Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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La trampa de cristal.
Cuando Darién regresó a la gala, la fiesta estaba en su punto máximo, pero el clima cambió en cuanto cruzó el umbral. Holga apareció de entre las sombras, sus ojos afilados como fragmentos de cristal.
—¿Dónde estabas, amor? —preguntó ella, acercándose lo suficiente para invadir su espacio personal.
De pronto, ella se tensó. Un aroma dulce, ligero, emanaba de la ropa de Darién. No era el perfume de una invitada. Era el olor de otra.
—Ese perfume... no es el tuyo —susurró Holga, sintiendose asqueada. El veneno le subía por la garganta, ese maldito olor barato.
Darién la ignoró, restando importancia a sus sospechas, alzó una copa en un gesto vacío, pero Holga ya tenía lo que necesitaba. Se acercó a Saúl, quien observaba desde la barra con una sonrisa cínica.
—Estuvo con la criminal —confirmó Saúl, olfateando el aire—. Tenemos un "acuerdo", Holga.—No le des importancia.
—Son unos idiotas —siseó ella, con una aparente calma, pero su mente ya estaba tejiendo la red.
—¿Por qué nadie me incluyó en este acuerdo?
Saúl sonrió cínicamente —Dudó mucho que quieras enterarte de los detalles.
—En realidad no me importa si su estúpido juego es ver quién se la lleva a la cama primero mientras no sea únicamente Darién. —Soltó Holga convencida.
—¿A qué te refieres? —Dijo Saúl interesado.
—Duerme con ella. —Ordenó Holga con una mirada oscura.
—¿Qué? Eso no es parte del acuerdo. —Dijo Saúl dando un paso hacia a un lado, tratando de escapar.
Holga lo detuvo en seco —Ahora si lo es, no permitiré que se encapriche, si es de todos, Darién terminará su estúpido juego y todos ustedes habrán ganado.
Saúl dejó salir un suspiro. —¿Eso quiere decir que hay un nuevo acuerdo?
—Ustedes son los que complican lo simple, aunque debo de admitir que esto es perfecto. Idril es una chica estúpida, me encargaré de que se enamore de Darién, y bueno, gracias a ustedes Aranza será su competencia. Vamos a destruir esa amistad desde adentro.
—¿Qué te hace pensar que la criminal o Darién cederá a tu juego?
—Lo hará. —Afirmó Holga con una sonrisa torcida. —Darién se encargará de enamorar a la nerd oficialmente. Quiero que las dos mejores amigas sangren por el mismo hombre.
Saúl soltó una carcajada. —No deberías invertir tanta energía en ese par, recuerda que son basura ecológica.
—Estoy comenzando a sentir que Darién no lo ve del todo así.
—No debes preocuparte, deja que Darién haga lo suyo, él solo está jugando, no tiene ningún interés real. ¿Cómo puedes pensar algo tan patético?
—No me agrada, así que quiero ver a esa rata de laboratorio en tu cama cuánto antes. —Sentenció Holga.
—No tengo prisa en hacerlo, sin embargo, quizás no sea tan burda tu propuesta. Tranquila... Me encargare de ella.
Holga se marchó con una sonrisa, sintiendo que con este nuevo plan la calma volvía a reinar.
Al día siguiente:
El campus de Heidelberg vibraba. Aranza cruzó la entrada con la cabeza en alto, soportando los susurros sobre su suspensión. Al salir de la oficina del director bajo "vigilancia estricta", se encontró de frente con Darién.
El tiempo se detuvo. Los estudiantes desaparecieron. Darién frenó su paso a centímetros de ella. No dijo nada, pero su mirada bajó directamente a sus labios, recordando el mordisqueo nervioso de la cena. El rubor traicionero subió por el cuello de ella. Él sonrió de forma casi imperceptible y siguió su camino, dejando a Aranza temblando en el pasillo.
Fue un momento, a penas unos segundos pero esa conexión que tenían era evidente.
Ambos siguieron sus caminos, con una pequeña sonrisa y el nerviosismo interno de volverse a ver.
Más tarde, afuera del pabellón de artes, Idril y Aranza se abrazaron, dos náufragas intentando salvarse mutuamente.
—Te extrañe tanto —Dijo Aranza envolviendo a Idril en sus brazos.
—Yo también, sabía que tarde o temprano esto se arreglaría. —Susurro Idril con lágrimas en los ojos.
—Estoy de vuelta y estoy aquí para poner orden a todo lo que ha pasado.
—Estoy segura de que sí. —Bromeó Idril.
Ambas caminaron hasta la cafetería del campus, un lugar para los becados, que, extrañamente se encontraba casi vacío.
Idril entró pidiendo dos cafés mientras Aranza se recargó en una jardinera aun temblando. Todo lo que había sucedido la tenía cansada, pero aún no era el momento de quebrarse, no ahora que las cosas habían mejorado. Limpió rápidamente una lágrima que escapó de sus ojos sin que nadie se diera cuenta.
En ese momento Darién apareció caminando solo, sabía que la encontraría en la cafetería, Aranza amaba el café, era su refugio, la tensión regresó. El olor impregnaba el aire.
Se detuvo al verla, una pizca de emoción al encontrarla sola nuevamente. Sus pasos lo guiaron hasta ella solo para ser testigo de esa lágrima.
Impulsado por esa conexión se acercó confiado, sin antes mirar a su alrededor.
—Bienvenida —dijo emocionado, mirandola fijamente, pero su sonrisa cambio en cuanto vió a Idril acercarse con dos cafés. Su mirada saltó de una a la otra.
Darién dio un paso atrás sosteniendo la mirada fría en los ojos de Idril un segundo extra intentando buscar una salida. El temor lo invadió, se dió cuenta de su descuido, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo.
Sonrió fríamente, recuperando el porte —Señoritas...
—Dijo finalmente y sin decir más continúo su camino.
—¿Qué fue eso? —preguntó Idril aún con los cafés en sus manos.
—Nada —mintió Aranza, aunque su pulso decía lo contrario.
—Darién se acercó.
—No es nada, seguramente vino a burlarse, quizás quería comprar drogas. —Dijo Aranza nerviosa.
Ambas comenzaron a reír ante la ocurrencia. Aranza era experta en hacer de sus desgracias algo cómico.
A unos metros, desde las escaleras, Holga observaba la escena. El juego de la ruleta había sido solo el prólogo. Ahora, el verdadero incendio estaba por comenzar, y Darién Herzog era la cerilla que iba a consumir la lealtad de las dos únicas personas que se tenían la una a la otra.