Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 21
Aquella noche llegué completamente agotada.
Me quité los tacones apenas crucé la puerta del departamento y los lancé cerca del sofá.
Mis piernas me dolían.
Mi espalda también.
Trabajar con Saúl era emocionante, pero también agotador.
Era de esas personas que parecían vivir para trabajar.
Y de alguna forma terminaban arrastrándote a su ritmo.
Me dejé caer sobre la cama.
El techo blanco estaba frente a mí.
Durante unos segundos cerré los ojos.
Pero entonces recordé el diario.
Abrí los ojos de golpe.
—El diario...
Me levanté de la cama y fui hasta el escritorio.
Estaba ahí.
Abandonado entre planos, carpetas, bocetos y hojas llenas de anotaciones.
Lo tomé entre mis manos.
El cuero seguía desgastado.
Las páginas seguían oliendo a tiempo.
Regresé a la cama.
Encendí la lámpara.
Y comencé a leer.
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"Dicen que una madre entrega pedazos de sí misma cada día.
Y cuando sus hijos crecen, descubre que ya no sabe quién era antes de amarlos."
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Pasé la página.
La letra de Lucía parecía más triste que antes.
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"Dios mío...
Mi hijo ya está grande.
Hace apenas unos años corría por los jardines persiguiendo mariposas.
Ahora pasa más tiempo con su padre que conmigo.
Mateo ya no juega.
Mateo trabaja.
Mateo ya no sueña.
Mateo planifica.
Y eso me rompe el corazón."
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Fruncí el ceño.
Seguí leyendo.
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"Ayer Armando volvió a humillarme delante de los empleados.
Delante de los sirvientes.
Delante de mi propio hijo.
Dijo que era una mala madre.
Que una mujer inútil.
Que no era capaz de cumplir mis obligaciones.
Y yo me quedé en silencio.
Como siempre.
Porque las personas creen que el dinero compra felicidad.
Pero el dinero también compra jaulas.
Y algunas son tan hermosas que nadie nota los barrotes."
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Tragué saliva.
Pasé otra hoja.
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"Yo crié a Mateo.
Yo estuve despierta cuando enfermó.
Yo limpié sus lágrimas.
Yo celebré sus logros.
Yo escuché sus miedos.
Pero para Armando eso nunca será suficiente."
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Otra página.
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"Escribo este diario como si alguien fuera a leerlo algún día.
Quizás nadie lo haga.
Quizás termine olvidado en alguna caja.
Quizás termine en la basura.
Pero si existe una mínima posibilidad...
Quiero que sea Mateo quien lo lea.
Quiero que sepa que lo amé.
Que cada decisión que tomé fue pensando en él.
Que era mi mayor orgullo.
Mi mayor alegría.
Mi razón para seguir respirando."
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Me quedé inmóvil.
Mirando aquellas palabras.
Sin darme cuenta pensé en Mateo.
El Mateo actual.
El hombre frío.
El empresario.
El heredero.
El dueño de medio mundo.
¿Habría leído alguna vez aquellas palabras?
¿Sabría cuánto lo amaba su madre?
¿O jamás encontró el diario?
Miré la portada.
Volví a pensar cómo había terminado escondido debajo de un estante en un supermercado.
Nada tenía sentido.
Seguí leyendo.
Otra página.
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"Armando hizo algo terrible."
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La siguiente hoja.
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"Armando tiene una amante."
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Otra página.
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"Ya no puedo más."
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Otra.
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"Estoy cansada."
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Otra.
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"Quiero desaparecer."
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Otra.
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"No quiero seguir viviendo."
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Cerré el diario de golpe.
Mi corazón latía demasiado rápido.
Aquellas últimas páginas parecían escritas por una persona completamente diferente.
La alegría había desaparecido.
La esperanza también.
Solo quedaba dolor.
Miré la hora.
Las dos de la mañana.
—Ya fue suficiente por hoy...
Apagué la lámpara.
Y me dormí.
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A la mañana siguiente desperté temprano.
Teníamos que visitar el terreno donde se construiría el hotel Escalante.
Me duché.
Me maquillé ligeramente.
Y elegí un traje blanco perfectamente ajustado.
Elegante.
Profesional.
El tipo de ropa que hacía que las personas te tomaran en serio.
Cuando llegué a las instalaciones de la empresa ya había movimiento por todas partes.
Cámaras.
Fotógrafos.
Periodistas.
Asistentes.
Y varios vehículos esperando.
Saúl me observó al bajar del auto.
