En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 10 | Tres años
El invierno siempre hacía que todo pareciera más lento.
El aire era más pesado, más frío, y el sonido de los pasos sobre la nieve recién caída rompía el silencio de una forma casi violenta. Desde la ventana de mi habitación, el jardín de la mansión Naville se veía completamente distinto a como lo recordaba en otras estaciones. Las flores habían desaparecido, los árboles estaban desnudos y el suelo, cubierto por una capa blanca, reflejaba la luz gris del cielo.
Todo parecía inmóvil.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Apoyé la mano contra el vidrio. Estaba helado. El frío se filtró a través de mi piel con una claridad que me mantuvo presente, alerta.
Habían pasado tres años. Tres años desde aquel día… tres años desde que encontré ese primer broche.
Y en todo ese tiempo… nada volvió a ser realmente normal.
Exhalé lentamente, viendo cómo mi aliento empañaba el vidrio por un instante antes de desaparecer. Mis dedos trazaron una línea sobre la superficie fría sin que me diera cuenta.
En esos años, aprendí a controlar muchas cosas.
Mi magia, primero.
Lo que antes era un impulso desordenado, ahora respondía con precisión. Cada hechizo, cada intento, cada práctica en los rincones más alejados de la mansión había dado resultado. Ya no había explosiones de energía inestables ni reacciones inesperadas… o al menos, no tan seguido.
Mi mente, después.
Pensar antes de actuar, observar antes de hablar y medir cada palabra, cada gesto.
Ser exactamente lo que los demás esperaban ver… y ocultar todo lo demás.
Eso también lo había perfeccionado. Pero había algo que no había cambiado.
Ellos.
Cerré los ojos un segundo, dejando que el recuerdo se formara por sí solo.
Las visitas constantes e innecesarias, muy molestas para mi gusto.
Había perdido la cuenta de cuántas veces habían venido a la mansión en esos años. Aun cuando yo misma había dejado claro, una y otra vez, que no deseaba recibirlos.
Aun cuando mis respuestas eran frías, cortas, indiferentes.
No importaba; ellos volvían. Siempre lo hacían y eso me molestaba, porque fastidiaba mi plan de mantenerme alejada de ellos.
Maxime, con esa mezcla de confusión y terquedad silenciosa, como si todavía intentara entender en qué momento había dejado de ser el centro de mi mundo.
Ian, siempre igual, provocando, sonriendo, buscando una reacción que ya no estaba dispuesta a darle.
Y Alexei… él era diferente. No insistía de la misma forma, pero observaba todo.
Abrí los ojos lentamente.
El jardín seguía ahí, igual de inmóvil y blanco por la nieve. Pero, sobre todo, silencioso.
Y, sin embargo, la sensación seguía presente. Esa misma que había aparecido tres años atrás. Más tenue al principio, casi imperceptible. Pero nunca desapareció del todo.
Al principio pensé que había sido un evento aislado. Un error o una anomalía, tal vez, pero me equivoqué. Porque no fue el único.
Giré ligeramente la cabeza hacia la mesa junto a mi cama. Allí, dentro de un cajón cerrado, seguía guardado el primer broche.
No lo había destruido. No todavía. Algo me decía que hacerlo sin entenderlo sería peor… mucho peor.
Aparté la mirada. No tenía sentido pensar en eso ahora. Había aprendido a esperar, a observar y a no actuar sin entender primero. Pero incluso esa paciencia tenía un límite.
Golpearon suavemente la puerta.
El sonido fue discreto, pero suficiente para sacarme de mis pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió con un leve crujido. Una sirvienta inclinó la cabeza con respeto.
—Señorita Anya, su padre la espera.
Asentí sin decir nada.
Me aparté de la ventana y caminé hacia la puerta. El frío del suelo se filtraba a través de mis zapatos, pero no era desagradable. Me mantenía enfocada.
Cada paso resonaba suavemente en el pasillo, acompañado por el eco lejano de otras voces, de otros movimientos dentro de la mansión.
Todo parecía igual, pero yo sabía que no lo era.
