Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 4
Alexander Montclair
El contrato volvió a mi escritorio con marcas.
Muchas marcas.
Notas al margen. Cláusulas subrayadas. Condiciones añadidas con una letra firme, segura, sin titubeos. No eran correcciones impulsivas. Eran exigencias pensadas.
Sonreí apenas.
Eso confirmaba que había elegido bien.
Luciana Ríos no aceptaba nada sin medir el costo. Y yo no respetaba a quienes no sabían perder algo para ganar algo más grande.
—Empecemos —dijo, sentándose frente a mí sin pedir permiso—. Porque si voy a casarme contigo, necesito saber exactamente qué estoy poniendo en riesgo.
Directa. Sin rodeos.
—Adelante —respondí—. Te escucho.
Abrió la carpeta.
—Mi apellido. Mi reputación profesional. Mi independencia emocional. La percepción pública de que no necesito a nadie para sostenerme.
Alzó la mirada.
—Al casarme contigo, dejo de ser solo Luciana Ríos para convertirme en la futura esposa de Alexander Montclair. Eso tiene un precio.
Asentí.
—Y yo gano estabilidad institucional —respondí—. Silencio del consejo. Blindaje legal. Continuidad patrimonial. Y una figura pública que no puede comprarse ni manipularse.
No dije en voz alta lo que también estaba en juego para mí.
—No quiero cláusulas de obediencia —continuó—. Ni horarios impuestos. Ni control sobre mi trabajo.
—No los tendrás —dije—. A cambio, necesito discreción absoluta y presencia impecable cuando sea necesario.
—Fingiremos —añadió ella—. Ante nuestras familias y ante el público.
—No —corregí—. Convenceremos.
Luciana sonrió con ironía.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Pequeños gestos —expliqué—. Lenguaje corporal estudiado. Rutinas públicas coherentes. Miradas que duren un segundo más de lo normal. Silencios cómodos.
—¿Ensayado?
—Estrategia.
Pasamos horas negociando.
Duración del compromiso.
Cláusulas de salida.
Límites íntimos.
Eventos obligatorios.
Uso del apellido Montclair.
Cada punto fue un pulso. Nadie cedió sin ganar algo a cambio.
Cuando firmamos, cerré la carpeta.
—Bienvenida a una de las decisiones más observadas del continente.
—No soy nueva en la presión —respondió—. Solo en el escenario.
Nuestra primera aparición pública fue esa misma noche.
Un evento benéfico. Cámaras. Prensa. Sonrisas ensayadas.
Luciana tomó mi brazo con naturalidad. Su postura era impecable. No había nervios. Solo control.
—Recuerda —murmuró—. Dos segundos más.
Asentí.
Cuando anunciaron nuestro compromiso, el murmullo fue inmediato. Flash tras flash. Expectativa contenida.
Incliné ligeramente la cabeza hacia ella.
—Prometidos.
Luciana sonrió. No dulce. No falsa.
Convincente.
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En otra parte de la ciudad, la reacción fue distinta.
Rodrigo Salazar vio la noticia en su oficina. El vaso de whisky quedó suspendido en el aire.
—¿Montclair… con Luciana?
El golpe fue estratégico y personal.
Bárbara Lux, en cambio, lanzó el teléfono contra el sofá cuando vio las imágenes.
—Eso era mío —susurró.
Pero ya no lo era.
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De vuelta en el evento, Luciana apretó ligeramente mi brazo.
—Están mirando demasiado.
—Déjalos —respondí—. Es el efecto inicial.
—¿Y después?
La miré de reojo.
—Después empieza lo difícil.
Las cámaras captaron ese instante exacto.
Esa noche, mi asistente me informó:
—Rodrigo Salazar solicitó una reunión urgente. Y Bárbara Lux está filtrando información.
Apagué la pantalla con calma.
El juego había comenzado.
Y ahora que Luciana Ríos era oficialmente parte de él…
nadie iba a jugar limpio.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/