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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:545
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

NovelToon tiene autorización de Santiago López P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15

El silencio del búnker, antes reconfortante, ahora se sentía como una membrana fina, a punto de romperse bajo la presión de algo mucho más grande. Saori se movió con cautela mientras desinfectaba la pata de Max. El líquido antiséptico burbujeó levemente sobre la carne desgarrada del perro, pero él ni siquiera parpadeó. Sus ojos dorados, fijos en la puerta de acero reforzado, parecían perforar el metal, vigilando algo que ella aún no podía ver.

​—Listo —susurró ella, asegurando la venda.

​Saori se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra el frío hormigón. El refugio, que alguna vez le pareció una fortaleza inexpugnable, ahora le recordaba a la caja torácica de un gigante muerto. Cada crujido en las tuberías de ventilación, cada vibración sutil del suelo, la obligaba a tensar los músculos. No era solo la amenaza de los "no vivos" lo que acechaba; ahora, el ecosistema entero estaba girando en su contra.

​Observó a los demás: Sora, los niños, Naoko... todos sumidos en ese sueño forzado, ajenos a que la cadena alimenticia había sido reescrita en cuestión de días. Max se había convertido en su primer muro de defensa, pero ¿qué pasaría si un animal más grande, algo nacido de las nuevas Olas, decidía que el búnker era una madriguera fácil de excavar? El búnker ya no era un hogar; era una trampa de lujo.

​Se acercó a la consola, deslizando los dedos por el teclado. El aire en la sala era denso, viciado. Recordó las palabras de la segunda novela, El Despertar del Titán. Todo le venía en fragmentos, como visiones borrosas.

​—Tiene que haber un lugar... —murmuró, forzando a su mente a conectar los puntos.

​Sabía que la trama original de los protagonistas culminaba en una Sede de investigación gubernamental, un complejo fortificado que, según la historia, sería capaz de resistir incluso el "Destello" y las primeras mutaciones masivas. Pero la memoria de Saori era un campo de minas. ¿Dónde estaba exactamente? ¿En las montañas del norte o en la zona costera?

​Cada vez que intentaba visualizar el mapa de la novela, una punzada de dolor le recorría las sienes. El conocimiento estaba ahí, enterrado bajo el miedo.

​—Si no encontramos ese laboratorio, si nos quedamos aquí esperando a que el búnker falle... —se interrumpió a sí misma, mirando las rejillas de ventilación.

​Un sonido sutil, un raspado metálico, se escuchó sobre su cabeza. Max gruñó, un sonido que vibró en el pecho de Saori, advirtiéndole que algo estaba trepando por los ductos exteriores, buscando la entrada de aire. No era un zombie. Los zombies no tienen la paciencia ni la astucia para escalar. Esto era algo nuevo, algo que se arrastraba con intención.

​La temperatura en la sala empezó a descender rápidamente; la calefacción fluctuaba, como si la energía del refugio estuviera siendo drenada. Saori comprendió que no tenían tiempo para esperar a que todos despertaran naturalmente. Tenía que trazar una ruta antes de que la noche, o lo que hubiera reemplazado al día, los alcanzara.

​—Sora... —susurró, acercándose a su hermano y sacudiéndolo suavemente—. Necesito que despiertes. El tiempo se nos acaba y el mundo exterior ya no es nuestro.

El silencio en la planta baja de la casa era antinatural. Saori se movía como un espectro entre las sombras, con Max pisándole los talones, cuya presencia, más robusta y amenazante, le daba una falsa sensación de seguridad. El aire estaba viciado, impregnado con un aroma dulzón a descomposición y tierra removida.

Saori cerró los ojos por un segundo y activó su visión especial. Una migraña punzante le estalló detrás de los ojos, pero valió la pena: su entorno se transformó en un boceto monocromático. Todo se volvió transparente, dejando visibles solo los contornos de los objetos y las paredes, mientras las fuentes de calor —o las señales de vida mutante— brillaban como puntos rojos palpitantes en la oscuridad.

—Ahí estás —susurró, con un hilo de voz.

A través del cristal de una ventana, un pequeño punto rojo se movía con frenesí. Era un grillo, pero no uno común; su tamaño rondaba los treinta centímetros, con patas erizadas de espinas que raspaban el alféizar. Saori se acercó, sintiendo cómo el corazón le martilleaba en la garganta. Al abrir la ventana, el insecto se lanzó contra ella con una velocidad cegadora.

«Almacenar», ordenó mentalmente.

De repente, una pequeña ventana holográfica, de un azul neón casi cegador, se abrió en su campo de visión. Las letras, formadas por una luz fría que no emitía calor, flotaron suspendidas en el aire, imposibles de ignorar:

[ADVERTENCIA]

No puede introducir animales ni personas a su "Casa".

Al intentar ingresar, la entidad morirá.

