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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La madre de la hija imposile.

—Mi madre.

Evelyn repitió las palabras de Adrian sin reconocer su propia voz.

—Dijiste que tu madre dio a luz a Elara.

Adrian seguía mirando la fotografía. Sus dedos se habían cerrado tanto alrededor del papel que una de las esquinas se había doblado.

—Eso es lo que parece indicar la nota.

—No. —Evelyn negó con la cabeza—. Acabas de decir que tu madre la dio a luz. No has dicho que sea una posibilidad. Lo has dicho como si lo supieras.

Adrian levantó la mirada.

Durante un instante, pareció buscar una respuesta en el rostro de Evelyn, como si ella pudiera ofrecerle una explicación que su propia memoria le negaba.

—No recuerdo haberlo sabido —admitió—. Pero cuando leí la nota, recordé algo.

—¿Qué?

—A mi madre. Estaba en una habitación blanca. Tenía el rostro cubierto de sudor y me pedía que no dejara entrar a nuestro padre. En sus brazos había una niña.

Evelyn sintió un nudo en la garganta.

—¿Elara?

—Creo que sí.

—¿Y tú qué hacías allí?

Adrian cerró los ojos.

—Lloraba.

Aquella respuesta la desconcertó.

—¿Llorabas?

—Era un niño. No debía de tener más de diecisiete años en aquel recuerdo. Mi madre me sujetaba la mano y me decía que, pasara lo que pasara, no permitiera que nuestro padre se llevara a la niña.

Adrian respiró con dificultad.

—Después apareció una mujer. No pude verle el rostro. Mi madre le entregó a la pequeña y le dijo que la protegiera hasta que llegara el momento.

—¿Qué mujer?

—No lo sé.

Evelyn apartó la mirada.

Una niña nacida de la madre de Adrian. Una hija que, según los documentos, también era suya. Una promesa hecha antes de que ella naciera. Un nacimiento oculto en una capilla destruida hacía más de un siglo.

Todo aquello parecía absurdo.

Sin embargo, cada vez que intentaba convencerse de que no era real, algo dentro de ella reaccionaba como si estuviera escuchando una verdad que había tardado demasiado en regresar.

—Tenemos que ir a la capilla —dijo.

Adrian asintió.

—Partiremos al amanecer.

—No. Esta noche.

—Evelyn, es peligroso.

—Lo sé.

—No sabes qué podríamos encontrar allí.

Ella lo miró directamente.

—Precisamente por eso tenemos que ir.

Adrian quiso replicar, pero se detuvo al ver la determinación de su rostro.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero no nos separaremos.

Evelyn no respondió de inmediato.

Todavía le dolía recordar la confesión de Adrian. Todavía necesitaba descubrir qué había hecho en aquella otra vida y por qué había permitido que borraran el nombre de su hija.

Pero había algo más importante que su miedo.

La niña les había pedido ayuda.

Y Evelyn no volvería a darle la espalda.

El camino hacia las ruinas

Partieron poco antes de la medianoche.

Adrian había insistido en llevar dos caballos y un carruaje preparado para cualquier emergencia, pero Evelyn eligió montar con él. No quería perder tiempo recorriendo los caminos estrechos que conducían a la antigua capilla.

La luna apenas iluminaba el sendero.

Los árboles se inclinaban sobre el camino, y las ramas desnudas arañaban el cielo como dedos oscuros. A medida que avanzaban, Evelyn sentía que el aire se volvía más frío.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

—Unos veinte minutos.

Adrian mantenía una mano sobre las riendas y la otra cerca de ella, preparado para sujetarla si el caballo tropezaba.

—¿Conocías este lugar cuando eras niño?

—Sí. Mi madre me traía aquí algunas veces. La capilla pertenecía a nuestra familia mucho antes de que yo naciera.

—¿Por qué dejaron de utilizarla?

Adrian tardó en responder.

—Mi madre dijo que el lugar había perdido su propósito.

—¿Y tu padre?

—Mi padre ordenó cerrarla después de su muerte.

Evelyn miró hacia el bosque.

—¿Por qué destruir una capilla?

—Eso es lo que vamos a averiguar.

Siguieron avanzando en silencio.

Al cabo de unos minutos, Adrian habló de nuevo.

—Hay algo que no te he contado.

Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué cosa?

—Cuando mi madre murió, encontré una pequeña cinta azul debajo de su almohada. La guardé durante años, aunque no sabía por qué. Después de la muerte de mi padre, desapareció.

—¿Era la misma cinta que encontramos en el castillo?

—No lo sé. Nunca vi otra igual.

