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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 21

Cap 21: La viuda que sonrió primero

Isabela Montiel vivía en una casa donde nada parecía capaz de morir.

Las flores del recibidor estaban demasiado perfectas. Las hojas de las plantas brillaban como si alguien las puliera una por una. Las cortinas blancas caían sin una arruga. Incluso el aire tenía una limpieza falsa, cargada de perfume de flores blancas y almendras amargas.

Camila olió amapola lunar antes de cruzar la segunda puerta.

No lo suficiente para acusar.

Lo suficiente para recordar.

Gabriel había querido enviar a Teresa con ella.

Camila aceptó a la anciana Amalia.

No porque Amalia fuera menos peligrosa. Al contrario. Pero en una reunión de benefactoras, una anciana podía escuchar insultos que un médico no podría sancionar, y podía devolverlos con cubiertos.

Elena también asistió, oficialmente por la manada Salazar.

Pilar había intentado mandar una canasta de pan «por si la viuda resulta venenosa». Camila la convenció de que no era diplomático. Pilar respondió que por eso mismo era buena idea.

La reunión se celebraba en un salón luminoso, lleno de mujeres de familias importantes, algunas nobles, algunas viudas, algunas esposas de hombres que nunca asistían a este tipo de eventos y, sin embargo, decidían sus consecuencias.

Isabela Montiel estaba en el centro.

Era hermosa de una forma tranquila: cabello oscuro recogido, piel impecable, vestido marfil, sonrisa suave. No olía a amenaza abierta. Olía a flores, almendras, papel caro y algo frío debajo.

—Camila Rojas Marín —dijo, acercándose con las manos extendidas—. Por fin.

Camila no le dio ambas manos.

Le dio una.

Isabela la sostuvo apenas un segundo más de lo necesario.

—Sierra Clara habla mucho de usted.

—Qué generosos.

—No siempre es generosidad. A veces es fascinación.

—Eso suele pasar cuando una mujer de bajo rango lee contratos.

La sonrisa de Isabela no se movió.

—Y muerde, dicen.

La anciana Amalia, junto a Camila, dijo:

—Solo cuando le ponen dedos cerca de la boca sin permiso.

Elena bajó la mirada a su taza.

Camila casi la quiso.

Isabela rio, encantada.

—Amalia, siempre tan directa.

—Estoy vieja. Ahorro tiempo.

Las sentaron cerca de una ventana. Sirvieron té, pastelillos, frutas y pequeños panes que no estaban a la altura de Pilar. Camila probó uno por deber estratégico y decidió que la riqueza no garantizaba buena mantequilla.

La conversación empezó con beneficencia.

Refugios humanos.

Clínicas de barrio.

Educación para niñas.

Ropa de invierno para familias sin manada.

Todo sonaba hermoso.

Demasiado hermoso.

Camila escuchó mientras las mujeres hablaban de proteger, ayudar, guiar, rescatar. Verbos suaves. Verbos con manos limpias.

Entonces una mujer de cabello rojizo dijo:

—Por supuesto, algunas muchachas no saben qué hacer con demasiada libertad. Necesitan estructura. Muchas de las que salen de servicio terminan en lugares peores.

Camila dejó la taza.

Isabela la miró con interés amable.

—Camila tiene experiencia con eso, creo.

La anciana Amalia se tensó apenas.

Elena también.

Camila tomó un pastelillo.

—¿Con lugares peores?

—Con servicio —dijo Isabela—. Y con lo difícil que puede ser para una mujer joven pasar de obedecer órdenes a tomar decisiones. No lo digo como crítica. Al contrario, admiro su adaptación.

La trampa era delicada.

Si Camila se enojaba, sería la mujer de bajo rango sin educación.

Si aceptaba, confirmaba que necesitaba guía.

Mordió el pastelillo.

Seco.

Imperdonable.

—La libertad no es difícil porque una no sepa usarla —dijo—. Es difícil porque todo el mundo que se benefició de tu obediencia intenta convencerte de que vas a romperte sin instrucciones.

El salón quedó amable y quieto.

Isabela inclinó la cabeza.

—Una frase fuerte.

—Un pan seco también es fuerte. No por eso es bueno.

Elena hizo un sonido mínimo.

Amalia bebió té.

Isabela miró el plato de pastelillos, luego a Camila.

—Tendré que despedir al repostero.

—O darle una receta de Pilar.

—La famosa Pilar.

—Famosa para quienes quieren sobrevivir en Sierra Clara.

La conversación siguió.

Isabela era buena. Muy buena. Nunca atacaba de frente. Preguntaba por Marta con tono de preocupación. Por Nico con una sonrisa de «los jóvenes son tan influenciables». Por Gabriel, con la suavidad exacta de quien sabía que cada mujer del salón quería saber si el alfa juez había perdido la cabeza por un vínculo de pareja destinada inesperado.

Camila respondió poco.

No por miedo.

Porque Isabela dejaba huecos para que una se cayera hablando de más.

Al final de la reunión, la viuda la llevó hacia una galería lateral con el pretexto de mostrarle una colección de bordados hechos por mujeres refugiadas.

La anciana Amalia intentó seguir.

Isabela sonrió.

—Solo un momento, Amalia. Prometo no devorar a su nueva protegida.

—No me preocupa que la devore —dijo Amalia—. Me preocupa que le ofrezca un tenedor.

Camila casi sonrió.

—Estoy bien, anciana.

La galería olía más fuerte a almendras.

Isabela caminó despacio entre los bordados.

—Usted podría hacer mucho bien, Camila.

