Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
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CAPÍTULO 19 - EL TRABAJO
En enero de 1958, con Lucía de un mes, nos quedamos sin dinero.
No sin dinero del todo. Sin el dinero de Sor Inés. Se había acabado. Lola nunca nos pidió nada, pero yo veía cómo contaba las monedas de la caja por la noche y cómo apuntaba en un cuaderno chico lo que gastábamos en leche.
- No puedo tener a dos sobrinas y a una niña comiendo de mi tienda toda la vida - nos dijo una noche Lola, sin gritar, fumando -. No porque no quiera. Porque no puedo. Si no entra dinero, cierra Telas Lola y nos vamos las cuatro a la calle.
Zoe y yo nos miramos. Hasta entonces habíamos sido las escondidas. Las que Lola protegía. Ahora teníamos que ser las que ayudaban.
- Sabemos coser - dijo Zoe -. Nos enseñaste.
- Saben hacer dobladillos - dijo Lola -. Eso no da de comer. Lo que da de comer en Triana en enero son los trajes de flamenca para la feria de abril. Las señoras los encargan en enero para que estén en abril. Un traje bien hecho son cien pesetas. Con cien pesetas comemos una semana las cuatro.
Al día siguiente Lola bajó del altillo tres patrones viejos que olían a alcanfor. Eran patrones de traje de flamenca, con volantes grandes como olas.
- Si aprenden a hacer uno, aprenden a hacer todos.
Yo no podía estar de pie mucho tiempo porque Lucía todavía tomaba pecho cada dos horas. Así que Lola me puso en la trastienda, sentada en el suelo con un cojín, con Lucía atada al pecho con un mantón, como me enseñó Doña Rosario. Así, con la niña dormida contra mí, cortaba.
Zoe, que tenía mejor vista y no tenía una niña colgando, se puso en la máquina de coser. La Singer negra de Lola, que hacía un ruido como un tren: tacatacatacataca.
El primer traje nos salió mal. Muy mal. Los volantes torcidos, la cintura estrecha. Lola lo miró y dijo:
- Esto no lo quiere ni la gitana del puente.
Lo deshicimos y lo volvimos a hacer. Toda la noche. Zoe cosiendo, yo cortando, Lola corrigiendo y fumando. Lucía durmiendo entre nosotras, con el pañito del mal de ojo en la muñeca.
El segundo nos salió mejor. El tercero ya se podía vender.
A finales de enero vendimos el primer traje de flamenca. Rojo con lunares blancos. Lo compró una mujer del barrio de Santa Ana para su hija de quince años.
Nos dio cien pesetas. Cien pesetas en billetes pequeños, arrugados.
Lola puso los billetes en la mesa de la trastienda y nos miró.
- ¿Ven? Con manos se come. Con rezar no.
Ese mes hicimos cuatro trajes. En febrero hicimos siete. En marzo, cuando ya empezaba el calor de Sevilla, hicimos doce.
Yo cortaba con Lucía en el pecho. Ya no lloraba tanto. Se había acostumbrado al ruido de la Singer. A veces se quedaba mirando cómo pasaba la tela roja por debajo de la aguja, como si entendiera.
Zoe atendía a las clientas adelante. Ya no era la hija del juez de Olvera que se comía las uñas. Era Zoe Vidal, la sobrina de Lola que sabía decir "ese volante le hace más delgada" y las señoras se lo creían y compraban.
Una tarde de marzo vino una señora gorda con mucho oro y nos encargó tres trajes para sus tres hijas. Trescientos pesetas. Lola, cuando se fue la señora, cerró la puerta y nos abrazó a las dos con Lucía en medio.
- Trescientos - dijo -. Con esto pagamos el alquiler de tres meses.
Esa noche cenamos carne. Carne de verdad, no pescao frito. Lucía ya tenía tres meses y nos miraba comer desde la cama, con los ojos muy abiertos.
Manolo, el camionero, seguía trayendo rollos y recados. Desde noviembre no había vuelto el coche negro. Luis no había vuelto. El hombre que buscaba a Zeynep tampoco. Lola decía que en invierno los hombres de Olvera no bajan a Sevilla porque hay mucho barro en la carretera.
Pero nosotras no nos fiábamos. Cada noche cerrábamos con llave y poníamos el palo de escoba detrás de la puerta del cuarto del fondo, como desde noviembre.
Una noche de marzo, mientras cosíamos un traje verde con lunares negros para la feria, Zoe me dijo bajito, para que no la escuchara Lola:
- ¿Te acuerdas cuando no sabías leer y yo te enseñaba con Mujercitas?
- Sí.
- Pues ahora tú me estás enseñando a trabajar. A no depender de mi padre.
Le di un trozo de tela verde para que lo cortara.
- No estamos aprendiendo a trabajar - le dije -. Estamos aprendiendo a quedarnos.
Zoe sonrió. Tenía las manos llenas de alfileres.
- ¿Quedarnos dónde?
- Aquí. En Triana. Las tres.
Afuera ya se escuchaban los ensayos de las casetas de la feria. Tambores lejos.
Lucía, que ya tenía tres meses y ya no era una recién nacida arrugada, levantó la cabeza del mantón y nos miró a las dos cosiendo.
Y por primera vez, no lloró cuando escuchó la Singer.
Se rió. Con una risa chiquita, sin dientes.
Era la primera vez que Lucía se reía.
Y fue con el ruido de nuestro trabajo.