—¿Y por qué no me lo contaste antes?

Adrian bajó la mirada.

—Porque cada vez que pienso en mi madre, siento que hay algo que debería recordar. Algo que me prometí a mí mismo no olvidar jamás. Pero cuanto más intento recuperarlo, más difícil se vuelve distinguir mis recuerdos de las cosas que he soñado.

Evelyn comprendió que Adrian no estaba ocultándole una verdad deliberadamente. Estaba intentando reconstruir una historia que parecía haber sido arrancada de su memoria.

—No tienes que recordarlo todo de golpe —dijo.

—¿Y si no queda tiempo?

Ella le tomó la mano.

—Entonces haremos lo que podamos con lo que sabemos.

Adrian la miró con una ternura dolorosa.

—A veces me pregunto por qué sigues aquí.

Evelyn sintió que aquellas palabras le llegaban demasiado hondo.

—Porque te amo.

Él cerró los ojos un instante.

—Incluso ahora.

—Especialmente ahora. Pero necesito que entiendas algo: amarte no significa que vaya a aceptar cualquier cosa que hayas hecho. Si descubrimos que cometiste un error terrible, tendremos que enfrentarlo. No voy a fingir que no ocurrió.

—No te lo pediría.

—Y tampoco quiero que vuelvas a decidir por mí para protegerme.

Adrian asintió.

—No lo haré.

Evelyn apoyó la cabeza contra su hombro sano.

Por unos segundos, el camino pareció menos oscuro.

Entonces el caballo se detuvo.

Adrian tiró suavemente de las riendas.

—¿Qué ocurre?

El animal se negó a avanzar.

Evelyn levantó la cabeza.

Entre los árboles, a pocos metros del sendero, había una figura infantil.

Un vestido azul.

Unos ojos grises.

Una rosa blanca entre las manos.

Elara.

La niña los observaba en silencio.

—No te acerques —susurró Adrian, aunque no estaba claro si se lo decía a Evelyn o a sí mismo.

Elara levantó una mano y señaló el bosque.

Después negó con la cabeza.

—No por ahí —dijo.

Su voz fue apenas un soplo.

Evelyn se inclinó hacia delante.

—¿Qué quieres decir, cariño?

La niña miró a Adrian.

—Él ya estuvo aquí.

Adrian palideció.

—¿Cuándo?

—Antes de que nacieras.

Elara desapareció.

El caballo volvió a moverse, pero Adrian permaneció inmóvil durante varios segundos.

—¿Qué has recordado? —preguntó Evelyn.

Él tragó saliva.

—Que mi madre no murió en el castillo.

Se volvió hacia ella.

—Murió aquí.

La capilla enterrada

Las ruinas aparecieron al final del sendero.

La antigua capilla había sido construida sobre una pequeña elevación de terreno, rodeada por árboles y muros de piedra. Parte del techo se había derrumbado y las ventanas estaban cubiertas de maleza. Una cruz rota yacía entre los escombros de la entrada.

No parecía un lugar donde alguien hubiera celebrado una ceremonia durante décadas.

Tampoco parecía un lugar donde alguien pudiera haber dado a luz.

Adrian desmontó primero y ayudó a Evelyn a bajar.

—Quédate cerca de mí.

Ella asintió.

Atravesaron la entrada.

El interior olía a humedad, piedra vieja y madera podrida. La luz de la luna se filtraba por los huecos del techo, iluminando los restos de los bancos y el altar destruido.

Evelyn caminó despacio.

En una pared encontró una inscripción parcialmente cubierta por musgo.

La limpió con la manga.

Aquí descansan quienes no pudieron recibir un nombre.

Debajo había tres líneas de letras casi borradas.

Adrian se acercó con la lámpara.

La primera decía:

Eleanor de Blackthorne.

La segunda:

El heredero sin rostro.

La tercera estaba cubierta por una capa de piedra ennegrecida.

Evelyn la raspó con cuidado.

Aparecieron unas letras.

E… Ashbourne.

Se apartó de golpe.

—Adrian.

Él observó la inscripción.

—Tu apellido.

—Mi nombre está aquí.

—No sabemos si se refiere a ti.

Evelyn miró la piedra.

—¿Cuántas mujeres Ashbourne crees que estuvieron relacionadas con tu madre?

Adrian no respondió.

En el suelo, junto al altar, encontraron una losa ligeramente desplazada. Tenía grabada la misma rosa con tres espinas que aparecía en la llave de plata.

Adrian se arrodilló y examinó los bordes.

—Hay algo debajo.

Entre ambos consiguieron mover la losa.

Debajo se abría una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.

