NovelToon NovelToon
Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: Raíces en la nieve

La luz del amanecer sobre la cordillera no pidió permiso: entró como una cuchilla de oro puro a través de los ventanales de la cabaña, encendiendo las motas de polvo suspendidas en el aire y tiñendo de carmín las vigas de cedro.

Elena despertó despacio, con esa pesadez deliciosa en los músculos que solo deja una noche de entrega absoluta. Estaba atrapada entre las sábanas de lino y el calor imponente de Alexander, cuyo brazo pesado descansaba sobre su cintura, manteniéndola pegada a su pecho desnudo. El sonido acompasado de su respiración profunda y el latido sereno de su corazón contra su espalda eran el mejor despertador del mundo.

Con cuidado para no despertarlo, Elena intentó deslizarse hacia el borde de la cama, pero el brazo de Alexander se cerró en torno a su abdomen con la precisión refleja de un resorte.

—Ni lo sueñes —murmuró una voz ronca contra su nuca, adormilada pero innegociable.

Elena soltó una risita ahogada, girando la cabeza sobre la almohada:

—El sol ya salió, señor del aire. Y tengo entendido que en la montaña el oxígeno matutino despeja las neuronas.

Alexander abrió un solo ojo gris, mirándola con una pereza exquisita y una sonrisa torcida que le desarmaba la seriedad:

—Mis neuronas están perfectamente sincronizadas con tu temperatura corporal, doctora. Además, el protocolo de supervivencia en zonas frías estipula que abandonar una fuente biológica de calor de esta calidad constituye negligencia grave.

—¿Fuente biológica de calor? —repitió ella, enarcando una ceja mientras se daba la vuelta entre sus brazos para quedar frente a frente—. ¿Ahora soy una estufa de campaña?

—Eres una hoguera entera —sentenció Alexander, abriendo los dos ojos y atrapando su boca en un beso perezoso, largo y tibio, que sabía a descanso y a deseo renovado. Sus manos acariciaron la curva de la cadera desnuda de Elena con una familiaridad posesiva y tierna que le hizo suspirar—. Y tengo intenciones de pasarme la mañana entera alimentando el fuego.

—No tan rápido, cazador —dijo ella con picardía, apoyando las palmas en su pecho para frenarlo suavemente—. Prometiste que hoy me enseñarías el sendero norte del glaciar. Y si la memoria no me falla, aseguraste que podías hacer café de campamento sin que supiera a brea industrial.

Alexander resopló contra su cuello, mordisqueándole la clavícula con falso dramatismo antes de soltarla:

—Algún día voy a descubrir qué hierba extraña me diste en la isla para convertirme en tu mayordomo privado, Elena Foster.

—Se llama sentido común, mi amor. Te hacía mucha falta a los diecisiete.

Media hora después, el aroma a café recién molido y leña quemada inundaba la cocina. Alexander, vestido con vaqueros oscuros y un suéter negro de cuello alto que resaltaba sus hombros anchos, servía dos tazas humeantes mientras vigilaba con recelo la cafetera de émbolo.

Elena apareció en la cocina con calzas térmicas, botas de senderismo y un plumífero verde musgo, con el cabello rubio trenzado en una espiga apretada. Se acercó a la barra, tomó su taza con ambas manos, cerró los ojos e inhaló el vapor.

Tomó un sorbo cauteloso.

Alexander la observaba con los brazos cruzados y una expresión fingidamente indiferente que intentaba disimular una expectativa casi infantil:

—Y bien... ¿cuál es el veredicto del laboratorio?

Elena saboreó el café con parsimonia, paseando la mirada por el techo como si evaluara una compleja fórmula molecular:

—Notas de cacao silvestre, extracción limpia, acidez equilibrada... Aceptable, Foster. Puede conservar su empleo en esta expedición.

Alexander soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza mientras rodeaba la mesada para tomarla de la nuca y besarle la frente:

—Eres insoportable, ¿lo sabías?

—Y tú no puedes vivir sin mí —replicó ella, guiñándole un ojo antes de alcanzar su mochila pequeña.

El sendero norte serpenteaba entre bosques de alerces milenarios y lengas cuyas hojas caídas crujían bajo sus botas pesadas. El aire era tan puro y seco que quemaba agradablemente en la garganta. A medida que ascendían hacia la cresta de la montaña, el lago iba quedando abajo como una joya turquesa engarzada entre los riscos de piedra gris.

Caminaban de la mano, acompasando el paso. Para Alexander, verla moverse entre la naturaleza con esa soltura instintiva seguía siendo un espectáculo hipnótico: Elena no miraba el paisaje como un turista; leía el bosque. Señalaba los musgos en las cortezas para calcular la humedad ambiental, le advertía qué hongos eran tóxicos con un toque de su bota y de pronto se arrodillaba en la nieve marginal para desenterrar con cuidado una raíz pálida.

