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El Pecado De Hades

El Pecado De Hades

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Hades
Popularitas:339
Nilai: 5
nombre de autor: Luna de Tinta

Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.

Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.

Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.

NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL SECRETO DETRÁS DE SUS OJOS

Alison comenzó a sospechar que Hades tenía un problema.

No uno pequeño, como llegar tarde o ser incapaz de mantener una conversación normal. No. Su problema era mucho más grave.

Aquel hombre parecía no saber cómo comportarse con las personas.

Lo había confirmado durante los últimos días, en los que se habían encontrado casi a diario. A veces, Hades aparecía en la plaza cuando ella terminaba sus clases; otras, la esperaba cerca de la librería o caminaba a su lado mientras regresaba a casa.

Nunca explicaba cómo sabía dónde encontrarla.

Y Alison, aunque sentía curiosidad, había decidido no hacer demasiadas preguntas.

Por el momento.

—¿Siempre tienes esa expresión? —preguntó una tarde.

Hades, que caminaba a su lado, volvió el rostro hacia ella.

—¿Qué expresión?

—Esa. Como si estuvieras pensando en destruir el mundo.

—No estoy pensando en destruir el mundo.

—Qué alivio. Por un momento pensé que debía correr.

Él la miró con aquella seriedad que tanto la divertía.

—¿Nunca te cansas de hablar?

—¿Nunca te cansas de quejarte?

Hades no respondió.

Alison sonrió, satisfecha.

Había descubierto que hacerlo perder la paciencia era una de sus nuevas aficiones.

Sin embargo, también había descubierto algo más: debajo de aquella actitud distante, Hades tenía una forma extraña de prestar atención. Recordaba las cosas que ella decía, incluso aquellas que parecían insignificantes. Si mencionaba un libro que deseaba leer, él preguntaba por él días después. Si hablaba de un lugar que quería conocer, Hades parecía memorizar cada palabra.

No era especialmente amable con los demás.

Pero con ella intentaba serlo.

A su manera.

Y eso resultaba mucho más desconcertante de lo que Alison estaba dispuesta a admitir.

Aquella tarde, el cielo se oscureció antes de lo esperado.

Las nubes cubrieron el sol y una brisa fría recorrió las calles. Alison miró hacia arriba mientras caminaba junto a Hades.

—Parece que va a llover.

—Eso parece.

—¿No tienes un paraguas?

—No.

Ella lo miró como si acabara de confesar un crimen.

—¿Cómo que no tienes un paraguas?

—No suelo necesitarlo.

—Claro. Porque seguramente eres de esos hombres que creen que la lluvia no se atrevería a mojarlos.

—¿Y tú eres de esas mujeres que siempre necesitan tener razón?

—No necesito tenerla. La tengo.

Hades sacudió la cabeza.

Un trueno retumbó sobre los edificios.

Alison soltó un pequeño grito cuando las primeras gotas comenzaron a caer.

—¡Corre!

Tomó a Hades de la mano y echó a correr hacia una calle cubierta por los balcones de las casas.

Él la siguió sin resistencia.

Podría haber detenido la lluvia con un pensamiento. Podría haber hecho que las nubes desaparecieran o transportado a ambos hasta un lugar seco.

Pero Alison estaba riéndose.

Y, por alguna razón que no comprendía, Hades no quiso interrumpir aquel momento.

Llegaron bajo un balcón justo cuando la lluvia se intensificó. Alison soltó su mano y se apartó el cabello húmedo del rostro.

—¡Por poco!

Hades la contempló.

Tenía las mejillas sonrojadas por la carrera y gotas de agua brillaban sobre sus pestañas. Una sonrisa iluminaba su rostro, como si aquella pequeña aventura hubiera sido lo mejor que le había ocurrido en todo el día.

—¿Qué? —preguntó ella al notar su mirada.

Hades tardó en responder.

—Nada.

Alison entrecerró los ojos.

—Estás mirándome otra vez.

—¿Preferirías que mirara la pared?

—Preferiría que dejaras de mirarme como si intentaras descifrarme.

La frase lo tomó por sorpresa.

Porque era exactamente lo que estaba haciendo.

Hades llevaba siglos comprendiendo los secretos de los demás. Conocía las debilidades de los dioses, los temores de los mortales y las razones por las que las almas se aferraban a la vida incluso cuando ya no podían regresar a ella.

Pero Alison era diferente.

