Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 15
Claudio y Álvaro ya estaban en la mesa cuando se sirvió la cena.
El ambiente era demasiado formal, demasiado silencioso. Claudio observaba todo con atención: los detalles de la casa, la postura rígida del hermano, la ausencia de la mujer que aún no conocía. Aquello solo aumentaba su inquietud.
—¿Ella suele tardar así? —preguntó, casualmente.
—A veces —respondió Álvaro, seco—. A Ayslan no le gustan mucho las cenas.
Claudio arqueó levemente la ceja, pero no comentó.
Minutos después, el sonido suave de los pasos en la escalera llamó la atención de los dos.
Álvaro alzó la mirada primero.
Y, por un segundo, el tiempo pareció fallar.
Ayslan bajaba despacio, usando un vestido sencillo, el cabello suelto enmarcaba el rostro pálido, los rasgos delicados, la mirada baja.
Claudio sintió el impacto como un puñetazo silencioso.
Le faltó el aire por un instante.
No era solo parecida.
Era perturbador.
La postura.
La forma de caminar.
El conjunto entero.
Por un breve y cruel segundo, Claudio tuvo la sensación absurda de estar delante de Bruna.
Fue allí donde todo tuvo sentido.
Dios mío…
Álvaro perdió el juicio.
Ayslan se acercó a la mesa y se detuvo al lado de Álvaro.
—Ayslan… —dijo él, la voz un poco más tensa de lo que le gustaría—. Este es Claudio, mi hermano mayor.
Ella alzó la mirada lentamente.
—Hola, Claudio —dijo con educación controlada—. Soy Ayslan… la acompañante de lujo por contrato de tu hermano. Mucho gusto.
El silencio que siguió fue casi palpable.
Claudio sintió un escalofrío extraño recorrerle la espina dorsal.
No fue lo que dijo.
Fue cómo lo dijo.
Había ironía.
Había dolor.
Y había una dignidad silenciosa que no combinaba en nada con la forma en que Álvaro la había descrito minutos antes.
Claudio desvió la mirada hacia el hermano.
Álvaro estaba visiblemente tenso.
Ella escuchó, pensó.
Toda la conversación.
—Eso mismo, Claudio —dijo Álvaro, demasiado rápido—. Ella es consciente de que no estamos casados. Es solo un contrato.
Ayslan sostuvo la mirada de él por un segundo más de lo necesario.
Después, se sentó a la mesa sin decir nada.
Claudio soltó una breve risa seca.
—Bueno… —dijo, tirando de la silla—. Creo que es mejor que cenemos.
Lanzó una mirada alternada entre los dos.
—Por lo que veo, ustedes dos están locos de verdad.
Ayslan llevó el tenedor a la boca con calma, pero el estómago estaba revuelto. No por las náuseas de aquella noche, sino por el peso de las palabras dichas y de las que aún serían.
Álvaro apenas tocó la comida.
Claudio observaba en silencio.
Cada gesto de Ayslan confirmaba lo que él ya temía: aquella mujer no era solo una semejanza física. Era alguien siendo lentamente aplastada por un luto que no era suyo.
Y Álvaro…
Álvaro estaba repitiendo su propia destrucción.
La cena siguió en un silencio incómodo, cargado de cosas no dichas.
Pero, para Claudio, una certeza ya estaba formada:
Su hermano no necesitaba solo protección.
Necesitaba ayuda.
Y, si él no intervenía pronto, aquella casa se convertiría en el escenario de otra tragedia,
con una mujer viva siendo tratada como un fantasma.
La cena había terminado, pero el clima pesado permanecía.
Álvaro había sido llamado para atender una llamada en el despacho, dejando a Ayslan y Claudio solos en la sala. Por algunos segundos, ninguno de los dos dijo nada. El silencio, sin embargo, no era hostil, era observador.
Claudio fue el primero en romperlo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo, en un tono calmo, casi cuidadoso.
Ayslan alzó la mirada despacio.
—Claro.
Él indicó el sofá con un gesto.
—¿Nos sentamos? Prefiero conversar lejos de la mesa.
Ella asintió y se sentó con cuidado, apoyando discretamente la mano en el vientre. Claudio percibió el gesto, pero no comentó. Aún.
—Álvaro me contó… lo del contrato —empezó él—. Pero no explicó mucho sobre ti. Ni sobre tu abuela.
Ayslan respiró hondo.
—La salud de ella siempre fue frágil —dijo, sin rodeos—. Pero, en los últimos meses, empeoró mucho. Dolores constantes, noches sin dormir… había días en que ella lloraba de agotamiento.
La voz de ella no falló, pero los ojos se llenaron.
—Yo hacía lo que podía. Trabajaba, cuidaba de ella, imploraba por atención… pero todo era demasiado caro —Ayslan apretó las manos en el regazo—. Llegó un momento en que yo no aguantaba más verla sufrir.
Claudio oyó en silencio, atento.
—Cuando Álvaro hizo la propuesta… —continuó ella— no fue elección. Fue desesperación. La última salvación que yo tenía para salvar la vida de ella. Para que ella dejara de sentir dolor.
Ella alzó la mirada y lo encaró directamente.
—Yo acepté porque preferí sufrir en el lugar de ella.
Claudio sintió un apretón en el pecho.
No había exageración.
No había victimismo.
Solo verdad.
—Y hoy… —preguntó él con cuidado— ¿cómo está ella?
Una leve sonrisa surgió en el rostro de Ayslan, la primera desde que él llegara.
—Mejor —respondió—. Duerme tranquila. Camina con ayuda. Pasea en el jardín del hospital. A veces hasta ríe.
Ella respiró hondo, como si aquello aún fuera difícil de creer.
—Valió la pena.
Claudio quedó algunos segundos en silencio, asimilando todo.
—No pareces alguien que vendería la propia vida por dinero —dijo por fin—. Pareces alguien que hizo eso por amor.
Ayslan bajó la mirada.
—Amor es la única cosa que yo siempre tuve. Incluso cuando faltaba todo.
Claudio asintió lentamente.
En aquel instante, todas las piezas encajaron.
La semejanza con Bruna explicaba la obsesión del hermano.
Pero el carácter de Ayslan explicaba algo aún más peligroso:
por qué Álvaro comenzaba a perderse.
—Eres una buena muchacha, Ayslan —dijo, con firmeza—. Y no mereces ser tratada como un contrato.
Ella sonrió de forma contenida, casi triste.
—Aquí dentro, eso no importa mucho.
Claudio se levantó.
—Importa para mí —respondió—. Y va a importar aún más.
Antes de que ella pudiera preguntar lo que él quería decir, Álvaro volvió a la sala.
—¿Estaban conversando? —preguntó, desconfiado.
—Estábamos —respondió Claudio, sin quitar los ojos de Ayslan—. Y ahora yo entiendo mucha cosa.
Álvaro frunció el ceño.
Ayslan se levantó también.
—Con permiso —dijo, educada—. Estoy un poco cansada.
Cuando ella se alejó, Claudio se giró lentamente hacia el hermano.
—No tienes idea de lo que tienes en las manos, Álvaro —dijo, serio—. Y del riesgo que corres si sigues tratando esto como un juego.
Álvaro no respondió.
Pero, por primera vez desde la llegada del hermano, algo en su mirada vaciló.
Y, para Claudio, quedó claro:
Ayslan no era el problema.
Era la conciencia que Álvaro venía intentando callar.