—Estoy ocupada sobreviviendo.

—A veces es lo mismo.

Camila no respondió.

Isabela tocó un bordado con dedos delicados.

—Las mujeres como nosotras aprendemos pronto que los hombres poderosos no siempre son jaulas. A veces son techos. Gabriel Serrano es un techo muy alto.

Camila miró un bordado de flores azules.

—Prefiero aprender a construir paredes.

—Eso toma tiempo. Mientras tanto, la lluvia entra.

—Entonces pongo cubetas.

Isabela rio suave.

—Entiendo por qué le gusta a la gente.

—No sabía que me gustara a la gente.

—A algunas. A otras les molesta. A mí me intriga.

Camila giró hacia ella.

—¿Por qué me invitó?

Isabela sostuvo su mirada.

—Porque Vega cae y Sierra Clara sube. Porque Salazar duda. Porque una mujer de bajo rango con vínculo de pareja destinada de un alfa y talento de sanadora puede convertirse en símbolo o en accidente, y prefiero saber cuál antes de que el Consejo decida por mí.

Por fin.

Una frase casi honesta.

—¿Y?

—Aún no decido.

—Qué alivio. Yo tampoco decidí sobre usted.

La sonrisa de Isabela se hizo más real.

Más peligrosa.

—Damián era un niño cruel antes de ser un hombre roto. Beatriz lo sabe. Salazar lo sospechaba. Gabriel lo documentó tarde porque la ley siempre llega después de la primera herida. Usted, en cambio, estaba allí.

Camila sintió frío.

—Si intenta decir que debí hablar antes...

—No. Digo que tiene memoria. Y la memoria, en política, vale más que la sangre.

Isabela sacó un sobre pequeño de una mesa.

—Para usted.

Camila no lo tomó.

—No acepto regalos.

—No es un regalo. Es una advertencia.

—Las advertencias también cobran.

—Esta ya fue pagada.

—¿Por quién?

Isabela dejó el sobre sobre la mesa entre ambas.

—Por una mujer que no pudo salir de Vega.

Camila miró el papel.

No tenía sello.

Solo su nombre:

Camila Rojas Marín.

La letra no era de Isabela.

El aroma era viejo, casi borrado, mezclado con polvo, acónito y algo como miel seca.

Su loba se quedó quieta.

—¿Quién lo escribió?

—No lo sé.

Mentira.

No completa, pero mentira.

Camila no tomó el sobre.

—Entonces entréguelo al tribunal.

Isabela ladeó la cabeza.

—Tan desconfiada.

—Sigo viva por eso.

La puerta de la galería se abrió.

Gabriel estaba allí.

No debería estar. La reunión era de benefactoras. La casa de Isabela no era territorio de Sierra Clara. Y aun así, al verlo, Camila sintió que el aire entraba mejor.

Su aroma no invadió.

Se ancló.

—Isabela —dijo.

La viuda sonrió primero.

—Alfa Gabriel. Siempre tan puntual cuando alguien toca algo suyo.

El silencio se afiló.

Camila dio un paso antes de que Gabriel pudiera responder.

—No soy algo suyo.

Isabela miró a Camila, y por primera vez la sonrisa falló.

Un poquito.

Suficiente.

Gabriel entró en la galería.

—No —dijo—. No lo es.

Isabela recuperó la sonrisa.

—Por supuesto. Una frase desafortunada.

—Usted rara vez tiene frases desafortunadas —dijo Gabriel.

—Entonces llámelo prueba.

Camila miró el sobre.

—¿Esto también es una prueba?

Gabriel no lo tocó. Se inclinó apenas para oler.

Su expresión cambió.

—Acónito viejo.

—Y miel seca —dijo Camila.

Los dos se miraron.

Isabela los observó con interés renovado.

—Curioso.

Gabriel sacó un paño de evidencia.

—El sobre queda registrado.

—Como guste.

—Y usted vendrá a Sierra Clara a declarar su origen.

Isabela rio.

—¿Me cita, alfa?

—La invito formalmente a evitar que la cite.

Camila pensó que aquello era una amenaza con traje limpio.

Le gustó demasiado.

Isabela inclinó la cabeza.

—Mañana, entonces.

Cuando salieron de la casa, la anciana Amalia y Elena esperaban en el coche. Amalia miró el sobre sellado en la bolsa de evidencia.

—Sabía que no debía dejarla sola.

Camila se sentó.

—No estuve sola.

Gabriel subió después de ella.

Elena olió el aire.

—Almendras.

—Amapola lunar —dijo Gabriel.

—Y algo más —murmuró Camila.

El sobre, dentro de la bolsa, parecía pequeño.

Demasiado pequeño para el peso que había dejado en su pecho.

Gabriel la miró.

—¿Está bien?

—No lo sé.

Él no la corrigió.

No le dijo que descansara.

Solo apoyó su mano sobre el asiento entre ambos, palma hacia arriba. Una oferta sin contacto.

Camila miró esa mano durante todo el camino.

No la tomó.

Pero tampoco se apartó.

Al llegar a Sierra Clara, Teresa abrió el sobre bajo protocolo.

Dentro había una sola hoja.

Y una frase:

«Si la niña del pan sigue viva, díganle que Beatriz no empezó con ella».

Camila leyó la frase.

Una vez.

Dos.

Después levantó la mirada.

—Abrimos otra caja.

Gabriel, a su lado, asintió.

—Sí.

Y en algún lugar, lejos de Sierra Clara, la viuda que había sonreído primero seguramente seguía sonriendo.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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