un caos en tacones
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Cap 22
La Conciencia: ¡Señoras y señores, bienvenidos a la función estelar! Si pensaron que la persecución fue difícil, ver a dos armarios empotrados de 1.90m intentando sacar a dos mexicanas de un auto sin que parezca un secuestro es el verdadero espectáculo. Alek cargaba a Katia como una pluma, pero Renata se aferraba al cinturón de seguridad como si fuera un salvavidas en el Titanic.
—¡No me voy a bajar! —protestaba Renata, con los rizos alborotados y una sonrisa de absoluta malicia—. Este auto es mi castillo y tú eres el dragón que me quiere llevar a su torre. ¡Auxilio, me secuestra un grillo gigante!
—¡Renata, por el amor de Dios, baja la voz! —suplicaba Alek, rojo como un tomate, mientras la sacaba en vilo. Ella pataleaba en el aire, pero terminó rodeándole el cuello con los brazos y aspirando su perfume—. Hueles a peligro... y a éxito. Me gustas, oso gruñón.
La Conciencia: ¡Ivan no estaba mejor! Sofía se le colgó de la espalda como un koala y le mordisqueaba la oreja mientras le decía que los rusos eran "muy tiesos pero muy interesantes". Entraron a la sala de la casa de seguridad —un lugar frío, lleno de mármol y armas— y el caos se desató.
Una vez que dejaron a Katia bien arropada en una habitación, los cuatro quedaron en la sala. Renata, sin ninguna experiencia con el alcohol pero con toda la seguridad del mundo, decidió que era el momento de la "Seducción Maestra". Se quitó los tacones, se subió a una mesa de centro de cristal y miró a Alek desde arriba (por fin era más alta que él).
—Escúchame bien, Volkov —dijo Renata, señalándolo con un dedo tembloroso pero elegante—. Tú crees que porque tienes pistolas y guardias eres el jefe. Pero aquí... —se tocó el pecho— ...aquí mando yo. Y hoy... hoy has sido un niño muy valiente.
Alek se quedó de piedra, con las manos en la cintura, mirando cómo Renata intentaba caminar por la mesa como si fuera una pasarela.
—Bájate de ahí, te vas a caer —le advirtió Alek con voz ronca.
—¡Oblígame! —lo retó ella, inclinándose hacia él. La cercanía era explosiva. Renata, con la desinhibición de las copas, le tomó la cara con ambas manos—. Eres tan guapo que duele, Alek. Pero tienes los ojos tristes. Déjame... déjame ponerte una estrellita en el corazón.
La Conciencia: ¡Auh! ¡Eso dolió de lo lindo! Ivan, mientras tanto, intentaba que Sofía no usara su corbata como lazo. El ruso estaba de mil colores: veía a su jefe siendo "domado" por una maestra borracha y él mismo estaba a punto de rendirse ante la hermana menor.
—¡Jefe! —gritó Ivan entre risas—. ¡La señorita Sofía dice que si no le bailo algo folclórico me va a declarar la guerra! ¡Ayúdame!
—¡Cállate, Ivan! —rugió Alek, pero no podía apartar la vista de Renata.
Renata se resbaló de la mesa y cayó justo en los brazos de Alek. Él la sostuvo con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo. Ella, lejos de asustarse, se pegó a su pecho y empezó a desabotonarle la camisa con una torpeza adorable.
—No sé cómo hacer esto, Alek... —susurró ella, volviéndose repentinamente sincera—. No sé querer a hombres como tú. Pero tu barba pica rico y quiero saber si besas tan fuerte como manejas.
La Conciencia: ¡El momento de la verdad! Alek la miró, olvidándose de la mafia, de los enemigos y de Ivan. Estaba a punto de besarla cuando ella se quedó dormida en su hombro, murmurando algo sobre "papel maché" y "rusos sexys".
Alek suspiró, derrotado, y la cargó hacia el sofá. Miró a Ivan, que seguía lidiando con una Sofía que ahora intentaba enseñarle a bailar salsa en medio de la sala de seguridad.
—Ivan... estamos perdidos —dijo Alek con una media sonrisa—. Estas mujeres nos van a destruir y ni siquiera van a usar una sola bala.
La Conciencia: Y así terminó la noche: dos mafiosos cuidando el sueño de dos mexicanas que, aun borrachas, les ganaron la partida. Pero mañana... mañana viene la cruda (resaca), y las explicaciones van a estar más difíciles que la persecución.
besos xxx