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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 21
La marcha de regreso a la fortaleza de piedra negra fue un recorrido silencioso y lúgubre, envuelto por el manto espeso de una ventisca que comenzaba a congelar las lágrimas y la sangre en los rostros de los guerreros. Aunque la Manada Roja había aplastado a la vanguardia de los mercenarios del este en la garganta del Paso del Susurro, nadie celebraba. La victoria en las tierras altas siempre dejaba cicatrices profundas. Anthony caminaba a la cabeza del contingente secundario, con el semblante sombrío, coordinando a los hombres que cargaban en camillas de cuero a los caídos y a los gravemente heridos. El olor metálico de la sangre se mezclaba de forma nauseabunda con el aroma acre y rancio de la plata quemada, un gas invisible que flotaba sobre los cuerpos de los lobos que habían entrado en contacto con las armas bendecidas por los comerciantes del valle.
Caleb avanzaba en su forma humana a grandes zancadas, con el torso descubierto desafiando el frío polar que azotaba los riscos. Sus intrincados tatuajes tribales, habitualmente oscuros, lucían opacos, reflejando la pesadez mental de un líder que cargaba con el peso de cada vida perdida bajo su mando. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su rostro parecían esculpidos en mármol, y sus ojos dorados mantenían una fijeza salvaje, alerta a cualquier emboscada rezagada entre los pinos congelados.
Alondra caminaba justo a su costado, envuelta en una pesada capa de piel de lobo que Caleb le había colocado sobre los hombros para protegerla del viento. Sus manos temblaban levemente, no por el frío, sino por el agotamiento místico tras haber canalizado las corrientes de aire y escarcha durante el combate en la garganta. A través del vínculo que los unía, la marca de su cuello latía con un pulso febril y errático; podía sentir la frustración incandescente de su Alfa, una corriente de dolor y furia protectora tan densa que amenazaba con ahogarla. Sin embargo, no retrocedió ni un solo paso. Había dejado atrás a la muchacha desamparada del valle; ahora era la Luna de esa manada, y su deber era sostener al coloso cuando el peso del mundo intentara doblegarlo.
Al cruzar el imponente umbral de la fortaleza, el bullicio de las mujeres y los ancianos que acudían a recibir a los guerreros inundó el gran patio de armas. Las antorchas parpadeaban con violencia, arrojando sombras danzarinas sobre los muros de roca. Caleb se detuvo en seco, observando cómo Martha y las sanadoras se apresuraban a aplicar ungüentos de resina de abeto y raíces de acónito diluidas sobre las quemaduras purulentas que la plata había dejado en la piel de sus hombres. La plata no solo hería el físico; corrompía la esencia espiritual del lobo, bloqueando su capacidad de regeneración sobrenatural y sumiendo al herido en un tormento febril que podía durar días.
—Perdimos a tres buenos hombres en la garganta, Anthony —dijo Caleb, y su voz fue un gruñido espeso, un trueno bajo que apenas superó el silbido del viento que se colaba por las almenas—. Hombres que vieron crecer a los cachorros. La plata de esos bastardos es más pura de lo que informaron los exploradores. No son simples mercenarios; están usando tecnología militar de las grandes ciudades.
—Lo sé, Alfa —respondió Anthony, limpiándose la sangre de la frente con el dorso de la mano—. Pero si no hubiéramos golpeado en el paso, esas máquinas de asedio ya estarían apuntando a nuestras murallas. Compramos tiempo. Un tiempo valioso que el valle pagó con creces.
Caleb resopló, expulsando una densa nube de vapor caliente por sus fosas nasales, y sin decir una palabra más, tomó a Alondra por la muñeca con un agarre firme pero desprovisto de brusquedad, guiándola lejos del bullicio del patio, ascendiendo por las escaleras de caracol hacia el Salón de los Ancestros, el espacio más privado y sagrado de la fortaleza.
Al cerrar la pesada puerta de roble detrás de ellos, el silencio de las piedras milenarias los envolvió como un bálsamo. En el centro del salón, una inmensa chimenea de piedra albergaba brasas que morían lentamente, arrojando una luz rojiza y un calor reconfortante que contrastaba con el infierno helado del exterior. Caleb soltó un suspiro largo y rasposo, apoyando las palmas de sus manos grandes y callosas sobre la mesa de madera maciza donde descansaban los mapas tácticos. Sus hombros anchos se hundieron levemente, revelando por primera vez la vulnerabilidad que solo se permitía mostrar ante su compañera de alma.
Alondra se despojó de la pesada capa de piel y la dejó caer sobre una silla. Se acercó al Alfa con pasos lentos y silenciosos, midiendo la distancia con la misma delicadeza con la que un sanador se acerca a una fiera herida. Al llegar a su lado, extendió sus manos pequeñas y pálidas, posándolas directamente sobre el pecho ardiente de Caleb, justo sobre el tatuaje tribal que representaba el corazón de la Manada Roja. La piel del guerrero estaba hirviendo, febril debido a la adrenalina residual, y su corazón golpeaba contra sus costillas con la violencia de un tambor de guerra.