El mensaje vibró con un zumbido electrónico que le taladró los oídos. Saori parpadeó, incrédula. Aquello no era una simple alucinación; era un sistema que le imponía reglas implacables. Al notar que el grillo no entraba en su espacio, este intentó clavarle sus mandíbulas serradas en la mano. Sin darle oportunidad, Saori le aplastó la cabeza con la suela de su bota, con una frialdad que le sorprendió a ella misma.

Inmediatamente, una nueva ventana, más pequeña y sutil, apareció en la esquina superior derecha:

[Puntos de experiencia obtenidos: +10]

[Nivel subido: 1]

El sonido fue un ding metálico, limpio y preciso, que resonó en su mente. Saori se quedó paralizada en la oscuridad, mirando el cadáver del insecto. Ya no era solo una historia de supervivencia; era una partida que se jugaba bajo las normas de un videojuego mortal donde ella era, al mismo tiempo, el jugador y el avatar.

—¿Esto es lo que me espera? —murmuró, sintiendo cómo la interfaz se desvanecía ante su mirada, como si fuera una ilusión óptica—. ¿Matar para subir de nivel mientras el mundo se deshace?

Max emitió un gruñido bajo, sacándola de sus pensamientos. El Rottweiler miraba hacia el pasillo oscuro. El "rastreador" en la mente de Saori, esa habilidad de Localización que funcionaba como un radar psíquico, se iluminó de golpe: había más puntos rojos. Muchos más.

Algo se arrastraba desde el huerto de sus padres, algo que había detectado la luz de su presencia. La casa ya no era su refugio; se estaba convirtiendo en una zona de caza.

Saori se deslizó dentro del búnker, cerrando la compuerta de acero con un siseo hidráulico que selló el mundo exterior. El silencio absoluto de la estancia la recibió como un abrazo gélido. Segundos después, la luz principal parpadeó y murió; el sistema de la ciudad había colapsado definitivamente. Sin embargo, apenas un instante después, el zumbido constante de los paneles solares y el banco de baterías de reserva se activó, bañando el refugio con una iluminación tenue y amarillenta.

El búnker seguía funcionando, pero la sensación de seguridad se había evaporado.

Saori se dejó caer en el sofá. Su cuerpo se sentía pesado, como si cada músculo estuviera lleno de plomo. Max, vigilante, se echó a sus pies, pero sus orejas seguían girando hacia el techo, detectando vibraciones que ella apenas empezaba a comprender.

Saori no quería estar sola con sus pensamientos. El silencio del búnker era un terreno fértil para el pánico; si se quedaba quieta, empezaría a imaginar qué criatura estaba tratando de encontrar una grieta en la superficie de hormigón. Buscó en su mochila la tablet que había rescatado de la casa. La batería estaba al 80%. Suficiente.

Abrió el reproductor de video. Tenía varias temporadas de una serie antigua descargadas. No la puso por gusto, ni siquiera porque quisiera ver cómo terminaba la trama. La puso porque necesitaba desesperadamente escuchar voces humanas, risas artificiales y diálogos banales que le recordaran que alguna vez el mundo fue un lugar normal.

—Solo un poco de ruido... —susurró para sí misma, subiendo el volumen lo suficiente para tapar el sonido que realmente le importaba.

Fuera, sobre sus cabezas, algo estaba arañando el concreto. Un sonido rítmico, como garras quitinosas raspando piedra, recorría la parte superior de la estructura.

Saori se obligó a fijar la vista en la pantalla. Los colores brillantes y las voces enérgicas de la serie chocaban violentamente con la oscuridad del refugio. Era una tortura psicológica: mientras en la tablet un personaje sonreía ante una broma, ella podía sentir, casi físicamente, las pinzas de algún insecto mutante tanteando la resistencia del búnker.

Esto es la paz antes de la tormenta, pensó, apretando el dispositivo contra su pecho.

Miró el reloj de la pantalla: las 03:00 a.m. Faltaban horas para que el sol —si es que aún era capaz de atravesar la espesa capa de oscuridad que envolvía el planeta— asomara. Aunque sabía que el verdadero combate estaba por comenzar, aunque sabía que tarde o temprano tendría que salir a enfrentar lo que había cambiado afuera, decidió que, por esta noche, se permitiría la ilusión de la normalidad.

Max, a sus pies, soltó un bufido y apoyó la cabeza en su muslo. El perro también parecía entender que afuera no había nada más que muerte.

—Tranquilo, chico —murmuró Saori, acariciando el pelaje metálico de su lomo—. Mañana será un día largo. Si es que amanece.

Saori se quedó inmóvil, observando la serie, mientras el sonido de los rasguños sobre el búnker se volvía más intenso, como si la criatura que acechaba afuera hubiera detectado finalmente que había vida latiendo bajo el suelo. Ella no se movió, solo subió un poco más el volumen, tratando de ahogar el sonido del fin del mundo con un guion escrito para un público que ya no existía.

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