una enorme roca cercana.
La moldeó lentamente con sus propias manos.
Hasta convertirla en una sencilla lápida.
Sus dedos recorrieron la superficie.
Y palabra por palabra grabó una inscripción.
Amatus ut pater, memoratus in aeternum.
Amado como un padre, recordado para siempre.
Arlen observó aquellas palabras durante largo rato.
Luego apoyó una mano sobre la piedra.
—Gracias.
El viento recorrió el prado.
Moviendo la hierba.
Moviendo las flores.
Como si el mundo entero se despidiera junto a él.
Finalmente se puso de pie.
Y comenzó a caminar.
Diez pasos.
Veinte pasos.
Treinta.
Entonces se detuvo.
Giró lentamente.
Observó la tumba una última vez.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
Pero sincera.
—Adiós, padre.
Luego continuó su camino.
Y no volvió a mirar atrás.
Mientras tanto...
A kilómetros de distancia.
Ailén permanecía inmóvil dentro del depósito destruido.
Héctor seguía de pie.
Limpiando la sangre de su boca.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si la muerte de Genaro careciera de importancia.
Ailén lo observó.
—¿Era necesario?
Héctor ni siquiera levantó la vista.
—Todavía no entiendes dónde estás parada.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo responde perfectamente.
El hombre la observó por primera vez.
Sus ojos violetas parecían más fríos que nunca.
—Le debes todo a Azrakel.
Ailén frunció el ceño.
—No.
—Sí.
Su voz fue firme.
Inapelable.
—Le debes tu vida.
Tu entrenamiento.
Tu fuerza.
Tu conocimiento.
Cada respiración que tomas existe gracias a él.
Ailén sintió un escalofrío.
—Yo no me uní para esto.
—¿Para qué?
—Para matar inocentes.
El silencio llenó el depósito.
La mirada de Héctor cambió.
Y por primera vez desapareció cualquier rastro de cordialidad.
—Inocentes...
Repitió lentamente.
Luego desapareció.
Y apareció frente a ella.
Su mano se cerró alrededor de su cuello.
Ailén abrió los ojos.
Sorprendida.
Aterrada.
—No olvides de dónde saliste.
La levantó del suelo.
—No olvides quién te dio una oportunidad cuando no eras nadie.
Sus ojos violetas brillaban con intensidad.
—Y jamás vuelvas a cuestionar la voluntad de Azrakel frente a mí.
Ailén intentó respirar.
Pero no podía.
El miedo recorrió todo su cuerpo.
Por primera vez comprendió que Héctor podía matarla en cualquier momento.
Sin esfuerzo.
Sin remordimientos.
Entonces él la soltó.
Ailén cayó al suelo.
Tosiendo.
Recuperando el aire desesperadamente.
Cuando levantó la vista...
Héctor ya no estaba.
Había desaparecido.
Por completo.
Uno de los seguidores se acercó rápidamente.
—¿Estás bien?
Ailén tardó varios segundos en responder.
—Cúbreme esta noche.
—¿Qué?
—Necesito irme a casa.
El hombre asintió.
Sin hacer preguntas.
Ailén abandonó el edificio.
Y caminó sola por las calles.
Pensando.
Recordando.
Dudando.
Sabía quién era.
Sabía a quién servía.
Sabía cuál era su deber.
Pero por primera vez...
Ya no estaba segura de que fuera correcto.
Finalmente levantó la vista hacia el cielo nocturno.
Y habló para nadie.
O quizá para alguien.
—Espero que estés bien, Arlen.
Guardó silencio unos segundos.
—Que los dioses te protejan.
Al amanecer.
Arlen ya había tomado una decisión.
Sijer.
La ciudad olvidada.
El lugar que Genaro le había mencionado tantas veces.
El lugar donde podían existir respuestas.
El lugar donde comenzaría su búsqueda.
Los días transcurrieron lentamente.
Caminó por carreteras vacías.
Montañas silenciosas.
Bosques interminables.
Atravesó pueblos abandonados.
Gasolineras vacías.
Casas cubiertas por el tiempo.
Y cuanto más avanzaba...
Más extraño le parecía todo.
No encontraba personas.
No encontraba viajeros.
No encontraba ciudades activas.
Era como si el mundo hubiera decidido esconderse.
Finalmente llegó.
Otro pueblo abandonado.
Viejo.
Desgastado.
Silencioso.
Arlen observó las coordenadas anotadas por Genaro.
Era allí.
Sin duda.
Comenzó a investigar.
Edificios.
Calles.
Casas.
Nada.
Intentó percibir presencias.
Nada.
Solo silencio.
Entonces recordó algo.
Las historias de Genaro.
Las fosas.
Los cuerpos.
Y decidió buscar.
Se arrodilló.
Apoyó una mano sobre la tierra.
Y comenzó a excavar.
La tierra se apartaba como agua.