Un aire helado subió desde las profundidades.

Evelyn encendió una segunda lámpara.

—¿Bajamos?

Adrian la miró.

—Si prefieres esperar…

—No.

Ella tomó su mano.

—No voy a volver a esperar mientras alguien decide qué puedo o no puedo saber.

Descendieron juntos.

Los escalones conducían a una cámara subterránea excavada en la roca. Las paredes estaban cubiertas de símbolos y nombres. Había velas consumidas sobre pequeños soportes de hierro y, en el centro, una mesa de piedra.

Sobre ella descansaba una cuna.

Evelyn se quedó sin aliento.

Era de madera blanca, con pequeños detalles plateados y una manta azul cuidadosamente doblada en su interior.

La misma manta de sus recuerdos.

La misma que había visto en la imagen de aquella mujer sosteniendo a un bebé.

—No puede ser… —susurró.

Se acercó a la cuna.

En el borde había una inscripción:

Para la niña que deberá nacer dos veces.

Evelyn apoyó los dedos sobre la madera.

Y el mundo desapareció.

El nacimiento que nadie debía recordar

La primera imagen fue la de una mujer de cabello oscuro, arrodillada junto a una cama.

Estaba llorando.

Tenía las manos manchadas de sangre y sostenía una pequeña criatura envuelta en una manta azul.

Evelyn reconoció el rostro de la mujer.

Era Eleanor de Blackthorne.

Pero no parecía enferma ni moribunda. Parecía aterrorizada.

—No puedo hacerlo —decía Eleanor—. No puedo entregársela.

Frente a ella había otra mujer.

Una joven de dieciocho años.

Evelyn.

No la Evelyn anciana que había muerto a los setenta y seis años, ni la joven que había despertado en una segunda vida.

Era ella, pero con una expresión que no reconocía: decidida, desesperada y llena de un dolor que parecía más antiguo que su propia existencia.

—Si no lo hacemos, todos morirán —respondió la joven Evelyn.

Eleanor estrechó a la niña contra su pecho.

—Es mi hija.

—También es la mía.

Evelyn sintió que el corazón se le detenía.

La imagen cambió.

Ahora estaba en un pasillo de piedra. Adrian, mucho más joven, discutía con su padre. Alexander permanecía detrás de una columna, escuchando.

Arthur Blackthorne sostenía un documento.

—El pacto exige un precio —decía—. La niña no puede permanecer en esta casa.

—¡No permitiré que se la lleve! —gritó Adrian.

—Entonces será tu madre quien pague.

Adrian se quedó inmóvil.

Eleanor apareció al fondo del corredor, pálida y temblorosa.

—No lo hagas, Adrian —suplicó—. No entregues a tu hija por mí.

Pero él miró a su madre, después a la niña y finalmente a Evelyn.

—Tiene que haber otra manera.

La joven Evelyn se acercó a él.

—No la hay.

—No pienso elegir.

—Ya has elegido —respondió ella con lágrimas en los ojos—. Solo que todavía no lo sabes.

Evelyn quiso gritar.

Quiso detener aquella escena, advertirles que estaban cometiendo un error. Pero no podía moverse. Solo podía observar cómo la joven que llevaba su rostro tomaba a la niña de los brazos de Eleanor.

La pequeña abrió los ojos.

Eran grises.

Y cuando la joven Evelyn la sostuvo contra su pecho, la criatura dejó de llorar.

—Elara —susurró.

El nombre resonó en la cámara.

Las paredes temblaron.

Eleanor cayó de rodillas.

Adrian gritó.

Y una sombra apareció detrás de la joven Evelyn.

Una figura sin rostro extendió la mano hacia la niña.

—La deuda ha sido aceptada —dijo una voz.

La visión se quebró.

Evelyn cayó al suelo de la cámara, jadeando.

Adrian se arrodilló a su lado.

—¡Evelyn! ¿Qué has visto?

Ella intentó hablar, pero las palabras salían entrecortadas.

—La niña… Eleanor la dio a luz. Yo… yo la sostuve.

Adrian palideció.

—¿Y qué hiciste?

Evelyn lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—La entregué.

La verdad bajo la piedra

Adrian la abrazó mientras ella intentaba recuperar el aliento.

—No sabes qué significa lo que has visto —dijo—. Era un recuerdo, pero no conocemos toda la historia.

—La entregué, Adrian.

—No sabemos a quién.

—A una sombra. A algo que estaba allí para cobrar una deuda.

Adrian cerró los ojos.

—Entonces encontraremos qué era.

Evelyn se apartó de él.

—¿Y si fui yo quien provocó la muerte de tu madre?

