UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 15
Me dirigí hacia Clara con una sonrisa que apenas podía contener.
Después de semejante espectáculo, necesitaba hablar con ella. No solo para felicitarla por haber puesto en su lugar al príncipe inepto, sino también para echarle unas cuantas flores por su impresionante actuación.
Porque, seamos sinceros, había estado magnífica.
—¡Clara! —la llamé cuando estuve lo bastante cerca.
Mi amiga se volvió hacia mí y, en cuanto nuestras miradas se encontraron, su expresión seria se transformó en una sonrisa cómplice.
—No digas nada —me advirtió.
—¿Yo? ¿Decir algo? Por favor, Clara, me ofendes. Soy una señorita educada, incapaz de comentar los escándalos ajenos.
Ella arqueó una ceja.
—Hace menos de cinco minutos estabas a punto de atragantarte intentando no reírte.
—Eso es una acusación muy grave. Exijo pruebas.
Clara soltó una risita y yo me uní a ella. El príncipe heredero nos observaba con una expresión divertida, aunque procuraba mantener la compostura propia de su posición.
—Me alegra ver que ambas se divierten tanto —comentó.
—Muchísimo, Su Alteza —respondí con una sonrisa inocente—. Ha sido una velada verdaderamente educativa.
Clara me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Isabel…
—¿Qué? ¡No he dicho ninguna mentira!
El heredero soltó una breve carcajada. Incluso Clara terminó riéndose, y por un momento todo pareció volver a la normalidad.
Estaba a punto de preguntarle cómo se sentía después de enfrentarse al príncipe cuando algo llamó mi atención al otro lado del salón.
Sofia.
La muchacha seguía junto al segundo príncipe, pero ya no tenía aquella expresión dulce y apenada con la que acostumbraba ganarse la simpatía de todos.
Su rostro estaba deformado por la rabia.
Miraba a Clara como si quisiera arrancarle cada uno de sus cabellos. Sus manos temblaban a los costados de su cuerpo y sus ojos rosados parecían brillar con una intensidad extraña.
Fruncí el ceño.
¿Qué demonios…?
Entonces lo vi.
Una pequeña esfera de luz comenzó a formarse entre sus manos. Al principio fue apenas un destello, casi imperceptible entre las lámparas mágicas que iluminaban el salón. Sin embargo, en cuestión de segundos, la energía se concentró y tomó una forma irregular, rodeada de chispas que hacían vibrar el aire.
Se me heló la sangre.
Aquello no era un simple hechizo de exhibición.
Sofia estaba apuntando directamente a Clara.
—¡CLARA!
No pensé.
No tuve tiempo de advertirle al príncipe heredero, ni de gritar para que los guardias reaccionaran. Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
Empujé a Clara con todas mis fuerzas.
Ella perdió el equilibrio y cayó hacia un lado, sorprendida por mi repentina reacción.
Y yo me interpuse entre ella y el ataque.
Por una fracción de segundo, vi la expresión de Sofia.
Sus ojos se abrieron de par en par, como si tampoco hubiera esperado que alguien se atravesara en su camino.
Después, la magia me golpeó.
El dolor fue inmediato.
Una fuerza brutal me lanzó hacia atrás y sentí como si algo me atravesara el pecho, quemándome por dentro. El aire desapareció de mis pulmones. Mis pies abandonaron el suelo y, durante un instante interminable, solo pude ver las luces del salón girando sobre mi cabeza.
Luego caí.
El impacto me arrancó un gemido que apenas reconocí como mío.
El salón estalló en gritos.
Las conversaciones se transformaron en alaridos, las copas se hicieron añicos contra el suelo y los invitados comenzaron a apartarse desesperadamente. Los guardias desenfundaron sus armas mientras varios magos intentaban contener los restos de energía que todavía chisporroteaban en el aire.
—¡Isabel!
Reconocí la voz de Clara, desgarrada por el miedo.
Intenté responderle, pero mi garganta parecía cerrada. Quise mover los brazos para incorporarme y descubrí que apenas podía sentirlos.
No.
No, no, no.
Aquello no podía estar pasando.
Yo solo había venido a una fiesta. Una fiesta en la que pensaba burlarme discretamente de dos personajes insoportables, comer algo delicioso y regresar a casa.
¿En qué momento había terminado recibiendo un ataque mágico en medio del salón?
Definitivamente, necesitaba hablar seriamente con el autor de esta maldita novela.
Intenté tomar aire, pero una punzada insoportable me atravesó el pecho. La vista comenzó a nublárseme por los bordes y el ruido a mi alrededor se convirtió en un murmullo lejano.
Entonces escuché pasos.
Pasos rápidos, desesperados.
Alguien se arrodilló junto a mí y me levantó con un cuidado que contrastaba con la fuerza con la que me sostuvo contra su pecho.
—¡Isabel!
Aquella voz.
La conocía demasiado bien.
Alcé la mirada con esfuerzo y encontré un rostro que jamás había visto tan alterado.
Alan.
Su cabello negro estaba desordenado y sus ojos, normalmente tan tranquilos y cargados de aquella arrogancia irritante, parecían arder. Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro se marcaban bajo la piel. Una de sus manos sostenía mi espalda mientras la otra me sujetaba la cabeza, como si temiera que el más mínimo movimiento pudiera hacerme daño.