Metros.
Y más metros.
Hasta que finalmente apareció algo.
Un cráneo.
Humano.
Arlen permaneció inmóvil.
Luego continuó excavando.
Y encontró otro.
Y otro.
Y otro.
Docenas.
Cientos.
Miles de huesos.
Pequeños.
Adultos.
Ancianos.
Niños.
Toda una población enterrada bajo sus pies.
Entonces lo sintió.
Un aura.
No una presencia.
No un espíritu.
Algo diferente.
El eco de la muerte.
El sufrimiento.
La desesperación.
El miedo.
Las últimas emociones de quienes habían sido asesinados allí.
Aquello no había sido una guerra.
Había sido una masacre.
Una lágrima descendió lentamente por su rostro.
Y por primera vez comprendió la magnitud de lo ocurrido.
El sol comenzaba a ocultarse.
Era hora de descansar.
Se alejó de las fosas.
Cazó algo para comer.
Y preparó un pequeño campamento.
La noche llegó.
El fuego crepitaba suavemente.
Entonces...
Luces.
A lo lejos.
Arlen levantó la vista.
Dos vehículos avanzaban hacia el pueblo.
No eran normales.
Eran enormes.
Blindados.
Preparados para la guerra.
Torretas.
Ametralladoras.
Placas de acero reforzado.
Arlen apagó el fuego inmediatamente.
Borró cualquier rastro de su presencia.
Y desapareció entre las sombras.
Observando.
Esperando.
Las camionetas se detuvieron.
Cuatro personas descendieron.
La primera parecía un veterano de guerra.
Firme.
Experimentado.
Peligroso.
La segunda era una joven con ropa extraña.
Tecnología integrada en cada parte de su equipamiento.
La tercera parecía completamente normal.
Tan normal que resultaba sospechoso.
Y la cuarta...
Era un hombre extremadamente delgado.
De sonrisa inquietante.
Y ojos que parecían pertenecer a un loco.
Los cuatro observaron las ruinas.
Luego las fosas.
Y comenzaron a investigar.
Desde la oscuridad.
Ocultando incluso su energía.
Arlen observó cada movimiento, pero ya era tarde ellos habían sentido una presencia y cuando menos lo espero los 4 estaban frente a él.
El silencio permaneció unos segundos.
Finalmente fue Arlen quien habló.
—¿Qué es exactamente lo que buscan?
Kael respondió sin apartar la vista de él.
—Nosotros no buscamos.
—¿Entonces?
—Cazamos.
Dorian sonrió.
—Mucho más divertido.
—Nos dan un nombre.
Continuó Kael.
—Una ubicación.
Algunas pistas.
Y hacemos el resto.
Arlen observó a los cuatro.
—¿No les importa quién sea?
—No.
Respondió Adrian.
—Un político.
Un criminal.
Un científico.
Un asesino.
Un héroe.
Nos pagan igual.
—Entonces alguien puso mi nombre en esa lista.
—Exacto.
—¿Quién?
Los cuatro intercambiaron miradas.
Y para sorpresa de Arlen...
Ninguno respondió.
Finalmente Adrian habló.
—Nadie lo sabe.
—¿Qué?
—La lista existe desde antes de que naciéramos.
Dorian levantó una mano.
—Y antes de que Kael se volviera viejo.
—No soy viejo.
—Tienes canas.
—Una.
—Ya son varias.
—Dorian.
—Ya me callo.
Luna soltó una pequeña risa.
Adrian continuó.
—Los nombres simplemente aparecen.
Con información.
Ubicaciones.
Objetivos.
Nadie sabe quién la administra.
Nadie sabe quién la crea.
Simplemente funciona.
Arlen frunció el ceño.
Aquello era extraño incluso para él.
—¿Y qué tenía de especial mi nombre?
Dorian levantó un dedo.
—¡Eso sí lo sé!
Kael suspiró.
—Claro que lo sabes.
—Arlen.
Repitió Dorian.
—Suena antiguo.
Como el nombre de un rey muerto.
O de un dios.
Luna asintió.
—Tengo que admitir que sí.
Adrian observó a Arlen.
—No parece un nombre moderno.
Arlen permaneció en silencio.
Porque ellos estaban mucho más cerca de la verdad de lo que imaginaban.
—¿Qué pasará ahora?
Preguntó finalmente.
Kael respondió sin rodeos.
—Te llevaremos con quien pagó el encargo.
Arlen observó las esposas energéticas.
Intentó tensar los brazos.
Las cadenas azules vibraron.
Pero no cedieron.
Ni un centímetro.
Aquello lo sorprendió.
Luna sonrió satisfecha.
—Inútil.
—¿Por qué?
—Porque yo las modifiqué.
—¿Modificaste qué?
—Todo.
Arlen decidió que cada respuesta de aquella mujer generaba tres preguntas nuevas.
Suspiró.