Adrian la miró con una tristeza inmensa.

—No voy a condenarte por una decisión que todavía no comprendemos.

—¿Y si tú hiciste lo mismo?

—Entonces tendré que asumirlo.

Ella lo observó.

Por primera vez, Adrian no intentaba negar la posibilidad de su propia culpa. No buscaba excusas ni se escondía detrás de su título.

Estaba dispuesto a conocer la verdad, aunque pudiera destruirlo.

Evelyn le tomó la mano.

—No quiero que ninguno de los dos vuelva a sacrificarse sin preguntarle al otro.

—De acuerdo.

—Ni por nuestra hija ni por nuestras familias.

Adrian asintió.

—De acuerdo.

Entonces Evelyn vio algo en la pared detrás de la cuna.

Una pequeña puerta de hierro.

La llave de plata encajaba perfectamente en la cerradura.

Al abrirla, encontraron un compartimento que contenía varios documentos, una medalla y una carta escrita por Eleanor.

Adrian reconoció la letra de inmediato.

La abrió con manos temblorosas.

Mis queridos hijos:

Si alguno de vosotros encuentra esta carta, significa que no he conseguido detener lo que comenzó antes de vuestro nacimiento.

Arthur cree que puede controlar el pacto. Margaret cree que puede esconder a la niña. Thomas cree que puede proteger a Evelyn. Todos estamos equivocados.

La niña no debe ser entregada.

Pero tampoco debe nacer en la misma vida en la que murió.

Si queréis salvarla, tendréis que comprender que Elara no es únicamente vuestra hija. Es también la promesa que hicisteis antes de conoceros.

Evelyn, tú pediste una segunda oportunidad para amar.

Adrian, tú pediste una segunda oportunidad para salvar.

Y alguien escuchó ambas súplicas.

No os devolvieron la vida para que corrigierais el pasado. Os la devolvieron porque todavía debéis decidir qué estáis dispuestos a perder para cambiar el futuro.

Perdonadme por no haber encontrado una respuesta.

Eleanor.

Adrian bajó lentamente la carta.

—Mi madre sabía que volveríamos.

Evelyn negó con la cabeza.

—No. Sabía que alguien volvería. No necesariamente nosotros.

Tomó la medalla que descansaba junto a la carta.

En el reverso había una inscripción que parecía haber sido grabada recientemente.

La primera madre no es siempre la que da a luz.

Evelyn sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Qué significa esto?

Adrian examinó la medalla.

—Quizá Eleanor dio a luz a Elara, pero tú eras su madre en otra vida.

—¿Y por qué tendría que nacer de nuevo?

Ninguno pudo responder.

Entonces, desde el fondo de la cámara, llegó un llanto.

Un llanto de bebé.

Evelyn se levantó lentamente.

Adrian la sujetó de la mano.

—No vayas sola.

El llanto volvió a escucharse.

Esta vez provenía de detrás de una pared cubierta de nombres.

Evelyn se acercó.

Entre las inscripciones encontró una pequeña placa de plata. En ella estaba grabado el nombre de Elara, rodeado por otros nombres que no reconocía.

Debajo había una fecha.

11 de noviembre de 1816.

La fecha de su boda.

Y una frase:

Aquí comenzó su primera vida.

Adrian pasó los dedos por la placa.

—La niña no nació en esta capilla.

Evelyn comprendió lo que quería decir.

—Nació aquí su primera vida.

Un ruido seco resonó detrás de ellos.

Se volvieron.

Alexander estaba en la entrada de la cámara.

Tenía una herida en el rostro y sostenía una pistola antigua.

—Alejaos de la pared —ordenó.

Adrian se colocó delante de Evelyn.

—¿Qué haces aquí?

Alexander no respondió.

Su mirada estaba fija en la cuna.

—Os dije que no debíais venir.

Evelyn dio un paso hacia él.

—¿Qué sabes de esta habitación?

Alexander apretó la mandíbula.

—Más de lo que debería.

—Entonces habla.

Él miró a Adrian.

—Nuestro padre no destruyó la capilla para ocultar un nacimiento.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Alexander levantó el arma, pero no apuntó a ninguno de ellos.

Apuntó a la cuna.

—La destruyó porque la niña volvió a nacer aquí después de morir.

Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso es imposible.

—También lo era que tú vivieras dos veces —respondió Alexander—. Y, sin embargo, aquí estás.

Se acercó a la cuna.

—La primera vez que Elara nació, murió antes de cumplir un año. La segunda vez, vivió hasta los ocho. En ambas vidas, su muerte provocó que sus padres intentaran cambiar el destino. Y cada vez que lo hicieron, el mundo comenzó de nuevo.