El despacho de mi padre siempre tenía el mismo olor: madera antigua, papel y un leve rastro de tinta fresca. Un aroma serio, estable y reconfortante… en cierta forma.
Cuando entré, lo encontré sentado detrás de su escritorio, revisando unos documentos. La luz que entraba por la ventana iluminaba parcialmente su figura, dejando el resto en una sombra suave.
Levantó la vista al verme y sonrió.
—Anya.
Su voz era cálida, cercana. Siempre lo había sido.
Caminé hacia él con calma, sintiendo el leve crujido de la alfombra bajo mis pasos.
—Padre.
Me observó unos segundos más de lo normal, como si buscara algo en mi expresión.
—Has crecido mucho.
No respondí de inmediato.
Ese tipo de comentarios eran frecuentes, pero en su voz había algo más. Algo genuino.
—Supongo que es lo que ocurre con el tiempo —respondí con suavidad.
Él soltó una pequeña risa.
—Supongo que sí.
El sonido fue breve, pero suficiente para relajar ligeramente el ambiente.
Apoyé las manos sobre el escritorio, sintiendo la superficie firme bajo mis dedos.
Y fue en ese momento cuando lo noté. Algo pequeño, oscuro. Justo en el borde del escritorio.
Mi respiración se detuvo por una fracción de segundo.
No. No podía ser.
Mi mirada se clavó en el objeto.
Otro.
El objeto descansaba en el borde del escritorio como si siempre hubiera estado ahí, como si perteneciera a ese lugar. Pero yo sabía que no. Lo supe en el instante en que mis ojos se posaron sobre él, en la forma en que la luz evitaba tocarlo por completo, en esa sensación apenas perceptible que me recorrió la espalda como un susurro helado.
Era distinto al primero, pero no lo suficiente como para no reconocerlo.
Más pequeño. Más simple en apariencia. Una pieza metálica oscura, sin adornos, sin intención estética clara. Pero la sensación… era la misma.
Tan densa como incorrecta, y a la misma vez… peligrosa.
Sentí el impulso de moverme de inmediato, pero me obligué a no hacerlo. Mi padre aún estaba ahí, frente a mí, completamente ajeno a lo que tenía tan cerca de la mano.
—¿Ocurre algo?
Su voz me hizo reaccionar.
Levanté la mirada con calma, como si nada hubiera pasado, aunque mi atención seguía dividida. Una parte de mí estaba en la conversación. La otra… completamente fija en ese objeto.
—No —respondí con suavidad.
Pero él no apartó la vista, siguió observándome unos segundos más, como si notara algo en mi expresión que no terminaba de entender. Luego, su mirada descendió ligeramente…
Y la vio.
—¿Eso es tuyo?
La pregunta cayó con naturalidad.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Extendí la mano y tomé el objeto con rapidez, sintiendo ese mismo pulso oscuro apenas rozar mi piel, como un latido contenido. Lo cerré dentro de mi mano antes de que él pudiera siquiera acercarse.
—Sí.
Mi respuesta fue inmediata y firme, sin espacio para dudas. El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
Mi padre alzó una ceja.
—No recuerdo habértelo visto antes.
—Lo encontré hace poco.
No era mentira, pero tampoco era la verdad completa.
Mis dedos se cerraron un poco más alrededor del objeto, aislándolo, como si eso pudiera contener lo que fuera que llevaba dentro. El contacto era desagradable, pero no lo solté. No podía, no frente a mi padre.
Por un instante, pensé que insistiría. Que preguntaría más. Que intentaría tomarlo para examinarlo. Pero no lo hizo.
En lugar de eso, suspiró levemente y se reclinó en su silla.
—Deberías tener más cuidado con las cosas que recoges —dijo, con un tono más suave, casi distraído—. No todo lo que parece inofensivo lo es.
Sentí una leve tensión en el pecho. Si tan solo supiera.
—Lo tendré en cuenta.
Mi voz sonó tranquila y estable, como siempre.
El ambiente se relajó apenas después de eso, como si ese pequeño momento hubiera sido olvidado con facilidad. Pero yo sabía que no era así.
Nada de eso era normal. Nada de eso debía estar pasando.
Mi padre tomó uno de los documentos sobre su escritorio, pero no lo miró de inmediato.