Nunca lo había visto así.
Nunca.
—Alan… —intenté decir.
Mi voz salió convertida en un susurro.
Él bajó inmediatamente la mirada hacia mí.
—Estoy aquí, candelita. Estoy aquí. —Su voz tembló apenas al pronunciar aquellas palabras—. Mírame.
Quise obedecerlo, pero hasta mantener los ojos abiertos se estaba volviendo una tarea agotadora.
—No… pongas esa cara —murmuré, intentando sonreír—. Pareces… como si hubieras visto un fantasma.
—Cállate.
La respuesta salió demasiado rápido, demasiado brusca.
Sin embargo, sus dedos acariciaron mi mejilla con una delicadeza que desmentía sus palabras.
—Por favor, no hables. Guarda tus fuerzas.
¿Alan diciéndome que guardara mis fuerzas?
¿El mismo hombre que parecía disfrutar cada oportunidad de provocarme hasta hacerme perder la paciencia?
Aquello sí que era una señal del fin del mundo.
Quise reírme, pero el intento terminó en una mueca de dolor.
Alan palideció.
—¡Un sanador! —rugió, volviendo la cabeza hacia los hombres que permanecían paralizados alrededor—. ¡¿Qué demonios están esperando?! ¡Traigan a un sanador ahora mismo!
Nadie se atrevió a responderle.
A unos pasos de nosotros, Clara estaba arrodillada en el suelo, sostenida por el príncipe heredero. Su rostro había perdido todo el color y tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Isabel… —sollozó—. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te pusiste delante de mí?
Intenté volver la cabeza hacia ella, pero Alan me lo impidió con suavidad.
—No te muevas.
—Porque… —conseguí murmurar, mirando a mi amiga— eres mi amiga, idiota.
Clara se cubrió la boca con ambas manos y rompió a llorar.
El príncipe heredero la estrechó contra sí, aunque su mirada se había vuelto peligrosamente fría. A su alrededor, los guardias rodeaban a Sofia, que parecía haber despertado por fin de su arrebato.
—Yo… yo no quería… —balbuceó la protagonista, retrocediendo—. Ella se interpuso. ¡Yo no estaba apuntando a Isabel!
Qué conveniente.
Incluso en aquel estado, una parte de mí encontró fuerzas para indignarse.
¿De verdad estaba intentando justificarse?
Había lanzado un ataque mágico en medio de un salón lleno de personas y ahora pretendía fingir que todo había sido un accidente.
El segundo príncipe se acercó a ella, confundido, mientras los guardias le exigían que no se moviera.
Quise decirle unas cuantas cosas. Muchísimas, en realidad.
Pero el dolor me estaba robando hasta los pensamientos.
Mi cuerpo comenzó a pesarme cada vez más. Las voces se alejaban y el rostro de Alan se volvió borroso.
—No… —murmuró él, inclinándose sobre mí—. Isabel, mírame.
Intenté enfocar sus ojos.
—Alan, yo…
—No cierres los ojos.
Por primera vez desde que lo conocía, no había arrogancia en su voz. No había bromas, ni provocaciones, ni aquella seguridad irritante con la que siempre parecía tener el control de todo.
Solo miedo.
Un miedo tan profundo que me apretó el corazón con más fuerza que el propio ataque.
—¿Me escuchas, candelita? —me preguntó, acercando su rostro al mío—. Vas a salir de esta. ¿Entiendes? No voy a permitir que te pase nada.
Quise decirle que no podía prometer algo así.
Que no era dueño de la vida ni de la muerte.
Que, por mucho que me fastidiara admitirlo, verlo tan desesperado me hacía querer tranquilizarlo.
Pero mis labios apenas se movieron.
—Qué… mandón…
Alan soltó una exhalación quebrada que casi pareció una risa, aunque sus ojos seguían llenos de angustia.
—Y tú sigues siendo una maldita testaruda.
Sus brazos se cerraron un poco más a mi alrededor.
—Así que hazme caso por una sola vez en tu vida. Abre los ojos y mírame.
Lo intenté.
De verdad que lo intenté.
Pero el cansancio me arrastraba hacia una oscuridad cada vez más profunda. Mi cabeza cayó contra su pecho y escuché el latido acelerado de su corazón.
Alan seguía llamándome.
Una y otra vez.
Mi nombre. Su apodo para mí. Promesas desesperadas que apenas conseguía comprender.
Sentí sus labios rozar mi frente.
—No me hagas esto, mi candelita…
Su voz se quebró.
Y fue aquello, más que el dolor, lo que me hizo comprender cuánto miedo tenía.
Quise levantar una mano para tocarle el rostro, para decirle que estaba bien, que no se preocupara, aunque fuera mentira.
Pero mi cuerpo ya no me obedecía.
La última cosa que sentí fue la mano de Alan aferrándose a la mía mientras me apretaba contra su pecho.
La última cosa que escuché fue su voz, desesperada, suplicándome que no cerrara los ojos.
Y después…
Todo se volvió negro.