—Vaya.
—¿Qué?
—Pareces una ejecutiva.
—Lo soy.
—Llevas dos semanas trabajando.
—Detalles.
Saúl soltó una carcajada.
—Me agrada tu confianza.
Antes de respondernos, varios reporteros se acercaron.
—¡Saúl!
—¡Saúl, una fotografía!
—¿Cuál es el motivo del viaje?
—¿Es un nuevo proyecto?
—¿Quién es la señorita que lo acompaña?
Yo me quedé quieta.
Saúl sonrió como si estuviera acostumbrado.
—Es una visita de trabajo.
Nada más.
—¿Y ella quién es?
Uno de los reporteros me apuntó con el micrófono.
—¿Su nombre?
—Israel Martínez.
—¿Es arquitecta?
—Sí.
—¿Qué opinan sus padres de su éxito?
Por un segundo me quedé en silencio.
Después sonreí.
—No tengo padres presentes en mi vida.
Pero agradezco la oportunidad que me han dado.
Y agradezco mucho a Saúl por confiar en mí.
Saúl me miró de reojo.
Los fotógrafos comenzaron a tomar más fotografías.
—¿Qué se siente trabajar con uno de los mejores arquitectos del mundo?
Sonreí.
—Muchísima presión.
Pero también muchísimo aprendizaje.
Y sinceramente...
No cambiaría esta experiencia por nada.
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Dos horas después ya éramos tendencia en redes.
Saúl me enseñó su teléfono.
—Mira esto.
Observé la pantalla.
Fotos mías.
Fotos de nosotros.
Titulares.
Comentarios.
Miles de comentarios.
—¿Todo esto por unas fotos?
—Bienvenida a la fama.
—No me gusta.
—Mentira.
—Tal vez un poquito.
Los dos nos reímos.
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Viajábamos en una camioneta rumbo al terreno.
Saúl llevaba gafas oscuras mientras revisaba documentos.
—Oye, Israel.
—¿Sí?
—Con solo unas fotografías ya están hablando de ti.
Imagina cuando presentes tu primer gran proyecto.
—Primero tengo que ganartelo.
—Lo sé.
Pero tienes potencial.
Mucho potencial.
Me quedé observando por la ventana.
—Voy a trabajar duro.
—Eso espero.
Porque yo estaré detrás de cada línea.
Cada plano.
Cada detalle.
Si ganas este proyecto será porque tel señor Escalante lo a pruebe.
No porque alguien te ayudó.
Asentí.
—Lo entiendo.
—¿Y los bocetos?
Lo miré.
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Has avanzado?
—
—Israel.
—
—Israel.
—Todavía no.
Saúl se quitó lentamente las gafas.
—¿Cómo que todavía no?
—He estado ocupada.
—¿Dos semanas ocupada?
—Tal vez.
—Increíble.
Me señalaba con el dedo.
—Increíble.
Yo ya estaba riéndome.
—No me mires así.
—Voy a seguir mirándote así.
—Tengo ideas.
—¿En tu cabeza?
—Sí.
—Eso no cuenta.
Los dos terminamos riéndonos.
Después miré mi ropa.
Y suspiré.
—Oye, Saúl.
—¿Qué hiciste ahora?
—Nada.
Necesito un favor.
—Eso me preocupa.
—¿Puedes cerrar los ojos?
—¿Por qué?
—Porque me voy a cambiar.
—¿Aquí?
—Sí.
—Israel...
—Cierra los ojos.
—Esto va contra muchas reglas laborales.
—Cinco minutos.
—Tres.
—Trato.
Saúl suspiró.
Y cerró los ojos.
—Si choco por tu culpa...
—No estás manejando.
—Buen punto.
Rápidamente me quité el traje.
Lo doblé.
Me puse un short de mezclilla.
Una blusa de tirantes.
Y encima una camisa blanca ligera.
Luego mis tenis blancos.
—Listo.
—¿Ya?
—Sí.
Saúl abrió los ojos.
Me observó unos segundos.
Y después negó con la cabeza.
—Eres peligrosamente rápida.
—Muchos años de entrenamiento.
—No quiero saber.
—Mejor no preguntes.
—Definitivamente no preguntaré.
Miró por la ventana.
Luego sonrió.
—Perfecto.
Llegamos en diecinueve minutos.
Y por primera vez desde que salimos...
Comencé a sentir nervios.
Porque aquel terreno vacío podría convertirse en el proyecto que cambiara toda mi vida.