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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: En proceso
Genre:Aventura / Romance
Popularitas:749
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — Donde el peso cambia de forma

El reconocimiento empezó a notarse en los lugares más incómodos.

No en entrevistas.

No en titulares.

En miradas.

Cael lo sintió al entrar al edificio de la Asociación para entregar el informe del intercambiador. El guardia que siempre pedía identificación dos veces lo dejó pasar con un gesto breve. No sonrió. Tampoco desconfió. Lo miró como se mira a alguien que ya no es un trámite.

—Buen día, Verdan —dijo, usando su apellido por primera vez.

Ese detalle pequeño le pesó más que cualquier papel con membrete.

En la sala de informes, dos técnicos revisaban grabaciones térmicas del enfrentamiento. No lo llamaron “proeza”. Lo llamaron “intervención de alta precisión”.

—No todos los cazadores pueden cortar el pulso sin disparar colapsos secundarios —dijo uno—. ¿Dónde aprendiste eso?

—No aprendí —respondió Cael—. Lo probé y no me salió mal.

El técnico levantó la vista, sorprendido por la honestidad.

—Eso no es un método.

—Es el único que tuve —respondió Cael.

No hubo aplausos. Hubo silencio profesional. A veces, el respeto en ese lugar se parecía demasiado a la distancia.

La misión del día no era espectacular.

Un foco de inestabilidad en un mercado mayorista, entre cámaras frigoríficas y pasillos estrechos. El lugar olía a hielo viejo y cartón húmedo. Nada gritaba peligro. Todo susurraba desgaste.

—No es un “alto umbral” —dijo Maira—. Pero está en un lugar malo para fallas.

—Siempre están en lugares malos —respondió Ivo—. Lo malo es lo que los llama.

Avanzaron entre cajas apiladas. El tirón interno de Cael era leve, pero constante, como una corriente subterránea. No activó el Filo de Energía. No hacía falta. Quería ver si podía cerrar sin mostrar la luz azul. No por esconderse. Por no convertir cada problema en un espectáculo.

El foco estaba pegado a una cámara frigorífica. El metal vibraba apenas. Un trabajador los miraba desde lejos, con los brazos cruzados, sin saber si acercarse o huir.

—No se muevan por acá un rato —dijo Lara al encargado—. En media hora está estable.

—¿Se va a romper algo? —preguntó el hombre.

—Nada que no se pueda arreglar —respondió Lara.

Cael colocó un anclaje manual. Maira ajustó el patrón. El aire se acomodó con un suspiro que nadie más pareció notar.

—Listo —dijo Maira—. Limpio.

El trabajador soltó el aire.

—Gracias.

No hubo cámaras. No hubo testigos impresionados. Cael se dio cuenta de que esa clase de misiones eran las que más le gustaban. Donde el reconocimiento era un “gracias” torpe y la vida seguía.

La presión volvió esa tarde.

Un mensaje de la Asociación: “Solicitud de participación prioritaria en respuesta a brechas emergentes durante las próximas 72 horas.”

—Eso es un contrato sin contrato —murmuró Ivo.

—Es una forma elegante de decir “te queremos disponible” —añadió Maira.

Lara miró a Cael.

—No estás obligado.

—Lo sé —respondió él—. Pero tampoco quiero que alguien más se coma el golpe si yo puedo ayudar.

—Ese es el problema —dijo Lara—. Vos siempre podés ayudar. No siempre tenés que hacerlo.

Cael se quedó pensando en eso más tiempo del que admitió en voz alta.

El llamado real llegó al anochecer.

Un barrio periférico, calles estrechas, cables colgando como telarañas. Una brecha irregular se había abierto en un patio interior entre edificios bajos. La Asociación había enviado un equipo, pero el patrón del pulso era inestable. Demasiado cerca de viviendas.

—Esto puede colapsar paredes si lo cerramos mal —dijo Maira.

—Entonces no lo cerremos mal —respondió Cael.

Entraron por un pasillo angosto. Vecinos miraban desde las ventanas, algunos filmando con el celular, otros rezongando en voz baja. Una mujer mayor sostenía a un niño contra el pecho.

—¿Va a pasar algo? —preguntó ella.

Lara se detuvo un segundo.

—Vamos a hacer que no pase —dijo—. Métanse adentro y cierren puertas.

El tirón interno de Cael era más fuerte aquí. No era un alto umbral, pero la brecha estaba “sucia”, con bordes irregulares que mordían el aire.

—No uses picos —dijo Maira—. Esto está frágil.

Cael asintió. Se movió lento, como quien cruza un piso que cruje. El Filo se activó apenas, lo suficiente para “dibujar” el borde del pulso sin tocarlo de lleno. Era como calmar un animal asustado sin mirarlo a los ojos.

La brecha respondió con un temblor. Un fragmento de sombra se desprendió y cayó en el patio. Ivo lo contuvo con una carga mínima. El niño lloró desde adentro de una casa.

—Tranquilo —dijo Cael, sin saber si el niño podía escucharlo—. Ya pasa.

El cierre fue lento. Demasiado lento para quienes miraban. Cael sentía el sudor en la espalda, la tensión en los antebrazos. La Tenacidad del Caído amortiguaba el cansancio, pero no la concentración que le estaba pidiendo el cuerpo.

Un agente de la Asociación, apostado detrás, murmuró:

—Nunca vi cerrar una brecha así… tan despacio.

—Despacio es lo que no rompe paredes —respondió Cael, sin mirar atrás.

Cuando el aire se acomodó por completo, el patio volvió a oler a tierra húmeda y detergente barato. La mujer mayor asomó la cabeza.

—¿Ya está?

—Ya está —dijo Lara.

Algunos vecinos aplaudieron, tímidos, sin saber si correspondía. Otros solo cerraron las ventanas. Cael bajó la vista. No buscaba aplausos. Le pesaban.

Un joven se acercó, con el celular en la mano.

—¿Vos sos el de la espada azul?

Cael dudó un segundo.

—A veces —respondió.

—Gracias —dijo el joven—. Pensé que se nos caía la pared.

Cael asintió. No sabía qué decir cuando alguien le agradecía por algo que había sido, en parte, suerte.

De regreso, el cansancio era distinto al de la pelea del intercambiador. Era un cansancio fino, de concentración sostenida.

—Te están pidiendo cada vez más —dijo Maira—. Y vos estás diciendo sí cada vez más seguido.

—No siempre —respondió Cael—. Pero hoy… era acá.

—Hoy siempre es “acá” —replicó Ivo.

Lara no intervino de inmediato. Cuando lo hizo, fue en voz baja.

—No te conviertas en el tipo que la Asociación llama primero —dijo—. Conviértete en el tipo que vuelve entero.

Cael cerró los ojos un segundo.

—Eso intento.

El Sistema apareció con una notificación discreta:

[Estado: Estable con fatiga moderada.]

[Recomendación: Descanso y límites operativos.]

—Estamos de acuerdo —murmuró.

Esa noche, al llegar a su departamento, dejó la chaqueta en la silla y se sentó en la cama sin encender la luz. El reconocimiento pesaba. No como orgullo. Como expectativa ajena que había que aprender a cargar sin que te rompiera la espalda.

No todo lo que te eleva te hace más liviano.

A veces, te vuelve más visible… y eso también duele.

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