Bang Chan y Seungmin son estrellas del K-pop... y novios en secreto. Entre giras interminables y luces de escenario, su amor crece fuerte en los pocos momentos que tienen para sí mismos. Pero la fama no perdona secretos, y cuando el mundo empieza a cerrarles el paso, deberán decidir si su vínculo vale más que cualquier gloria. ¿Podrán mantener su armonía en medio del caos?
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el encuentro de dos culturas
Después de pasar diez días en Nueva Zelanda, decidieron hacer una parada en Tokio antes de regresar a Corea –un lugar que siempre había sido especial para ambos, donde habían dado sus primeros conciertos internacionales y donde la mezcla de tradición y modernidad les inspiraba profundamente.
Se alojaron en un pequeño ryokan en el barrio de Asakusa, con vistas al templo Senso-ji. El aroma de té verde, incienso y comida callejera les dio la bienvenida desde el momento en que bajaron del tren. La dueña del ryokan, una señora mayor que los conocía de sus visitas anteriores, los recibió con un saludo reverencial y unas tortas de fresa caseras.
—He preparado la habitación con tatami que les gusta —dijo ella, sonriendo—. Y he invitado a algunos amigos músicos locales a cenar esta noche. Quieren conocer la música que han estado creando en sus viajes.
Durante la tarde, recorrieron el barrio, visitando los mercados callejeros, las tiendas de instrumentos tradicionales y el templo, donde encendieron incienso y pidieron por la salud y la felicidad de sus familias y del grupo. Seungmin compró un pequeño taiko de madera miniatura, y Chan encontró una flauta shakuhachi que quería aprender a tocar.
—Me encanta cómo aquí se fusiona lo antiguo con lo moderno —dijo Chan, mirando los rascacielos que se veían al fondo del templo—. Es como nuestra música: raíces tradicionales con un toque contemporáneo.
Se detuvieron en un pequeño café junto al río Sumida, donde tomaron té verde y hablaron de cómo querían fusionar los sonidos de Corea del Sur y Nueva Zelanda en sus nuevas canciones. Chan sacó su guitarra y empezó a tocar un ritmo que mezclaba el chanmin con los tambores maoríes que había escuchado en su viaje, mientras Seungmin cantaba letras que hablaban de la unión de dos culturas.
Por la noche, los músicos locales llegaron al ryokan, trayendo consigo instrumentos tradicionales japoneses: un koto, un shamisen y unos taikos pequeños. Pasaron horas compartiendo música –los músicos japoneses tocaron melodías tradicionales, Chan les enseñó canciones maoríes que había aprendido en Nueva Zelanda, y Seungmin cantó algunas piezas de música clásica coreana.
—La música es el lenguaje universal —dijo uno de los músicos, sonriendo mientras ajustaba su koto—. No necesitamos hablar el mismo idioma para entendernos.
Juntos, crearon una melodía que fusionaba todos esos sonidos: el sonido del koto mezclado con la guitarra, los tambores japoneses combinados con los ritmos maoríes, y la voz de Seungmin entrelazándose con las melodías tradicionales. Grabaron la improvisación con su teléfono, sabiendo que esa mezcla única sería el punto de partida de su próximo proyecto.
Al día siguiente, visitaron un estudio de grabación tradicional japonés, donde pudieron grabar algunas de las melodías que habían creado la noche anterior con equipos profesionales. El ingeniero de sonido, un hombre mayor con años de experiencia, quedó impresionado por la forma en que fusionaban diferentes estilos musicales.
—Nunca he escuchado nada igual —dijo él, mientras reproducían la grabación—. Tienen un don para unir lo que parece incompatible en algo hermoso.
Por la tarde, decidieron visitar un jardín zen cerca del ryokan, donde pudieron sentarse en silencio y reflexionar sobre todo lo que habían vivido en sus viajes. El sonido del agua en el estanque y el susurro del viento entre los árboles les dieron nuevas ideas para letras y melodías.
—Cada lugar que visitamos nos deja algo —dijo Seungmin, mirando los peces koi nadar en el estanque—. Daegu nos dio calidez familiar, Nueva Zelanda nos dio conexión con la naturaleza, y Tokio nos está dando la armonía entre lo antiguo y lo moderno.
Chan tomó su mano y la apretó con cariño.
—Y todos esos elementos se unen en nuestra música —respondió—. Porque nuestra música es el reflejo de todo lo que somos y de todos los lugares que hemos conocido juntos.
Por la noche, prepararon una cena con ingredientes que habían comprado en el mercado local –sushi casero, tempura y arroz con algas. Se sentaron en el balcón del ryokan, mirando las luces de la ciudad y la luna reflejándose en el río Sumida.
Chan sacó la flauta shakuhachi que había comprado y empezó a tocar una melodía suave y meditativa. Seungmin acompañó con el taiko miniatura, creando un ritmo lento y constante que se mezclaba con el sonido de la ciudad.
—Quiero que este sea el tema introductorio de nuestro próximo álbum —dijo Chan cuando terminó de tocar—. Un recordatorio de que la música puede unir mundos enteros.
Seungmin sonrió y se acercó a besarlo suavemente.
—Juntos construiremos un puente entre culturas con nuestra música —dijo él—. Ese será nuestro legado.
Mientras la noche avanzaba sobre Tokio, la melodía de la flauta y el tambor seguía resonando en el aire, una promesa de que su música seguiría cruzando fronteras y uniendo corazones en todo el mundo.