No porque fuera difícil de comprender.

Sino porque cada vez que creía haber descubierto algo sobre ella, aparecía una nueva razón para quedarse.

—Quizá intento hacerlo —respondió.

La sonrisa de Alison se suavizó.

—¿Por qué?

Hades apartó la mirada hacia la lluvia.

Porque quería saberlo todo de ella.

Porque deseaba escuchar su voz incluso cuando no decía nada importante.

Porque había empezado a esperar cada encuentro con una impaciencia que le resultaba desconocida.

Porque, por primera vez, el mundo de los mortales parecía ofrecerle algo que no había encontrado ni siquiera entre los dioses.

Pero ninguna de esas respuestas podía salir de sus labios.

—Porque eres extraña —dijo finalmente.

Alison abrió la boca, indignada.

—¡¿Yo?!

—Mucho.

—¡Tú eres el hombre que pasea bajo la lluvia sin paraguas!

—Y tú eres la mujer que me obligó a correr como si nos persiguiera un ejército.

—¡Porque no quería mojarme!

Hades sonrió.

Esta vez, Alison lo vio claramente.

Y se quedó callada.

La expresión de aquel hombre cambiaba por completo cuando sonreía. La dureza de sus facciones parecía desaparecer por unos segundos y sus ojos adquirían una calidez que contrastaba con la frialdad habitual de su rostro.

Era injusto, pensó ella.

Un hombre con aquella sonrisa no debería pasar tanto tiempo pareciendo tan enfadado con el mundo.

—Deberías hacerlo más a menudo —murmuró.

Hades volvió a mirarla.

—¿Hacer qué?

Alison bajó los ojos, fingiendo interesarse por el agua que corría junto a la acera.

—Sonreír.

Durante unos instantes, él no dijo nada.

Aquellas palabras eran sencillas. Casi insignificantes.

Sin embargo, Hades sintió que se le instalaban en un lugar de su corazón al que nadie había tenido acceso durante siglos.

La lluvia no dio señales de detenerse.

Alison se abrazó a sí misma cuando una corriente de aire frío atravesó la calle.

Hades lo notó inmediatamente.

—Tienes frío.

—Un poquito.

Él se quitó el abrigo y se lo tendió.

Alison lo miró, sorprendida.

—¿Y tú?

—No tengo frío.

—Eso es imposible.

—¿Quieres el abrigo o prefieres seguir discutiendo?

Ella lo aceptó, murmurando algo sobre los hombres insoportables.

El abrigo era demasiado grande para ella y conservaba un aroma extraño, profundo, que no supo identificar. Al acomodárselo, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

Por un instante, le pareció escuchar algo.

Un murmullo distante.

Como voces que susurraban desde un lugar muy profundo.

Alison se quedó inmóvil.

Parpadeó y miró a su alrededor.

La calle seguía vacía. La lluvia golpeaba los tejados y el agua corría por las piedras.

Nada más.

—¿Alison?

La voz de Hades la hizo volver la cabeza.

—¿Estás bien?

Ella asintió lentamente.

—Sí. Creo que solo estoy cansada.

Pero no estaba segura.

Durante un instante, había sentido una tristeza que no le pertenecía. Una sensación de pérdida tan intensa que le había oprimido el pecho.

Y lo más extraño era que, al mirar a Hades, aquella sensación había desaparecido casi por completo.

Él la observó con una atención que no pasó inadvertida.

Había sentido el cambio.

No comprendía por qué una mortal como ella podía reaccionar de aquella manera ante su presencia, pero algo en su interior se tensó.

No debía acercarse demasiado.

No debía permitir que su mundo rozara el de ella más de lo necesario.

Aquella advertencia apareció en su mente con una claridad inesperada.

Y, por primera vez desde que había llegado al mundo mortal, Hades sintió miedo.

No por sí mismo.

Por ella.

Cuando la lluvia disminuyó, Hades acompañó a Alison hasta su casa.

Ella llevaba el abrigo puesto y había dejado de hacer bromas. Caminaba a su lado, observando las calles mojadas.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo finalmente.

—Puedes.

—¿De dónde vienes realmente?

Hades no respondió de inmediato.

—¿Qué quieres decir?

—Que nunca hablas de tu familia. Ni de tu casa. Ni de tu pasado. A veces parece que acabas de aparecer en este mundo.

Él sintió que el silencio entre ambos se volvía más pesado.

