Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 21: Un nuevo comienzo
La primavera llegó a la pampa con los campos cubiertos de flores silvestres y un verde intenso que parecía no tener fin.
En La Esperanza, el trabajo seguía desde el amanecer.
El museo recibía visitantes todos los fines de semana, los productos de la estancia comenzaban a venderse en varios pueblos cercanos y las reservas para conocer el lugar crecían mes a mes.
Valentín caminaba por el patio con una carpeta llena de papeles.
—No puedo creer la cantidad de cosas que hay que firmar...
Tomás apareció con un mate recién cebado.
—Bienvenido a la vida del patrón.
—No me digas patrón.
—¿Y cómo querés que te diga?
Valentín sonrió.
—Valentín está perfecto.
Tomás le alcanzó el mate.
—Para mí siempre vas a ser el porteño.
El omega soltó una carcajada.
—Y vos siempre vas a ser un gaucho terco.
—Eso ya lo sabía.
En la cocina, Marta preparaba pastelitos para los turistas.
Nico entró corriendo con una notebook en la mano.
—¡Tenemos una noticia!
Todos levantaron la vista.
—¿Qué pasó ahora?
—Una revista de turismo rural quiere hacer un reportaje sobre la estancia.
Don Ramón acomodó la boina.
—¿Una revista?
—Sí.
Van a sacar fotos, entrevistar a todos y contar la historia de La Esperanza.
Marta sonrió orgullosa.
—Don Ernesto estaría feliz.
Valentín también sonrió.
—Entonces hagámoslo.
Dos días después llegaron los periodistas.
Fotografiaron los corrales, los caballos, el museo y hasta a Pampa, que se convirtió en la estrella de la sesión.
—¡Mirá cómo posa! —rió la fotógrafa.
Pampa, orgulloso, movía la cola mientras recibía caricias.
—Ese perro ya se cree famoso —comentó Nico.
—Y un poco sí... —respondió Valentín.
Durante la entrevista, una periodista hizo una pregunta que dejó a todos en silencio.
—¿Qué significa realmente La Esperanza para ustedes?
Tomás miró el campo antes de responder.
—Para mí... siempre fue mi hogar.
Después observó a Valentín.
—Y ahora también es el lugar donde encontré a la persona con la que quiero compartir mi vida.
Valentín sintió que las mejillas se le calentaban.
La periodista sonrió emocionada.
Luego giró hacia él.
—¿Y para vos?
El omega respiró profundamente.
—Cuando llegué solo veía una herencia que quería vender.
Ahora entiendo que heredé mucho más que un campo.
Heredé una familia.
Una historia.
Y un futuro.
Tomás le apretó suavemente la mano.
Esa noche organizaron una guitarreada alrededor del fogón.
Varios vecinos del pueblo se acercaron con guitarras, bombos y acordeones.
El aire se llenó de chacareras, zambas y risas.
Hasta Julián apareció.
Esta vez llegó solo.
Traía una caja de madera en las manos.
Se acercó a Valentín.
—Esto era de mi abuelo.
Creo que debería estar acá.
Dentro había una fotografía antigua.
En ella aparecían Don Ernesto Bianchi, Manuel Ferreyra y el abuelo de Julián, los tres muy jóvenes, compartiendo un asado bajo el mismo ombú.
En el reverso alguien había escrito:
"La amistad siempre vale más que cualquier fortuna."
Valentín levantó la vista.
—Gracias por traerla.
Julián sonrió.
—Creo que era hora de cerrar las heridas del pasado.
Tomás extendió la mano.
—Me alegra que hayas venido.
Julián la estrechó.
—A mí también.
Más tarde, cuando la música ya se apagaba y los invitados comenzaban a despedirse, Valentín y Tomás caminaron hasta el ombú.
Era el mismo lugar donde tantas veces habían hablado.
El mismo donde habían descubierto que sus sentimientos eran reales.
Valentín se sentó sobre el pasto.
—¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Nunca imaginé que una herencia pudiera cambiarme tanto.
Tomás sonrió.
—Yo tampoco imaginé que un porteño iba a enseñarme que todavía podía enamorarme.
Valentín rio.
—¿Así que admitís que estás enamorado?
Tomás se acercó un poco más.
—Hace rato.
—¿Y por qué tardaste tanto en decirlo?
—Porque quería estar seguro.
Valentín levantó una ceja.
—¿Y ahora?
Tomás tomó sus manos.
Lo miró directamente a los ojos.
—Ahora estoy completamente seguro.
—Yo también.
Sin decir una palabra más, se besaron bajo la sombra del viejo ombú, mientras el viento hacía bailar las hojas sobre sus cabezas.
A unos metros, Pampa dormía tranquilo, ajeno a todo.
Y desde la galería, Marta observó la escena con una sonrisa.
—¿Qué mirás tanto? —preguntó Don Ramón.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Nada...
Solo estoy viendo cómo La Esperanza vuelve a cumplir con su nombre.
Porque, después de tantos años, la estancia no solo había recuperado su historia.
También había encontrado un nuevo futuro, construido entre trabajo, tradición, mates compartidos... y el amor sincero de un gaucho y un porteño.