—Cuidado con las manos frías —le advirtió Alexander, arrodillándose a su lado y abriendo su propia chaqueta para que ella pudiera calentarse los dedos dentro de su abrigo si lo necesitaba.

Elena levantó la pequeña planta de hojas carnosas y flores diminutas de color lila pálido que crecían directamente sobre la roca helada:

—Saxifraga magellanica —dijo con la fascinación brillándole en los ojos—. Sobrevive a veinte grados bajo cero reteniendo una proteína anticongelante en sus vacuolas. Si logramos sintetizar el lípido que protege su membrana celular, podríamos estabilizar sueros médicos sin necesidad de cadenas criogénicas pesadas en zonas de catástrofe.

Alexander la miró en silencio. Ya no le importaba si sus rodillas estaban manchadas de tierra o si el frío le enrojecía la punta de la nariz. La belleza de Elena cuando hablaba de la vida, esa chispa voraz de querer salvar al mundo que la habitaba desde niña, era lo que lo mantenía de rodillas ante ella todos los días de su existencia.

Tomó la mano enguantada de Elena que sostenía la muestra y se la llevó a los labios, besándole los nudillos por encima de la lana:

—¿Y tú crees que esa plantita milagrosa pueda sobrevivir a diez minutos más de caminata? —preguntó con un tono misterioso en la voz.

Elena guardó la raíz en un tubo de ensayo estéril de su mochila y lo miró con sospecha:

—¿Por qué? ¿Qué estás tramando, Alexander?

—Tú solo camina, doctora. No hagas preguntas logísticas.

Cruzaron el último paso de montaña, donde el viento soplaba con más fuerza levantando remolinos de nieve polvo. Al doblar una pared de granito vertical, el terreno se abría en una meseta natural resguardada de las ventiscas.

Elena se detuvo en seco. La respiración se le cortó en el pecho.

En medio de la piedra y la nieve, suspendida sobre el desfiladero como un mirador de cristal y acero negro, se alzaba una estructura geodésica transparente: una cúpula bioclimática de última generación, alimentada por paneles solares invisibles integrados en el vidrio, en cuyo interior se vislumbraban mesas de cultivo hidropónico, lámparas de espectro completo y módulos de microcentrifugación de alta montaña.

Sobre el marco de titanio de la compuerta de ingreso, una placa discreta pero indeleble rezaba:

«Laboratorio de Bioprospección Extrema Elena Morel. Donde el frío no detiene la ciencia.»

Elena se giró hacia él, con los ojos verdes anegados de lágrimas cristalinas que el viento frío congelaba en sus pestañas:

—Alexander... dime que no construiste un centro de investigación en la cima de una cordillera.

—Tardarías demasiado en llevar las cepas vivas desde aquí hasta los laboratorios de la capital —respondió él con esa tranquilidad demoledora de quien mueve montañas sin pedir aplausos—. Los helicópteros de mi flota pueden aterrizar en esa plataforma en cualquier condición meteorológica. Este lugar es para ti. Para que cuando la ciudad te asfixie, o cuando necesites estudiar cómo late la vida en el hielo, no tengas que pedirle permiso a nadie para escapar.

Elena soltó un sollozo ahogado, arrojando la mochila a la nieve y abalanzándose sobre su cuello con tanta fuerza que casi lo hace perder el equilibrio sobre las piedras.

Alexander la recibió en el aire con una risa profunda, envolviéndola con sus brazos de acero mientras la giraba sobre el manto blanco.

—Estás completamente desquiciado —murmuraba ella contra su piel caliente, besándole las mejillas, la mandíbula y los labios fríos por la brisa—. Un día me regalas una isla entera y al siguiente me plantas un laboratorio en el cielo.

—Te dije que iba a ser tu muralla y tus alas, Elena —respondió él, bajándola con suavidad hasta que sus botas tocaron el suelo, pero sin soltarle la cintura—. Nada de lo que haga será suficiente para igualar la vida que tú me diste.

Elena le tomó el rostro entre las manos, sintiendo la barba recortada y la intensidad devota de su mirada gris:

—Ya hiciste suficiente, Alexander. Ya no tienes nada que demostrarme. Lo único que quiero es esto: tú, yo, Clara... y este camino juntos.

—¿Incluso si me sigo burlando de tus fórmulas de vez en cuando? —bromeó él, con una sonrisa tierna y ladeada.

—Si te burlas, señor Foster, la doctora Morel se asegurará de ponerte hierbas laxantes en tu próximo café de campamento.

Alexander soltó una carcajada que resonó en el abismo del valle, inclinándose para capturar su boca en un beso feroz, apasionado y limpio, mientras el sol de la montaña iluminaba la cúpula de cristal a sus espaldas: el símbolo perfecto de dos mundos que alguna vez chocaron con violencia y que ahora, entre la ciencia de la tierra y el dominio de los cielos, construían un imperio donde el amor jamás volvería a llegar tarde.

1
Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play