—Todos tenemos cosas que preferimos mantener en privado.

—Lo sé.

Alison se detuvo frente a su puerta.

—No quiero obligarte a contarme nada. Pero me gustaría conocerte de verdad.

Hades la miró.

No había desconfianza en sus ojos. Tampoco una exigencia. Solo una sinceridad que lo hizo sentirse más culpable de lo que esperaba.

Ella estaba ofreciéndole la oportunidad de acercarse.

Y él estaba construyendo aquella cercanía sobre una mentira.

—Hay cosas de mí que no entenderías —dijo.

Alison inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces explícamelas cuando estés preparado.

Él se quedó inmóvil.

Era una respuesta tan sencilla que no supo qué hacer con ella.

No había exigido promesas. No había amenazado con marcharse. Le había dejado espacio para elegir.

Hades, que había pasado siglos imponiendo su voluntad, descubrió que deseaba merecer aquella confianza.

—Alison…

Ella esperó.

Por un instante, estuvo a punto de decírselo todo.

Mi nombre es Hades. Soy el dios que gobierna a los muertos. He visto desaparecer reinos enteros y he vivido más años de los que puedes imaginar.

Pero, sobre todo, no sé por qué tú consigues hacerme sentir como si acabara de nacer.

No pronunció ninguna de aquellas palabras.

—Mañana —dijo en cambio—. Mañana te contaré algo de mi pasado.

Alison sonrió.

—Trato hecho.

Subió los escalones y abrió la puerta.

Antes de entrar, se volvió una última vez.

—Y puedes quedarte con el paraguas que no tienes. Creo que el abrigo me queda mejor.

Hades soltó una risa.

—Buenas noches, Alison.

—Buenas noches, Hades.

La puerta se cerró.

Él permaneció allí unos segundos, contemplando la madera oscura.

Había prometido contarle algo de su pasado.

Una promesa pequeña.

Una promesa sencilla.

Y, sin embargo, no sabía cómo cumplirla sin poner en peligro todo lo que comenzaba a sentir.

En el Olimpo, Perséfone dejó caer una copa sobre el suelo.

El cristal se hizo añicos.

No había sido un accidente.

Durante días había intentado ignorar la inquietud que le producía la ausencia de Hades. Se había repetido que su esposo regresaría cuando terminara su descanso y que no existía motivo alguno para preocuparse.

Pero aquella tarde había sentido algo diferente.

Una calidez desconocida atravesando la oscuridad que siempre había rodeado a Hades.

Era imposible.

Hades no era un dios que se dejara llevar por emociones pasajeras. Mucho menos por una mortal.

Perséfone se acercó a una de las columnas del palacio y cerró los ojos.

—Muéstrame dónde estás.

Su voz se extendió por el jardín como un susurro.

Las flores se inclinaron bajo una brisa repentina. Las sombras se deslizaron sobre el mármol y, durante un instante, Perséfone creyó distinguir una imagen lejana: una calle cubierta por la lluvia y una joven envuelta en un abrigo negro.

No pudo ver su rostro con claridad.

Pero fue suficiente.

La diosa abrió los ojos.

Su expresión había cambiado.

—¿Quién eres?

Nadie respondió.

Perséfone contempló los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo.

Una mortal.

Tenía que ser una mortal.

Y si aquella mujer estaba despertando algo en Hades que ni siquiera ella había conseguido conservar, Perséfone descubriría quién era y qué significaba para su esposo.

Porque podía tolerar muchas cosas.

La distancia.

El silencio.

La indiferencia de un dios que nunca había sabido amar como ella deseaba.

Pero no toleraría que otra mujer ocupara el lugar que consideraba suyo.

Esa noche, Hades regresó a su habitación y dejó el abrigo que Alison había llevado sobre una silla.

El aroma de la lluvia todavía parecía acompañarlo.

Cerró los ojos.

Por primera vez en siglos, pensó en alguien antes de dormir.

Y, aunque todavía no podía comprenderlo, aquel pensamiento estaba cambiando algo en su interior.

Hades había llegado al mundo mortal buscando descanso.

Ahora tenía una razón para quedarse.

Una razón con ojos color miel, una lengua atrevida y una sonrisa que comenzaba a convertirse en su mayor debilidad.

Alison Benet.

La mujer que todavía no sabía que había empezado a cambiar el destino de un dios.

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