Diez años de lealtad, elegancia y entrega absoluta borrados por una mentira del pasado. Cuando Izaura Vance decide abandonar a Zayn Eichenwald tras la humillación pública y la indiferencia hacia su hija menor, no sabe que está cruzando el umbral hacia su destino. Del otro lado se encuentra Thaddeus Sterling, un titán empresarial tan frío como dominante, marcado por la traición y prisionero de sus propios celos. En un mundo donde las fortunas pesan más que los sentimientos y los hijos arrastran las heridas de sus padres, Izaura y Thaddeus deberán negociar no solo contratos millonarios, sino también los demonios, las inseguridades y los fantasmas que amenazan con destruirlos antes de darse una oportunidad.
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LA DUEÑA DEL PALACIO DE CRISTAL
La tensión en el vestíbulo de la mansión alcanzó un punto de ebullición insostenible. Los cristales de las lámparas colgantes parecían temblar ante el peso de las palabras que estaban a punto de desatarse. Zayn, con su semblante rígido y la arrogancia pintada en el rostro, esperaba que Izaura se achicara ante su desdén, acostumbrado a minimizar los sentimientos de su esposa y a priorizar las exigencias de su ex, Selene, y de su madre, Avelina.
Pero Izaura Vance no era ninguna sumisa. Como brillante jefa de economía y finanzas, y heredera de un emporio, su mente y su carácter estaban hechos del acero más puro. Al ver que su esposo minimizaba el llanto de su pequeña Alana, una furia gélida y absoluta se apoderó de cada fibra de su cuerpo.
—¿Que no pasa nada, Zayn? —espetó Izaura con una voz cortante, cristalina y letal que hizo que el aire en la sala se congelara—. ¿Te parece insignificante que una niña de seis años se quede desamparada en la puerta del colegio mientras tú andas justificando tus negligencias con los caprichos de Selene y la comodidad de Lysander?
Avelina, que observaba desde el rellano de las escaleras junto a su nieta mayor, no pudo contener el veneno y se adelantó con desprecio pintado en el rostro.
—¡Baja la voz, Izaura! —intervino Avelina con un tono agudo y altanero, señalándola con el dedo—. A mi hijo no le hablas en ese tono de prepotencia. Estás en su casa, rodeada de comodidades que él provee con el esfuerzo de su empresa de ferretería. Lo único que haces es quejarte como una malagradecida mientras mi hijo carga con la responsabilidad de mantener a esta familia unida a pesar de tus desplantes.
Izaura giró lentamente el rostro hacia su suegra, soltando una risa corta, seca y cargada de un desprecio absoluto. Dio dos pasos hacia adelante, erguida, imponiendo su elegancia y su presencia.
—¿Su casa, Avelina? —preguntó Izaura con una calma aterradora, clavando sus ojos miel en los de la anciana—. Veo que la memoria le falla o que su hijo se ha encargado de mentirle con tal de mantener su frágil ego intacto. Abra bien los oídos y escúcheme con atención, porque se lo voy a decir una sola vez. Esta mansión, los cimientos de mármol que pisan, los lujos que disfrutan y hasta el techo bajo el cual respiran no le pertenecen a Zayn.
Zayn frunció el ceño, sintiendo una punzada de incomodidad, y dio un paso al frente.
—Izaura, no digas tonterías enfrente de mi madre... —intentó interrumpir él con tono autoritario, queriendo silenciarla.
—¡Cállate tú, Zayn! —le cortó Izaura con un grito seco, fulminándolo con la mirada antes de volver a encarar a su suegra—. ¡Esta mansión la compré yo! Cada ladrillo, cada escritura y cada registro notariado están a mi nombre, adquiridos con el dinero de mi propio sueldo como jefa de finanzas y con el patrimonio de mi familia, no con las ganancias de su mediocre empresa ferretera. Ustedes viven aquí porque yo lo permití y porque abrí las puertas de mi hogar. No son dueños de absolutamente nada.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Avelina abrió los ojos con incredulidad, boquiabierta, incapaz de articular una sola sílaba ante la bofetada de realidad. Lysander, desde atrás, miraba a Izaura con una mezcla de asombro y miedo repentino.
Zayn sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Su orgullo de hombre dominante, de empresario con proyección nacional e internacional, quedó hecho trizas ante la verdad financiera que su esposa acababa de arrojarle en la cara.
—Tú... ¿cómo te atreves a restregarnos en la cara tu dinero? —balbuceó Zayn, con el rostro encendido de ira y vergüenza, apretando los puños a los costados de su cuerpo musculoso—. ¡Te crees superior porque tus padres son los dueños de la empresa número uno del país! ¡Pues te recuerdo que eres mi esposa y me debes respeto!
—El respeto se gana, Zayn, no se exige a gritos ni se roba descuidando a los hijos —respondió Izaura con una firmeza imperturbable, inclinándose para tomar de la mano a la pequeña Alana, quien la miraba con adoración—. Y ya que hablamos de límites y de casas... se acabó. Se acabaron los pretextos, se acabó la sombra de Selene gobernando nuestra vida con sus mentiras de enfermo terminal, y se acabó tu soberbia.
Zayn, perdiendo por completo el control ante el desafío público de su esposa y sintiendo que su autoridad masculina se desmoronaba frente a su madre y su hija mayor, dio un paso amenazante hacia ella.
—Ten mucho cuidado con lo que haces, Izaura —advirtió Zayn con los dientes apretados, destilando una rabia oscura en sus ojos—. No me provoques, porque si sigues por este camino, te juro que te voy a quitar a Alana, haré que los tribunales te despedacen y te dejaré en la calle sin un solo centavo. No sabes de lo que soy capaz cuando me arrinconas.
Izaura no se inmutó ni un solo centímetro. Al contrario, una sonrisa altiva, fría y peligrosa se dibujó en sus labios. Soltó una carcajada suave que desestabilizó por completo al hombre que tenía en frente.
—¿Quitarme a mi hija? ¿Dejarme en la calle? —le recetó Izaura con una seguridad aplastante, mirándolo como si fuera un insecto insignificante—. Inténtalo, Zayn. Inténtalo hoy mismo. Parece que durante estos diez años de matrimonio no me has conocido en absoluto. No tienes idea del peso, del poder y de las influencias que tiene mi familia en este país. Nosotros movemos los hilos corporativos y judiciales de esta nación; ustedes, a comparación nuestra, no son absolutamente nadie. Así que no te atrevas a buscarme la lengua, no te equivoques conmigo, porque si decido destruirte, no te dejaré en la calle... te haré suplicar limosna en una esquina. ¡Largo de mi vista!