El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 2
Santiago
Hay llamadas que dividen tu vida en dos.
Antes de contestar…
y después de escuchar lo que nunca quisiste oír.
La madrugada en que murió mi padre, la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de mi apartamento. El sonido era constante, pesado, como si el cielo entero estuviera cayendo sobre la ciudad.
Mi teléfono empezó a sonar a las tres de la mañana.
Durante unos segundos no contesté.
Algo dentro de mí ya sabía que nada bueno podía salir de una llamada a esa hora.
Cuando finalmente miré la pantalla, el nombre que apareció me hizo fruncir el ceño.
Ricardo Ferrer.
Mi tío.
Deslicé el dedo para contestar.
—¿Tío?
Al otro lado de la línea solo escuché respiración agitada.
Luego su voz.
—Santiago…
Nunca lo había oído así.
Rota.
—Tienes que venir —dijo con dificultad—. A tu papá… lo mataron.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Lo atacaron esta noche después de la gala de caridad… —su voz temblaba—. Fue brutal.
Me quedé en silencio.
Esa noche yo debía haber estado allí.
La fundación Ferrer había organizado una fiesta de caridad importante, y mi padre llevaba semanas insistiendo en que asistiera.
Pero a último momento cambié de opinión.
No quería formar parte de su mundo.
No otra vez.
—Agradezco que no hayas ido —continuó mi tío—. O también estarías muerto.
Sus palabras tardaron unos segundos en hundirse en mi cabeza.
—Necesito que vengas —añadió—. Debes identificar el cuerpo.
Cerré los ojos.
—¿Y tú?
Hubo un silencio largo al otro lado.
—No puedo hacerlo —susurró—. No soy capaz de ver a mi hermano así.
Colgué pocos minutos después.
Y conduje bajo la lluvia hacia el hospital en dónde habían realizado la necropsia.
Cuando llegué, mi tío Ricardo ya estaba allí.
Sentado en una silla del pasillo.
Con los ojos rojos e hinchados.
Parecía un hombre diez años más viejo.
Cuando me vio, se levantó de inmediato y me abrazó con fuerza.
—Lo siento, muchacho… lo siento tanto.
Sentí su cuerpo temblar mientras lloraba.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Ricardo negó lentamente con la cabeza.
—No lo sabemos… nadie sobrevivió.
En ese momento un médico apareció en el pasillo.
—¿Santiago Ferrer?
—Soy yo.
El hombre asintió.
—Cuando se sienta listo, puede pasar.
Tragué saliva.
Respiré hondo.
Y entré.
La sala estaba fría.
Demasiado blanca.
En el centro, sobre una mesa metálica, estaba mi padre.
Durante unos segundos no pude moverme.
El hombre que me enseñó a negociar.
El que me repetía que en esta vida lo más importante era saber valorar lo que se tiene, por poco que fuera.
El hombre que me enseñó que el respeto se gana con trabajo.
Ahora estaba allí.
Frío.
Destrozado.
Masacrado como si no fuera una persona… sino un animal.
No pude evitar llorar.
No recuerdo cuánto tiempo estuve allí dentro.
Cuando finalmente salí, sentía la cabeza vacía.
Mi tío me esperaba en el pasillo.
Se levantó y me abrazó otra vez.
—No estás solo, muchacho. Lo sabes.
Asentí.
—Gracias, tío.
El día del velorio llegó demasiado rápido.
La sala estaba llena de gente.
Empresarios.
Socios.
Amigos de la familia.
Después de hablar con el señor Ríos, el mejor amigo de mi padre, salí de la habitación privada.
Y entonces la vi.
Sofía.
Diez años.
Diez años sin verla.
Pero la reconocí en el instante en que nuestros ojos se cruzaron.
Estaba de pie al otro lado de la sala, junto a la pared.
Más adulta.
Más serena.
Pero seguía siendo ella.
Sofía Reyes.
Mi mejor amiga de la infancia.
La chica de la que me alejé cuando descubrimos que nuestras familias habían decidido que algún día debíamos casarnos.
Durante un segundo sentí algo que no había sentido en años.
Pero aparté la mirada.
No era momento para eso.
No ahora.
En ese momento vi entrar a dos hombres vestidos de negro.
No pertenecían al esquema de seguridad de mi familia.
Y sabía exactamente quiénes eran.
Los Manrique.
Mi tío sospechaba de ellos desde la noche anterior.
La familia Manrique llevaba años compitiendo con los Ferrer por ciertos negocios.
Me acerqué antes de que pudieran avanzar más en la sala… antes de que siquiera pudieran acercarse a Sofía.
—Gracias por venir —dije con tono cortés.
Uno de ellos inclinó la cabeza.
—La familia Manrique lamenta profundamente su pérdida.
El otro sostuvo una corona de rosas blancas.
—Enviamos esto como señal de respeto.
—Gracias.
El primer hombre sonrió ligeramente.
—Esperamos que pronto podamos reunirnos.
Lo miré con calma.
—Por supuesto.
Me entregaron un sobre blanco.
Dentro parecía haber una tarjeta.
Luego se marcharon.
Guardé el sobre en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Lo leería después.
El señor Ríos se acercó a mí.
—Tú y yo sabemos lo que debemos hacer, hijo.
No respondí.
En ese momento Luciano Reyes, mi mejor amigo se acercó y me abrazó.
—Lo siento mucho, Santiago.
Le devolví el abrazo.
—Gracias.
Sofía estaba cerca de su madre, en silencio.
—¿Y tu mamá? —preguntó Luciano.
—La sedaron. La llevarán directamente al cementerio.
Ríos me dio unas palmaditas suaves en el hombro.
Siempre había sido como un segundo padre para mí.
El entierro fue al final de la tarde.
El cielo se había vuelto gris.
El viento era frío.
Mientras todos se marchaban poco a poco, yo me quedé frente a la tumba de mi padre.
Solo.
Pensando.
Intentando entender quién había hecho algo así.
Entonces sentí a alguien acercarse.
Sofía se colocó a mi lado.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Lo siento mucho —dijo finalmente.
Su voz era suave.
Miré la lápida.
—Gracias.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Vas a volver a Italia? —pregunté.
—En un par de días.
Asentí.
—Es lo mejor.
No dije nada más.
El viento movía las flores frescas sobre la tumba.
Entonces recordé el sobre que me habían entregado los hombres de los Manrique.
Lo saqué del bolsillo.
Abrí la tarjeta.
Y cuando leí lo que decía…
Sentí cómo la sangre se me helaba.
Porque el mensaje no estaba dirigido a mí.
Estaba dirigido a Sofía.
Y decía solo una frase.
“El siguiente funeral podría ser el de ella.”
Santiago Ferrer, 29 años