—Hay algo que quería comentarte.
Aproveché ese cambio de tema.
Deslicé el objeto dentro del bolsillo de mi vestido con cuidado, asegurándome de que quedara completamente cubierto antes de retirar la mano.
—¿Sí?
—La academia.
Mis ojos se movieron apenas.
—Se están haciendo cambios importantes —continuó—. Acuerdos con otros territorios e intercambios estudiantiles.
Su tono era neutro, pero había algo detrás. Algo político. Algo que no estaba diciendo del todo.
—Dentro de unos años, no solo los nobles de este reino estudiarán allí.
Mi atención se centró por completo en sus palabras. Eso no era nuevo. Ese acuerdo se hizo hace unos años, pero pensé que tardaría más para que los demás reinos enviaran a estudiantes aquí.
—Se están adelantando muchas cosas —murmuré, más para mí que para él.
—Así parece.
Hubo una pausa breve.
—Será un cambio importante —agregó—. Para todos.
Asentí levemente, pero mi mente ya estaba en otro lugar. Porque si eso también se estaba adelantando… entonces todo estaba ocurriendo antes de lo previsto.
Todo.
La presión volvió, esa sensación sutil, pero esta vez… diferente.
No era lejana ni difusa. Se sentía… cerca.
Mi cuerpo se tensó apenas, pero no lo suficiente como para que mi padre lo notara. Mi respiración se mantuvo estable, pero cada uno de mis sentidos se agudizó al instante.
El aire en la habitación se volvió más frío y más pesado, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible.
Mis dedos se cerraron con más fuerza dentro del bolsillo, rodeando el objeto.
Y entonces lo entendí. No era el broche ni la magia. Era… otra cosa. Algo que no estaba antes, algo que no pertenecía a ese espacio.
Mis ojos se movieron con lentitud, primero hacia la puerta. Nada. Luego, hacia la ventana, cerrada. Las cortinas apenas se movían. Después… hacia atrás.
La sensación se intensificó, como si algo estuviera justo fuera de mi campo de visión. Cerca y presente.
El impulso de girarme fue inmediato, pero no lo hice. No podía, no frente a él y no sin una razón.
Mi corazón latía más lento ahora, más controlado, pero al mismo tiempo, más fuerte. Como si cada latido marcara el tiempo de algo que estaba por romperse.
—Anya.
La voz de mi padre volvió a traerme al presente. Lo miré.
—¿Sí?
—¿Estás escuchando?
—Sí.
Mentira, pero mi expresión no cambió.
Él me sostuvo la mirada unos segundos más y luego asintió, como si decidiera no insistir.
—Bien. Eso es todo por ahora.
Asentí levemente.
—Entiendo.
Di un paso atrás, luego otro. Cada movimiento era medido y controlado, pero la sensación no desaparecía. Al contrario, se mantenía firme, pegada a mí. Como una sombra que no proyectaba luz.
Incliné la cabeza en señal de despedida y me dirigí hacia la puerta. Mis dedos rozaron el picaporte frío, metálico.
Y en el instante en que lo giré… lo sentí. Justo detrás de mí, no fue un sonido ni una respiración. Nada que fuese tangible, pero era absolutamente real.
Mi piel se erizó, el aire se volvió helado contra mi nuca. Y por una fracción de segundo supe que, si me giraba… no iba a ver nada.
Abrí la puerta y salí, no miré atrás.
Pero incluso al alejarme por el pasillo, con el sonido de mis propios pasos acompañándome, esa certeza no desapareció.
No era una sensación pasajera ni mucho menos era mi imaginación. Tampoco era un recuerdo. Esto estaba presente y demasiado cerca.
Ese día lo entendí: el tiempo no solo había cambiado. Había sido observado y ahora… yo también lo estaba siendo.
La cuestión era por quién. Qué tipo de persona tendría tanto poder como para haber observado el cambio del tiempo.
Un pensamiento fugaz, pero mortal, cruzó por mi mente. Si esa persona sabe que fui yo quien cambió el curso del tiempo y de las cosas, qué hará con esa información.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Esto se está complicando.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?