⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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7: el golpe que sale mal
La mañana siguiente en Las Vegas amaneció brillante y seca. Zairo y Rubí salieron temprano de la suite, vestidos como turistas adinerados: él con camisa polo oscura y pantalones casuales, ella con un vestido ligero de verano. Primero pasaron por un contacto local en un taller discreto de Henderson. Allí recogieron los uniformes falsos de mantenimiento, credenciales con fotos alteradas, un pequeño jammer de señales, ganzúas electrónicas y dos pistolas con silenciador que esperaban en una caja sellada. Pagaron en efectivo y salieron sin cruzar más palabras de las necesarias.
Después se dirigieron a una boutique de lujo en el Fashion Show Mall. Rubí tardó poco en elegir: un vestido rojo pasión largo, de tela suave y brillante que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Tenía un escote pronunciado que bajaba entre sus senos y una abertura alta en la pierna izquierda que dejaba ver su muslo con cada paso. Se probó frente al espejo y giró lentamente. El color contrastaba perfecto.
—Este servirá —dijo con una sonrisa satisfecha—. Nadie va a mirar mi cara si llevo esto puesto.
Zairo, sentado en un sillón cercano, la observó con aprobación.
—Vas a distraer a medio casino. Perfecto.
Compraron también una peluca corta negra para ella, zapatos de tacón alto y un clutch lo suficientemente grande para esconder un dispositivo pequeño. De regreso en la suite repasaron el plan una última vez, sentados en la mesa de centro con los planos extendidos.
—Tú entras primero como invitada VIP —repasó Zairo—. Te sientas en la mesa de blackjack cerca de la sala VIP tres. Yo entro por el área de servicio como técnico de mantenimiento treinta minutos después. Desactivo las cámaras del pasillo trasero mientras tú creas distracción en las mesas. Cuando tenga vía libre, entro a la bóveda. Diez minutos máximo. Salimos por separado y nos encontramos en el estacionamiento subterráneo, nivel dos.
Rubí asintió, ajustándose el vestido sobre las caderas.
—Si algo sale mal, señal de emergencia: dos toques en el reloj. Nos vemos en el punto de backup.
Todo parecía sólido.
A las nueve de la noche entraron en acción. El Golden Dragon Club brillaba con luces doradas y rojas. Rubí llegó sola en un taxi, el vestido rojo pasión atrayendo miradas inmediatas. Caminaba con confianza, el muslo asomando por la abertura con cada paso. Un gerente la recibió personalmente y la llevó a una mesa VIP. Ella pidió un martini y empezó a jugar, riendo con los hombres que la rodeaban, dejando que su escote y su sonrisa hicieran el trabajo.
Zairo entró por la puerta de servicio quince minutos después. El uniforme gris de mantenimiento y la caja de herramientas le permitieron pasar sin problemas. Se movió por los pasillos traseros, colocando el jammer en un punto ciego y desactivando las cámaras del corredor que llevaba a la sala VIP tres. Todo iba según lo planeado. El corazón le latía fuerte pero controlado.
Llegó a la puerta de la bóveda. Usó la ganzúa electrónica y entró. La habitación estaba oscura, iluminada solo por luces de emergencia. Abrió la caja fuerte principal… y se quedó helado.
La katana no estaba.
El soporte de terciopelo negro estaba vacío.
—Mierda —susurró.
En ese preciso instante, las alarmas empezaron a sonar. Luces rojas parpadearon y una voz automatizada anunció intrusión. Zairo cerró la caja de golpe y salió al pasillo. Dos guardias armados aparecieron al final del corredor.
—¡Alto ahí!
La tensión explotó. Zairo sacó su pistola con silenciador y disparó dos veces. Uno de los guardias cayó, pero el otro devolvió fuego. Las balas rebotaron en las paredes. Rubí, desde la sala principal, escuchó las alarmas y supo que algo había salido muy mal. Tiró sus fichas, se levantó con rapidez y caminó hacia la salida lateral mientras los guardias corrían hacia la zona VIP.