—No te culpes por las vidas que se cobró la garganta, Caleb —susurró Alondra, alzando el rostro para obligarlo a mirarla con sus ojos azules encendidos por una convicción absoluta—. Esos hombres murieron defendiendo su hogar, defendiendo a su Alfa y a su Luna. Si no hubiéramos actuado bajo la estrategia de los Ancestros, el desastre habría sido total. Has salvado a la manada de una masacre.
Caleb clavó sus ojos dorados en ella. Las pupilas del Alfa estaban dilatadas por completo, brillando con una mezcla de dolor retenido y un deseo posesivo que se encendió de golpe ante la cercanía de la joven. Con un movimiento rápido y felino, el coloso atrapó las manos de Alondra, aprisionándolas contra su pecho, y la atrajo hacia sí con una fuerza que le cortó el aliento, reduciendo el espacio entre sus cuerpos a nada.
—Tú no deberías haber estado allí, Alondra —gruñió el Alfa, y su voz fue una caricia ronca, rota por el pánico retrospectivo que le causaba recordar cómo las saetas de plata habían volado cerca de la posición de ella—. Cada vez que sentía tu magia moverse en el aire a través del lazo, sentía que mi propio lobo se volvía loco de terror. La plata destruye nuestra carne, pero si una de esas flechas te hubiera alcanzado a ti... si te hubieran arrebatado de mi lado, no habría quedado un Alfa para gobernar esta montaña. Me habría convertido en una bestia salvaje, sedienta de sangre, y habría exterminado a cada ser vivo en este territorio. Eres mi luz, mi pequeña luna, pero también eres mi debilidad más grande.
Alondra humedeció sus labios carnosos con la punta de la lengua, un gesto inconsciente que hizo que la mandíbula de Caleb se tensara hasta el límite. Le sostuvo la mirada dorada con una valentía inquebrantable que demostraba que ya pertenecía por completo a ese mundo salvaje.
—No soy una flor de invernadero que debas esconder en una torre de piedra, Caleb —replicó ella, deslizando sus manos fuera de su agarre para enredar sus dedos en la densa y revuelta cabellera castaña del guerrero, atrayéndolo hacia abajo—. El lazo nos hizo iguales. Si tú sangras en el campo de batalla, mi alma sangra contigo aquí arriba. Prefiero morir luchando a tu lado como tu reina, que vivir oculta en las sombras esperando a que el invierno decida nuestro destino. No me pidas que me aleje del fuego.
El sutil desafío de la joven rompió el último hilo de control que el Alfa poseía. Con un rugido ronco que se ahogó en su garganta, Caleb se abalanzó sobre sus labios, atrapando su boca en un beso hambriento, posesivo y profundamente apasionado que hizo estallar la quietud del salón.
Fue un encuentro violento y cargado de un romance fuerte, una respuesta primitiva al terror de la muerte que habían burlado horas antes en la garganta. La boca de Caleb estrujó los labios de Alondra con una urgencia salvaje, mientras su lengua reclamaba el interior de su boca con una posesividad que hizo que la joven soltara un gemido de puro placer contra sus labios. El Alfa la levantó con una facilidad pasmosa, sentándola sobre el borde de la inmensa mesa de madera de los mapas, esparciendo los pergaminos y los diseños tácticos por el suelo sin importarle en lo más mínimo.
Se acomodó entre las piernas de la joven, permitiendo que ella sintiera toda la dureza, el calor y la magnitud de su anatomía de guerrero. Sus manos grandes y tatuadas viajaron por el cuello de Alondra, acariciando la marca de la luna creciente que latía con fuerza bajo su piel pálida, antes de descender por sus hombros, apartando la tela suave de su vestido hasta dejar al descubierto el inicio de sus pechos. Caleb interrumpió el beso solo para descender por su mandíbula, dejando un rastro de besos húmedos, calientes y mordiscos suaves que hicieron que Alondra arqueara la espalda, enterrando las uñas en los robustos hombros esculpidos de su compañero.
El aliento caliente del Alfa quemaba su piel mientras él presionaba su boca contra su cuello, marcándola una y otra vez con sus labios, reafirmando ante el universo que ella le pertenecía y que ningún ejército del valle podría romper el lazo que los dioses habían sellado con sangre y fuego.
—Eres mía, Alondra —gruñó Caleb contra su piel, con la voz rota por la pasión y la devoción más absoluta—. En esta vida y en todas las que sigan. Mi fuerza es tu escudo, y mi cuerpo es tu hogar. No permitiré que el miedo del valle toque la corona que te otorgué.
—Tuya, Caleb... siempre tuya —logró articular Alondra entre jadeos, entregada por completo al ritmo febril de sus caricias, sintiendo cómo el calor de su Alfa disipaba el frío de la muerte y consolidaba su amor en mitad de la resistencia que apenas comenzaba a fraguarse en las tierras altas.