Él la conoció de casualidad en el bosque siendo cazada como un animal para ser entregada como un sacrificio para apaciguar la ira de la diosa luna. La salvó, no porque le importara sino porque le fascinaba ver el terror en aquellos que se creían superiores, los quemó bajo el poder de las llamas eternas del infierno, los oyó rogar, gritar y suplicar por piedad, pero era tarde cuando las llamas eternas tocaban la carne humana esta ardía hasta quedar hecha polvo.
Ella al verlo sintió curiosidad, miedo, curiosidad y agradecimiento. Lo siguió en un viaje sin retorno donde conoció cada cosa, experimentó qué era ser libre, qué era ser ella misma, sonreír, respirar con tranquilidad y despreocupación ante la posibilidad de ser nuevamente perseguida, ya no era una preocupación, la dejó atrás.
Pasó el tiempo y los cielos la reclamaron. La diosa se la llevó y en consecuencia se desató el caos y quienes osaron llevársela, ardieron en llamas eternas, mientras que otros vivían peor que un animal.
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Capítulo 21
EINAR
—Qué paliza te dio...—Dijo Heiner, mi Beta y mano derecha acercándose a mí con esa sonrisa burlona en su cara.
—Cierra la boca—Le dije mientras miraba a Kaelyn irse con pasos apresurados murmurando insultos hacia mí.—, ella es mi mate—me miró confundido con sus dos ojos verdes.
—¿La diosa te mandó otra?—Negué con la cabeza.
—Ella volvió a renacer y al notar su reacción conmigo... sé que ella no me recuerda, pero haré lo que sea para que me recuerde.
Heiner suspiró. Se colocó a mi lado con la seguridad de quien ha sobrevivido a tantas guerras y atrocidades. Alto, hombros anchos, músculos tensos, bajo su camisa gris. Sus ojos verdes evaluaban la escena con una inteligencia fría, burlona, irónica y calculadora. El cabello castaño oscuro le caía sobre la frente, desordenado, pero ni un detalle escapaba a su atención. Miraba a mi mate como si fuera una especie de estrategia a un problema táctico. No como un milagro cruel.
—Te va a odiar más, sí sigues mirándola de ese modo—murmuró.
Solté una risa seca, breve y sin gracia.
—Ella me odia... por comerme su pan—Heiner se rio con ironía y burla en su voz.
—No entiendo, por qué deseas tanto que ella te recuerde sí ahora mismo te ve como un parásito.—Murmuró cruzándose de brazos. No respondí. Él no entendía lo que era amar a alguien con tanta intensidad y devoción que cuando te la quitan sientes como te arrancan el corazón del pecho para después pisotearlo como si fuera la cosa más insignificante del mundo. Además, él era el único que se atrevía a hablarme de ese modo.—Te odia, Alfa. Apenas te conoció y ya te golpeó por lo del pan. Si recuerda todo... también recordará que murió por salvarte.
Cada palabra fue un corte preciso y quirúrgico que sangraba a cuenta gotas, una gota que caía cargando una verdad tras otra. Recordaba la sangre brotando de su pecho, la desesperación por haber sido yo y no ella. Rogando en el fondo porque no me la quitara, que me llevara a mí.
La diosa aun así se la llevó.
—Aun así...—dije al fin, con voz baja y peligrosa—, prefiero que ella me odie sabiendo quién soy que mirándome como si fuera un extraño.
Heiner me observó un largo rato. Sus ojos verdes apenas se suavizaron.
—Eres egoísta...
Una sonrisa torcida me partió el rostro.
—Lo he sido siempre...—admití sin reparo alguno, él suspiró pesadamente. La busqué con la mirada y ella estaba ahí, en la distancia riendo y sonriendo con más personas. Lejos de la tragedia y dolor que era amarme. Podría dejarla ir. Podría protegerla desde la distancia, pagar mi deuda en silencio. El lobo dentro de mí respondió con un gruñido salvaje. No. La quería consciente. Furiosa. Golpeándome si hacía falta. Pero a mi lado.
—Va a huir cuando recupere sus recuerdos—advirtió Heiner.
—Iré tras ella—respondí. La perdí una vez. Y ni los dioses, ni la muerte, ni la vida podrán quitármela nuevamente.