Zairo corrió por el pasillo, esquivando balas. Empujó a un mesero que se cruzó en su camino y salió por una puerta de emergencia que daba al estacionamiento. Rubí ya estaba allí, quitándose los tacones altos y subiendo al auto de escape que habían dejado preparado: un sedán negro discreto.
—¡Sube! —gritó ella, arrancando el motor antes de que él cerrara la puerta.
El auto salió disparado del estacionamiento subterráneo. Detrás de ellos, dos SUVs oscuros de los mafiosos Rossi aceleraron en persecución. La noche de Las Vegas se convirtió en un caos de luces lejanas.
Rubí pisó el acelerador a fondo. El sedán rugió por las calles laterales, esquivando taxis y peatones. Zairo bajó la ventanilla del pasajero, sacó la pistola y disparó hacia los perseguidores. Las balas impactaron en los parabrisas y en los faros de los SUVs. Uno de los vehículos perdió una llanta y se estrelló contra un poste, pero el segundo seguía pegado a ellos.
—¡Más rápido! —gritó Zairo, recargando con una mano mientras sostenía el arma con la otra.
Rubí tomó una curva cerrada a toda velocidad. Los neumáticos chirriaron y el auto se inclinó peligrosamente. Los disparos de los perseguidores rompieron el vidrio trasero. Una bala pasó rozando el reposacabezas de Zairo.
La persecución se extendió por las avenidas principales y luego hacia las carreteras que salían de la ciudad. Quince minutos que parecieron eternos. La adrenalina corría por sus venas como fuego líquido. Rubí manejaba con precisión letal: adelantaba autos, tomaba salidas de emergencia y zigzagueaba entre el tráfico. Zairo disparaba cada vez que tenía oportunidad, obligando a los perseguidores a mantenerse a distancia.
En una sección de carretera más oscura, cerca de la salida hacia el desierto, un tercer vehículo apareció de la nada. Era otro SUV de los mafiosos que los había estado esperando. Se estampó con brutalidad contra el lado derecho del sedán. El impacto sacudió a Zairo y Rubí con violencia. El auto giró, los vidrios se astillaron y el metal crujió.
Rubí logró recuperar el control, pero el daño estaba hecho. El SUV enemigo se pegó a ellos. Tres hombres bajaron rápidamente, armas en mano. Uno golpeó la ventanilla del conductor con la culata de su pistola mientras otro intentaba abrir la puerta trasera.
—¡Acelera más! —rugió Zairo.
Rubí pisó el acelerador. El sedán salió disparado con dos hombres todavía aferrados a las puertas. Uno disparaba a través del vidrio. Zairo le apuntó y disparó dos veces. El hombre cayó del auto en movimiento, rodando por el asfalto. El segundo se aferró a la parte trasera del maletero, trepando con dificultad. Disparó hacia adentro.
La bala atravesó el vidrio delantero y alcanzó el brazo izquierdo de Zairo. El dolor fue inmediato y ardiente. Sangre caliente brotó de la herida.
—¡Hijo de puta! —gruñó Zairo.
Giró el torso a pesar del dolor y disparó tres veces seguidas. El hombre en la parte trasera recibió los impactos y cayó hacia atrás, desapareciendo en la oscuridad de la carretera.
La persecución continuó otros cinco minutos más, pero los mafiosos ya no podían alcanzarlos. Rubí tomó una salida secundaria y condujo hacia una zona industrial abandonada cerca del lago Mead. Cuando estuvieron seguros de que nadie los seguía, abandonaron el sedán destrozado en una rampa que llevaba al agua. El auto se hundió lentamente en el lago, desapareciendo bajo la superficie oscura.
Corrieron hacia la carretera principal y pararon un taxi que pasaba por allí. Subieron con la respiración agitada. Rubí improvisó una venda rápida: rasgó un pedazo largo de su vestido y lo ató con fuerza alrededor del brazo herido de Zairo para detener la hemorragia.
