Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 22
Capítulo 22: Vencidas en el Titán
Adrián manejó él mismo hasta Polanco y se estacionó en la calle de atrás del Gimnasio Titán a las cinco menos veinte, con la sudadera roja de conejito puesta. Dulce se había negado a subirse a la camioneta si no se la ponía.
—Es de la suerte —le repitió al bajarse—. El otro trae traje blanco y peonías. Tú traes orejas. Ya ganaste.
—Tú me vas a matar antes que él.
Sam los esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y lentes oscuros aunque ya no había sol. Le echó un vistazo a la capucha del jefe y se mordió el cachete por dentro.
—Buenas tardes, señorita. Jefe. El chavo ya llegó. Y viene con porra.
Adentro olía a hule, a sudor y a desinfectante de pino. Había un ring al fondo, costales colgados de cadenas y una docena de hombres sin camisa pegándole a lo que tuvieran enfrente. Uno colgaba de una barra haciendo dominadas, con la espalda llena de gotas. Dulce se quedó con la boca abierta.
—No manches —dijo bajito—. Esto es mejor que la tele.
—A nadie más que a mí —dijo Adrián, y la agarró de la muñeca para ponerla detrás de él, sin brusquedad, con un solo movimiento.
—Entonces tú tampoco miras a nadie.
—No tengo a quién más mirar.
La muchacha de la recepción, que había oído todo, soltó un suspiro y se puso a acomodar las toallas. En eso, afuera, tocaron un claxon largo. Por las puertas de vidrio se vio un deportivo rojo mal estacionado sobre la banqueta, y de él bajó un hombre de traje azul con la camisa abierta, dándole vueltas a un encendedor plateado. Dulce lo reconoció enseguida: era el del encendedor del Cénit, el que la había recorrido de los tenis al pelo esa noche. Entró con los brazos abiertos.
—¡Quiubo, el eterno virgen! Me contó el cachorro que hoy te iban a romper el brazo. No me lo iba a perder.
Varias cabezas voltearon. Uno de los que estaban en los costales repitió lo de virgen y se oyeron risitas por todo el gimnasio.
—Ya no es virgen. —Dulce se salió de detrás de Adrián y se le plantó enfrente al del traje azul, con la barbilla arriba—. Se lo quité yo. Y me hago responsable.
El gimnasio entero estalló. Una de las entrenadoras chifló con los dedos, el de las dominadas se soltó de la barra de la risa y la de recepción tiró las toallas. El del encendedor levantó las cejas hasta el pelo.
—Y tú mejor ni hables —remató Dulce—, mujeriego de quinta.
Otra carcajada. Dulce volteó por encima del hombro. Adrián estaba detrás de ella, con las manos metidas en la bolsa de la sudadera y las orejas de conejo paradas, muy quietecito, y le brillaban los ojos de risa.
El del encendedor dejó de darle vueltas al encendedor. La miró con atención, frunciendo las cejas igual que en la escalera del Cénit.
—Tú y yo nos hemos visto antes.
—Sí, en el Cénit. Me viste las piernas. Ya sé.
—No en el Cénit. —Ladeó la cabeza—. Antes.
—En tus sueños, playboy.
Le dio la espalda. Adrián se le acercó al oído.
—Mauro Lizárraga. Me dice así desde hace años.
—Pues ya no va a poder.
* * *
El dueño del Titán era un señor de unos sesenta años, calvo, con un silbato colgado del cuello y unos antebrazos gruesos llenos de tatuajes borrosos. Todos le decían profe Tacho. Arrastró una mesa de metal hasta el centro, bajo la lámpara, y le puso encima un trapo con talco.
—Aquí se apuesta limpio —anunció—. Codo en la mesa, la otra mano agarrada de la orilla y nadie se levanta. El que se levanta, pierde. A ver, ¿quién va con quién? Para que haya testigos.
Rafa ya estaba ahí, en pants y camiseta de la ESEF, con el saco blanco colgado en una silla. Detrás de él se juntaron sus compañeros de la escuela, dos de los costales y un par de clientes que ni lo conocían. Once. Mauro caminó despacito y se paró en ese lado también.
—Yo con el cachorro —dijo—. Por deporte.
Doce. Del lado de Adrián quedaron Sam, la de recepción, una de las entrenadoras, un señor que venía de la caminadora y dos boxeadores que le debían algo a Sam. Dulce se paró junto a ellos con los brazos cruzados. Siete contra doce.
—Jefe, el chavo trae el brazo cansado —le dijo Sam a Adrián en voz baja, pero Dulce estaba pegada y lo oyó—. Hizo pesas en la mañana, lo subió a sus historias.
—Profe, dele diez minutos de descanso —dijo Adrián en voz alta.
—No necesito nada de usted —dijo Rafa.
—Como quieras.
Adrián se quitó la sudadera, y con ella se le subió la camiseta, que se le enredó en los brazos; se la sacó también y le pasó las dos a Dulce. Del lado de Rafa alguien soltó un uy y todos se rieron, pero se rieron más bajito. Dulce ya le conocía la espalda, pero no con esa luz ni con treinta personas viendo. Apretó la ropa contra el pecho.
Rafa se puso frente a ella, dobló el brazo y le enseñó el bíceps. Dulce lo vio medio segundo y volvió a clavarle los ojos a la espalda de Adrián.