—Tengo una propuesta.
—No.
Respondió Kael inmediatamente.
—Ni siquiera la escuchaste.
—No importa.
La respuesta sigue siendo no.
—Podría unirme a ustedes.
El silencio fue absoluto.
Y luego...
Dorian comenzó a reír.
—¡JAJAJAJAJA!
¡Me gusta este tipo!
Luna se tapó la cara.
Adrian cerró los ojos.
Kael parecía estar reconsiderando todas las decisiones que lo habían llevado hasta ese momento.
—No.
Repitió.
—Escúchame.
Insistió Arlen.
—Sé muchas cosas.
Puedo ayudar.
Puedo trabajar para ustedes.
Nadie respondió.
—Incluso gratis.
Eso llamó la atención de todos.
—¿Gratis?
Preguntó Luna.
—Hasta pagar la deuda de dejarme libre.
Ahora sí hubo silencio.
Adrian cruzó los brazos.
Pensativo.
—Debo admitir algo.
Kael lo miró.
—No.
—Sí.
—Adrian.
—Nos hizo movilizar dos equipos.
Cambiar tres rutas.
Y mantenernos alerta durante días.
Dorian levantó una mano.
—Y casi me rompe la nariz.
—Eso también.
Kael suspiró.
Profundamente.
—Odio cuando haces eso.
—¿Qué cosa?
—Tener sentido.
Dorian sonrió.
—Yo tengo una idea.
Todos se giraron hacia él.
Mala señal.
—Que pelee conmigo.
Luna abrió los ojos.
—Eso es prácticamente una ejecución.
—Gracias.
Dijo Dorian orgulloso.
—No era un cumplido.
Kael permaneció pensativo.
Luego observó a Arlen.
—¿Aceptas?
—Sí.
—¿Sin condiciones?
—Sí.
Dorian comenzó a sonreír.
Cada vez más.
—Oh, esto será maravilloso.
Luna negó con la cabeza.
—Va a terminar muerto.
—O yo.
Respondió Dorian.
—Y las dos opciones son emocionantes.
Kael finalmente asintió.
—Libérenlo.
Las cadenas desaparecieron.
Arlen recuperó la movilidad.
Y por primera vez desde que había sido capturado...
Se sintió libre.
—Una advertencia.
Dijo Kael.
Arlen levantó la vista.
El enorme rifle ya estaba apuntándole.
—Si intentas huir...
Lo último que verás será el cañón de esta arma frente a tu cabeza.
Arlen observó el arma.
Luego a Kael.
—No soy tan estúpido como para irme.
—Bien.
—Todavía.
Dorian apareció frente a él.
Y atacó.
Sin aviso.
Sin postura.
Sin señal.
Un puñetazo.
Luego otro.
Luego otro.
Arlen apenas logró bloquearlos.
Sus ojos se abrieron.
Rápido.
Demasiado rápido.
Dorian reía mientras atacaba.
Como si estuviera jugando.
Los golpes llegaban desde todos los ángulos.
Piernas.
Costillas.
Mandíbula.
Abdomen.
Arlen retrocedió.
Por primera vez en mucho tiempo.
Retrocedió.
¿Cómo?
Pensó.
Es humano.
Pero entonces comprendió algo.
No era normal.
Ninguno de ellos lo era.
Dorian siguió avanzando.
Implacable.
Cada golpe era ejecutado con absoluta confianza.
Y entonces Arlen lo vio.
Un patrón.
Una debilidad.
Demasiada confianza.
Atacaba convencido de que conectaría.
Atacaba convencido de que nadie podía responder.
Y cuando atacaba...
Descuidaba su defensa.
Las palabras de Genaro aparecieron en su mente.
"En una pelea no siempre gana el más fuerte."
"Muchas veces gana el más inteligente."
Arlen sonrió por primera vez.
Dorian lo notó.
—¿Qué es tan divertido?
—Creo que ya entendí.
—¿Entendiste qué?
Arlen desapareció.
Dorian lanzó un golpe.
Falló.
Por primera vez.
Y eso fue suficiente.
BOOM.
El puñetazo impactó directamente en su estómago.
El aire abandonó sus pulmones.
Dorian salió despedido varios metros.
Rodó por el suelo.
Y quedó tendido boca arriba.
Arlen permaneció inmóvil.
Esperando que volviera a levantarse.
Pero entonces escuchó algo.
Una carcajada.
Dorian estaba riéndose.
Con lágrimas en los ojos.
Agarrándose el estómago.
—¡JAJAJAJAJA!
¡Eso estuvo increíble!
Arlen parpadeó.
Confundido.
—¿Qué?
—Ganaste.
—¿Eso es todo?
—Claro.
Dorian siguió riéndose.
—Ya me divertí.
Y para sorpresa de todos...
Levantó una mano.
Rindiéndose.
—Mi voto es sí.
Quiero que se quede.