El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 22
Sofía
Santiago se había ido.
Y, de repente, el búnker se sintió demasiado grande… y demasiado vacío.
El ruido constante de pasos, radios y puertas metálicas no lograba llenar ese silencio incómodo que me quedaba cuando él no estaba cerca.
Respiré hondo.
Mi pierna latía.
El dolor era constante, profundo, pero soportable.
Luciano entró después de unos minutos.
Se acercó a la camilla y miró el vendaje.
—¿Cómo te cortaste?
Fruncí el ceño.
—No lo sé… estaba oscuro.
Hice una pausa.
—Pero no sabía que Santiago sabía coser.
Luciano soltó una pequeña risa.
—Nos mandaron a un curso de verano.
Lo miré.
—¿El del ejército?
—Ese mismo.
Se cruzó de brazos, recordando.
—Fueron dos meses comiendo… horrible.
—Luciano —lo regañé—, no seas grosero.
—Es la verdad —respondió encogiéndose de hombros—. Pero hoy… lo agradecí.
Su expresión se suavizó un poco.
—Ya vuelvo.
Y se fue.
Otra vez sola.
Miré la chaqueta de Santiago que aún llevaba puesta.
La abracé un poco más contra mí, casi sin darme cuenta.
Olía a él.
A algo familiar.
A algo que, en medio de todo esto… me daba calma.
El tiempo pasó lento.
No sabía cuánto exactamente.
Hasta que la puerta volvió a abrirse.
Santiago.
—¿Quieres algo?
Lo miré.
—Quiero pararme.
Frunció ligeramente el ceño.
—Sofía…
—Estoy cansada de estar sentada.
Suspiró.
Pero se acercó.
Con cuidado, me ayudó a incorporarme.
Su mano rodeó mi cintura con firmeza, sosteniéndome.
—Despacio.
Me apoyé en él.
Caminamos unos pasos.
Lentos.
—Debes tomar analgésicos —dijo—. Ya conseguimos unos.
Asentí.
—Santiago…
Me detuve.
—¿Me puedes llevar con ustedes?
Me miró.
Dudó.
Lo vi en sus ojos.
Evaluando.
Pensando.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero no es cómodo.
—No importa.
Llamó a uno de los guardias.
—Busca algo cómodo para ella.
—Sí, señor.
El hombre salió de inmediato.
Antes de que pudiera reaccionar…
Santiago me cargó.
—¡Santiago!
—No vas a caminar más de lo necesario.
Lo miré.
Quería protestar.
Pero…
No lo hice.
Apoyé mi cabeza en su hombro.
Otra vez.
—Te estás acostumbrando —murmuró él.
—Cállate.
Sentí su risa suave.
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Me llevó hasta otra zona del búnker.
Más amplia.
Más fría.
Pantallas.
Mapas.
Hombres moviéndose con rapidez.
Luciano estaba allí, hablando con otros.
Karen, ya más recuperada, estaba sentada revisando documentos.
Cuando entramos, todos levantaron la mirada.
Y por un segundo…
Sentí el peso de todo.
De la guerra.
De las decisiones.
De lo que venía.
Santiago me bajó con cuidado en una silla.
—Quédate aquí.
Asentí.
Un guardia regresó con ropa más cómoda.
Me ayudaron a cambiarme.
Cuando volví a levantar la mirada…
Santiago ya estaba en el centro de todo.
Dando órdenes.
—Quiero rutas alternativas aseguradas.
—Refuercen comunicaciones.
—Nadie se mueve sin autorización.
Su voz era firme.
Autoritaria.
Segura.
Y no pude evitar observarlo.
Detenidamente.
Ese hombre…
No era el mismo con el que jugaba de niña.
No era el mismo con el que fingía besos en fiestas.
Era alguien más.
Alguien que imponía.
Que lideraba.
Que daba miedo…
Y al mismo tiempo…
Me hacía sentir protegida.
Luciano se acercó a él.
Hablaron en voz baja.
Karen intervino.
Señaló uno de los mapas.
Discutían estrategias.
Y yo…
Yo ya no estaba al margen.
—Sofía.
Levanté la mirada.
Santiago me estaba mirando.
—Ven.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Ven.
Me levanté con cuidado y caminé hacia ellos.
—Necesitamos otra perspectiva.
Me señaló el mapa.
—Si tú estuvieras del otro lado… ¿por dónde atacarías?
Lo miré.
Sorprendida.
Pero luego…
Miré el mapa.
Respiré hondo.
Y pensé.
De verdad.
—Aquí —dije señalando una zona—. Es menos vigilada… y conecta con rutas rápidas de escape.
Luciano asintió lentamente.
—Tiene sentido.
Karen también.
—Demasiado.
Santiago me miró.
Y por primera vez…
No como alguien a quien debía proteger.
Sino como alguien que estaba…
En el mismo nivel.
—Bien —dijo—. Entonces por ahí empezamos.
Y en ese momento entendí algo.
Ya no era solo la esposa.
Ni la amiga.
Ni la niña del pasado.