Se sentaron. El profe Tacho les juntó las manos derechas. La de Adrián todavía tenía los nudillos marcados, rosados, donde hasta la semana pasada había llevado la venda.
—¡Ya!
Rafa arrancó con todo. La mano de Adrián se fue de lado, y siguió bajando, y quedó a dos dedos de la mesa. Los de la ESEF gritaban que ya era suyo, que ya era suyo. Dulce dejó de respirar. Estrujaba la sudadera con las dos manos y veía nada más la cara de Adrián, que estaba igual que siempre, seria, como cuando leía un contrato, con una vena marcada en la sien. Duró así unos segundos. Luego, sin aviso, giró la muñeca, empujó con el hombro y el dorso de la mano de Rafa pegó contra el metal.
—Perdiste —dijo Adrián.
—¡Dos de tres! —Rafa dio un manotazo en la mesa.
—Eso dijiste tú.
La segunda fue larga. Ninguno se movía. A los dos se les puso la cara roja, luego morada, y a Adrián le brillaba el sudor en la frente, y la vena de la sien le brincaba. El profe Tacho tenía el silbato en la boca y no lo soplaba. A Rafa empezó a temblarle el brazo, primero poquito, luego todo, hasta el hombro. Adrián fue bajándolo sin prisa, centímetro por centímetro, hasta que lo dejó en la mesa.
—¡Se acabó! —El profe sopló por fin el silbato—. Dos a cero.
Rafa se quedó sentado con la mano abierta sobre el metal. Abrió la boca. Todos esperaban que dijera que se hacía a un lado, y no le salió. Se levantó, agarró el saco blanco de la silla y caminó hacia la puerta. Antes de salir volteó a ver a Dulce. Ella bajó los ojos a la sudadera que tenía en las manos.
* * *
—¿Qué? ¿O ya se te acabó el brazo, abuelo? —Mauro se sentó en la silla caliente de Rafa y se arremangó el saco.
—Ya jugó dos —dijo Sam.
—Déjalo —dijo Adrián, y se acomodó en la silla—. Si pierdes, no me vuelves a decir así.
—¿Así cómo? ¿Abuelo o virgen?
—Ninguna de las dos.
—Hecho.
—¡Dale, mi viejo! —Dulce se abrió paso hasta la mesa y le plantó un beso sonoro en el cachete.
—Otro —dijo Adrián, volteando la cara hacia ella sin soltar la mano de Mauro—. Para la energía.
A Dulce se le subió el calor hasta las orejas. Miró alrededor: treinta personas, la de recepción con las manos en la boca, Mauro con cara de fastidio. Se agachó otra vez y le dio el beso en la boca. Alrededor se levantaron un montón de celulares. Uno de los boxeadores gritó que así sí.
—¡Ya! —dijo el profe.
Mauro era otra cosa. Tenía el mismo brazo que Adrián y no traía nada cansado; en los primeros segundos le ganó terreno y lo aguantó ahí, inclinado, sonriendo con los dientes apretados. La mesa crujía. Nadie gritaba ya; se oía nada más la respiración de los dos y un costal que seguía meciéndose al fondo. Pasó medio minuto. Pasó otro. A Mauro se le borró la sonrisa. Adrián lo fue regresando al centro, lo detuvo ahí, y cuando Mauro aflojó tantito para respirar, se le fue encima de un golpe. Los nudillos de Mauro sonaron contra el metal. Adrián se levantó y se sacudió las manos, una contra la otra.
—Dos de tres —dijo Mauro, sobándose la muñeca.
—Tengo una cita. No me interesa.
Dulce le metió la sudadera por la cabeza, le jaló las mangas y le paró las orejas. Luego se volteó hacia Mauro.
—Perdiste, playboy. Cumple.
—Te salió brava la novia, Valdés. —Mauro se rio solo, prendió el encendedor y lo apagó.
—Ya sé —dijo Adrián.
* * *
La cita eran unos tacos al pastor en una esquina de Polanco, parados junto al trompo. El taquero lo vio con la sudadera de conejo, se limpió las manos en el mandil y le preguntó si él era el viejo de la Dulce, que su hija lo había visto en TikTok. Adrián pidió otros cuatro y le dijo que sí.
En la camioneta, ya de regreso, Dulce se quitó los tenis y subió los pies al tablero. Le vio la mano derecha en el volante. Tenía la palma roja todavía.
—Oye —dijo, bajito—. ¿Y todavía te queda fuerza en el brazo?
Adrián no contestó. En el siguiente semáforo dio vuelta a la derecha, en una calle de Bosques sin casas, nada más bardas y árboles, y se orilló bajo una jacaranda. Apagó el motor. Apagó las luces.
—Averígualo tú.
Ella se desabrochó el cinturón primero y se pasó a su lado.
* * *
Eran las once y media cuando la camioneta subió la cuesta de la casa y se detuvo frente al portón. Dulce traía la sudadera de él puesta al revés y el pelo parado de un lado. El celular de Adrián estaba bocabajo sobre el tablero, y no había dejado de vibrar desde la calle de la jacaranda. Ella lo volteó.
Papá: 14 llamadas perdidas.
Adrián estiró la mano, lo volvió a poner bocabajo y tecleó la clave del portón.
—Mañana.