Narra la historia de una hermosa chica llamada Gabriela que sufre mucho tras el abandono de su novio.
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UN ROSTRO DEL PASADO
El silencio después del audio fue peor que cualquier amenaza anterior.
Gabriela permanecía inmóvil, como si su cuerpo hubiera regresado automáticamente a una versión antigua de sí misma. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente.
León, en cambio, no estaba paralizado.
Estaba furioso.
—Dame el número —exigió.
—No servirá —respondió ella con voz baja—. Él siempre usa líneas falsas.
León caminaba de un lado a otro, intentando contener algo que rara vez se le veía perder: el control.
—Ese hombre no va a volver a acercarse a ti.
Gabriela levantó la mirada.
—Ya lo hizo.
Las palabras cayeron pesadas.
Porque no era solo el mensaje.
Era el efecto.
Tomás no necesitaba estar presente físicamente para desestabilizarla. Con solo su voz, había removido recuerdos que Gabriela había tardado años en enterrar.
El encuentro inesperado
A la mañana siguiente, León insistió en acompañarla a la oficina de la empresa. No quería dejarla sola ni un segundo.
Gabriela aceptó sin discutir.
Cuando el ascensor se abrió en el lobby del edificio corporativo, todo parecía normal. Empleados entrando, teléfonos sonando, conversaciones en voz baja.
Demasiado normal.
Caminaron hacia la recepción.
Y entonces Gabriela lo vio.
De pie junto al mostrador, hablando tranquilamente con la recepcionista.
Tomás.
El aire abandonó sus pulmones.
Seguía igual… pero distinto. Más elegante. Más seguro. Su expresión tenía la misma calma calculada que recordaba, pero ahora había algo más en su mirada.
Determinación.
Como si hubiera esperado ese momento durante años.
León notó inmediatamente el cambio en Gabriela.
—¿Es él? —preguntó en voz baja.
Ella asintió apenas.
Tomás giró la cabeza lentamente.
Sus ojos se encontraron.
Y sonrió.
No fue una sonrisa cálida.
Fue una sonrisa de posesión.
—Gabriela —dijo con suavidad, avanzando hacia ellos—. Siempre supe que volveríamos a vernos.
León se colocó ligeramente delante de ella.
—Tienes cinco segundos para explicarme qué haces aquí.
Tomás lo observó con calma.
—Debes ser León.
La manera en que pronunció su nombre fue casi divertida.
—He escuchado mucho sobre ti.
León dio un paso más cerca.
—No me interesa lo que hayas escuchado. Te quiero fuera de este edificio.
Tomás no retrocedió.
—Tranquilo. No vine a causar problemas… vine a ofrecer ayuda.
Gabriela finalmente habló.
—No necesito nada de ti.
Tomás la miró con una intensidad que hizo que el estómago de ella se contrajera.
—Nunca supiste lo que necesitabas.
Eso fue suficiente.
León lo tomó del saco con fuerza.
—No vuelvas a hablarle así.
Los empleados comenzaron a mirar discretamente.
Tomás levantó las manos con calma.
—Veo que sigues eligiendo hombres impulsivos, Gabi.
Ese comentario fue gasolina sobre fuego.
León estuvo a punto de golpearlo.
Gabriela intervino.
—¡Basta!
Su voz fue firme, clara, diferente a la que había usado años atrás.
Tomás la observó con sorpresa.
—Has cambiado.
—Sí —respondió ella sin titubear—. Ya no me intimidas.
Por primera vez, algo en la expresión de Tomás se endureció.
—Eso lo veremos.
Antes de que la situación escalara más, seguridad del edificio intervino y escoltó a Tomás hacia la salida.
Pero mientras lo hacían, él lanzó una última frase:
—Esto recién empieza.
La explosión
Una vez dentro de la oficina privada, León perdió completamente la compostura.
Golpeó el escritorio con fuerza.
—¿Por qué no me dijiste que era así?
Gabriela lo miró sorprendida.
—¿Así cómo?
—Obsesivo. Manipulador. Ese hombre no vino solo a provocarte. Vino con un plan.
—¡Lo sé! —respondió ella elevando la voz.
El silencio se volvió denso.
—Entonces dime qué más no sé —exigió León.
Esa pregunta dolió más que cualquier acusación.
Gabriela respiró profundo.
—Nunca te conté todo porque me avergonzaba haber permitido que me controlara tanto tiempo.
León bajó la voz, pero la tensión seguía ahí.
—No deberías avergonzarte.
—Es fácil decirlo ahora.
Ambos se miraron, heridos por razones distintas.
Claudia bajo sospecha
La tensión no terminó allí.
Horas después, León citó a Claudia en la oficina.
Ella entró visiblemente confundida.
—¿Qué ocurre?
León no perdió tiempo.
—Detectamos transferencias no autorizadas hechas con tus credenciales.
El rostro de Claudia palideció.
—Eso es imposible.
—Los registros dicen lo contrario —intervino Matías, que observaba desde un rincón.
Claudia negó con insistencia.
—Alguien usó mi acceso. Yo jamás traicionaría la empresa… ni a ustedes.
Gabriela la miraba atentamente.
Había trabajado con Claudia durante años. Confiaba en ella.
Pero ahora la duda era inevitable.
—Necesitamos que nos expliques cada movimiento —dijo León con frialdad profesional.
Claudia respiró con dificultad.
—He recibido mensajes extraños estas semanas. Pensé que eran spam… pero ahora no estoy segura.
Todos intercambiaron miradas.
—¿Qué tipo de mensajes? —preguntó Gabriela.
Claudia dudó antes de responder.
—Advertencias. Sobre ustedes.
El rompecabezas comenzaba a tomar una forma inquietante.
Tomás no solo había regresado.
Había estado operando en las sombras.
La decisión de Gabriela
Esa noche, cuando finalmente quedaron solos, el ambiente estaba cargado de tensión no resuelta.
León caminaba inquieto.
—Esto se salió de control.
Gabriela lo observó en silencio unos segundos antes de hablar.
—No. Apenas está mostrando su verdadera forma.
León la miró.
—No voy a permitir que te use como un juego psicológico.
Gabriela se acercó lentamente.
—Ya no soy la mujer que él controlaba.
Sus ojos brillaban con determinación.
—Esta vez no voy a huir. No voy a esconderme. Si Tomás quiere enfrentarnos, lo hará en mis términos.
León frunció el ceño.
—¿Qué estás pensando?
Ella sostuvo su mirada.
—Voy a verlo.
—Ni lo sueñes.
—Necesito cerrar esto. No solo por nosotros… por mí.
El silencio entre ambos fue intenso.
—Confía en mí —añadió ella.
León la observó largo rato.
Finalmente, asintió.
—Pero no estarás sola.
Gabriela negó suavemente.
—Esta parte sí.
La decisión estaba tomada.
Y cambiaría el rumbo de todos.
Porque el pasado no se vence huyendo.
Se enfrenta.