Adrian lo miró con horror.

—¿Cuántas veces ha ocurrido?

Alexander bajó el arma.

—No lo sé. Pero esta es la primera vez que la niña os ha pedido que no la dejéis nacer.

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Por qué?

Alexander la miró.

—Porque esta vez recuerda lo que sucedió en todas las demás.

La última advertencia de Eleanor

Un estruendo sacudió la cámara.

Parte del techo se desprendió y una lluvia de polvo cayó sobre la cuna. Adrian cubrió a Evelyn con su cuerpo mientras Alexander retrocedía hacia la escalera.

—¡Tenemos que salir! —gritó Adrian.

Pero Evelyn no podía apartar la mirada de la pared.

Las letras estaban cambiando.

Los nombres grabados en la piedra desaparecían uno a uno. En su lugar aparecían fechas, como si una mano invisible estuviera reescribiendo la historia.

17 de octubre de 1816.

11 de noviembre de 1816.

29 de septiembre de 1835.

11 de septiembre de 2019.

Evelyn se quedó paralizada al leer las dos últimas.

Eran fechas que conocía.

Fechas que pertenecían a otra historia de su vida, a una pérdida que había llevado consigo durante años.

—No… —susurró.

Adrian la sujetó del brazo.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló la pared.

—Esas fechas…

Pero antes de que pudiera explicarse, apareció una nueva inscripción.

12 de noviembre de 1816.

El día después de la boda.

Debajo, una frase comenzó a escribirse lentamente.

La novia morirá antes del amanecer.

Evelyn sintió un frío mortal.

—Adrian…

Él leyó la inscripción.

Durante un instante, ninguno habló.

Después Adrian tomó el rostro de Evelyn entre las manos.

—Escúchame. No voy a permitir que esto ocurra.

—No puedes prometerme eso.

—Puedo prometerte que no volveré a tomar una decisión por ti. Pero sí puedo luchar a tu lado.

Evelyn apoyó la frente contra la suya.

—Entonces lucharemos juntos.

Un último golpe sacudió la cámara.

La pared se abrió por la mitad, revelando una pequeña cavidad en cuyo interior descansaba un retrato.

Era Eleanor.

Pero no estaba sola.

A su lado aparecía una mujer de cabello blanco.

Una mujer anciana, de rostro marcado por los años, que sostenía entre sus brazos a una niña pequeña.

Evelyn reconoció a la mujer.

Era ella misma, tal como había sido a los setenta y seis años.

La fotografía de su primera vida.

Pero en el retrato no parecía triste ni solitaria.

Sonreía.

Y la niña que sostenía no era Elara.

Era una bebé de cabello oscuro y ojos grises, con una pequeña marca en forma de rosa sobre el hombro.

Debajo del retrato había una inscripción:

Evelyn Ashbourne, la mujer que vivió antes de nacer.

Adrian se quedó inmóvil.

Alexander dejó caer la pistola.

Margaret, que acababa de aparecer en la escalera, soltó un sollozo.

—No puede ser…

Evelyn se acercó al retrato.

En el reverso había una última nota escrita por Eleanor.

Si Evelyn llega a ver este retrato, significa que ha recordado la primera de sus vidas.

Pero todavía no ha recordado la última.

La niña que sostiene en sus brazos no es Elara.

Es la hija que tendrá cuando deje de intentar salvar a todos los demás.

Evelyn sintió que el mundo entero se deshacía a su alrededor.

No había nacido una sola vez.

No había vivido una sola vida.

Y la niña que había perdido tantas veces quizá no era la única hija que el destino le había arrebatado.

Entonces escuchó una voz detrás de ella.

Una voz que conocía demasiado bien.

—Por fin has llegado, mamá.

Evelyn se volvió.

En lo alto de la escalera estaba Elara.

Pero ya no era una niña.

Tenía dieciocho años.

Su cabello castaño le caía sobre los hombros, sus ojos grises estaban llenos de lágrimas y en el cuello llevaba el medallón de Eleanor.

Miró a Evelyn con una tristeza infinita.

—Ahora puedes elegir.

Evelyn dio un paso hacia ella.

—¿Elegir qué?

Elara levantó la mano.

En su palma había una pequeña daga.

—Si quieres que yo viva…

Sus ojos se desviaron hacia Adrian.

—…tendrás que recordar quién debe morir.

La luz de la cámara se apagó.

Y, en la oscuridad, Evelyn escuchó el sonido de una daga cayendo al suelo.

Después, un grito.

La voz de Adrian.

_______________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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