—Presiona fuerte —le dijo con voz tensa.
El taxista los miró por el retrovisor pero no hizo preguntas; en Las Vegas veía de todo. Llegaron al Fontainebleau por la entrada lateral. Subieron a la suite en silencio, con Zairo sosteniendo el brazo contra su cuerpo.
Una vez dentro, Rubí cerró la puerta con llave y activó el jammer. Lo llevó directo al baño, lo sentó en el borde de la tina y encendió la luz fuerte. Con movimientos rápidos y precisos sacó el botiquín de emergencias. Limpió la herida con alcohol, la examinó y suspiró aliviada.
—Atravesó limpio. No tocó arteria. Te va a doler como el demonio.
Zairo soportó el dolor sin quejarse mientras ella suturaba con puntos limpios y vendaba el brazo con profesionalismo. El sudor le corría por la frente, pero su mandíbula permanecía apretada.
Cuando terminó, Rubí se lavó las manos y se giró hacia él. Zairo se levantó de golpe, ignorando el dolor. La atrajo contra su cuerpo con el brazo sano y la besó con fuerza bruta, casi con rabia. Sus labios presionaban los de ella con urgencia, su lengua invadiendo su boca sin pedir permiso.
—Zairo… estás herido —murmuró ella contra sus labios, intentando apartarse un poco—. Puedes desangrarte más si…
Él no la dejó terminar. La ignoró por completo. Con un movimiento rápido la levantó y la llevó hasta la cama. La tiró sobre el colchón y se colocó encima de ella. Sus manos rasgaron lo que quedaba del vestido rojo, quitándoselo con violencia. Rubí quedó desnuda debajo de él, el corazón latiéndole con fuerza.
Estaba frustrado. Frustrado porque el plan había fallado, porque la katana no estaba donde debía, porque casi los matan. Y Rubí lo sintió en cada movimiento. Zairo entró de un solo golpe profundo y brutal. Ella soltó un grito ahogado, arqueando la espalda. Las embestidas fueron fuertes, sin piedad, dominantes. Cada choque de sus caderas resonaba en la habitación. Él mordió sus pezones con fuerza, succionando y tirando hasta hacerla gemir de dolor y placer mezclado.
Rubí sentía que se partiría en dos. Las embestidas apenas le daban tiempo para respirar.
—Zairo… espera… un momento —suplicó, la voz entrecortada.
Pero él no paró. Al contrario, aumentó la intensidad, follándola con más brutalidad, sujetándola por las caderas con una mano mientras el brazo herido descansaba. Sus ojos azules claros brillaban con una mezcla de adrenalina, frustración y deseo crudo. Cada embestida era profunda, posesiva, como si quisiera borrar el fracaso de la noche con su cuerpo.
Rubí se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel. El placer llegó mezclado con dolor, intenso y abrumador. Cuando finalmente llegaron al clímax, fue violento y simultáneo. Zairo se derrumbó sobre ella, respirando agitado, aún dentro de su cuerpo.
Pasaron varios minutos. Poco a poco, su respiración se calmó. Él besó su cuello con más suavidad y murmuró contra su piel:
—Lo siento… Estaba cabreado conmigo mismo.
Rubí le acarició el cabello, aún recuperándose.
—Lo sé. Pero... Estamos vivos. Mañana encontramos dónde carajos movieron la katana y terminamos esto.
Zairo rodó a un lado, atrayéndola contra su pecho. El brazo herido palpitaba, pero el calor del cuerpo de Rubí era mejor que cualquier analgésico.
La noche en Las Vegas continuaba afuera, indiferente. Dentro de la suite, la tensión de la persecución se disipaba lentamente, dejando solo el cansancio y la certeza de que, aunque el golpe había salido mal, seguían juntos.
Mañana empezarían de nuevo. Pero por ahora, solo quedaba descansar y curar las heridas del cuerpo y del orgullo.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