El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Stefan Janković.
El Danubio huele a verano y a pólvora vieja. Siempre ha olido así para Dragan. Pero esta noche huele también a perfume de Elena. A jazmín y a esa venganza limpia que lleva seis meses vistiendo de rojo.
Terraza del Mala . Mesa para dos, reservada entera.
Dragan odia los restaurantes. Demasiada gente, demasiadas salidas, demasiados cuchillos al alcance. Pero Elena merece velas. Merece mantel blanco. Merece que Belgrado la vea sin sangre de por medio.
Lleva el vestido de la boda de Milena. Rojo oscuro, espalda abierta hasta esa cicatriz que él memorizó en El Escorial. El pelo suelto, salvaje, sin joyas. Solo el anillo simple de oro que le puso hace dos días en la muralla de Petrovaradin. Sin papeles. Sin cura. Con Danubio de testigo.
Él de negro. Pelo corto militar, la mecha gris dura bajo las luces. Se afeitó esta mañana. -Si voy a presentarte como mía, que Belgrado vea que no me escondo-, le dijo.
Sirven ciervo. Sirven vino de Župa. Sirven seis meses de paz en copas de cristal.
“Živeli, lepa”, brinda Dragan. La mira por encima de la copa. No al escote. A los ojos. Siempre a los ojos.
“Por no matarnos en Madrid”.
Elena choca su copa. Clac seco. “Živeli, serbio. Por aprender a dormir sin pistola bajo la almohada”.
Se ríen. Suena raro. Hacía años que la ciudad no escuchaba reír a Vuković sin que alguien sangrara después.
Cuatro hombres suyos están repartidos en la terraza. Discretos. De civil. Pero Elena ya sabe distinguirlos: el que no bebe, el que mira las manos, el que tiene la chaqueta abultada en la cadera derecha. Se acostumbró en Madrid. Ya no le molesta. Ya entiende que es la forma en que Dragan dice te quiero sin abrir la boca.
21:55. La puerta de la terraza se abre.
El aire cambia. Dragan lo siente antes de verlo. Es como en Bor, cuando la mina avisaba antes del derrumbe. Un frío que sube por la nuca.
Stefan Janković.
Traje gris de tres piezas, caro, pero le queda mal. Como si lo hubiera robado. Cicatriz fina en la ceja izquierda. Recuerdo de Kosovo, 1999. Sonrisa que no llega a los ojos. Nunca le llegó.
Fue director financiero de Banco Adriático. Hasta 2017. Hasta que intentó comprar la mina de Bor por la mitad, mientras Dragan enterraba a Dušan. Mandó flores al entierro. Blancas. Nota escrita a mano: “Los negocios no tienen luto, Dragan. Firma y todos ganamos”.
Dragan no firmó. Le rompió tres costillas en su despacho. Stefan no denunció. Se fue a Bucarest. Y volvió cuando el serbio se perdió en Madrid.
Ahora está aquí. Sin invitación. Sin miedo.
No saluda a los guardias. No mira a Dragan. Camina directo a la mesa y clava los ojos en Elena.
Despacio. Tasándola. Desde la línea del pelo hasta el borde del vestido. Como si estuviera en una subasta. Como si pudiera comprarla.
Dragan deja la copa en la mesa. No suena. No tiembla. Solo la deja.
“Vuković”, dice Stefan. En serbio. Ronco. “Volviste de entre los muertos. Y con compañía cara”.
Sigue sin mirar a Dragan. Solo a ella.
“La abogada de Madrid”, continúa, ladeando la cabeza. “Elena Duarte.
La que tumbó a Ivanov.
La que le costó a Marco Kovač siete años y media ciudad”.
Se relame. “Dicen en Bucarest que vales cada bala que costó. ¿Es verdad, lepotice?”. Belleza.
Elena no se encoge. No baja la vista. Es abogada. Las abogadas no bajan la cabeza cuando huelen carroña.
Pero lo siente. Ese hielo viejo. El mismo que le corría por la espalda cuando Marco le mentía y ella fingía no saber.
Aprieta la copa. Los nudillos blancos. No por miedo. Por asco.
Dragan no se mueve. Aún. Cuenta.
Uno: los hombres en las esquinas ya tienen mano en la chaqueta.
Dos: Stefan vino solo, eso es estupidez o mensaje.
Tres: Elena no ha pedido ayuda, y eso significa que confía en que él va a arreglarlo.
Se levanta. Despacio. 1.90 de guerra civil, de minas, de entierros. La silla no hace ruido. La mesa no vibra. Él no amenaza. Él es la amenaza.
Rodea la mesa. No toca a Stefan. No lo mira todavía. Se para detrás de Elena.
Y entonces pone las manos. Las dos. Abiertas. Grandes. Rotas. Sobre los hombros desnudos de ella.
No la aparta. No la esconde. La marca.
La piel de Elena arde bajo sus palmas. No es posesión de Marco. No es cadena. Es escudo. Es estás conmigo, y conmigo nadie te toca.
Ahora sí mira a Stefan. Directo. Sin parpadear. El gris de su mecha parece acero bajo la luz de las velas.
“Moja žena”, dice. Voz baja. Clara.
En serbio para que el Danubio entero lo oiga. "Mi mujer".
Le pasa el pulgar por la clavícula a Elena. Roce mínimo. Suyo.
“La miras otra vez así”, sigue, sin subir el tono. Peor: bajándolo. “Y te saco los ojos con la cucharilla del postre. Aquí. Ahora.
Pausa. Deja que el eco de Belgrado se asiente.
“¿Razumeš?”. ¿Entiendes?
El restaurante muere. Los cubiertos dejan de sonar. El camarero se queda con la botella suspendida en el aire. Hasta el Danubio parece ir más lento.
Stefan mantiene la sonrisa. Pero es de perro acorralado. Hace siete años Dragan le hubiera metido dos tiros en las rodillas antes de terminar la frase.
Hoy solo habla. Y eso es peor. Porque el Dragan que habla es el que ya no tiene nada que perder. Salvo a ella. Y eso lo hace infinito.
“Felicidades por la boda”, escupe al final. La saliva le sabe a hierro.
“No me invitaste, brate”. Hermano. La palabra es veneno.
“Que te dure la paz, Vuković. Belgrado tiene memoria larga. Y deudas más largas”.
Se da la vuelta. Camina. No corre. Pero casi.
Nadie lo detiene. Los hombres de Dragan miran a su jefe. Él niega con la cabeza. Mínimo. Hoy no.
Solo quedan ellos dos otra vez. Y el ciervo frío en el plato.
Elena suelta el aire. No sabía que lo estaba guardando. Le tiemblan los dedos. No de miedo. De rabia. De años de Marco mirándola igual.
Se gira en la silla. Lo mira desde abajo. A este serbio que acaba de firmar una guerra por ella sin disparar.
“¿Tu mujer?”, pregunta. La voz le sale ronca.
Mitad risa, mitad temblor. “¿Desde cuándo?”
Dragan se agacha. Le pone la frente contra la suya. Le respira el mismo aire. Le huele el pelo. A jazmín y a casa.
-Desde El Escorial-, contesta. “Desde que te dormiste con la cabeza en mi pecho y no soñaste con muertos. Solo que Belgrado no se había enterado”.
Le agarra la cara. Pulgar en la cicatriz del costado, por encima del vestido. -¿Te molesta?-
Elena le muerde el labio. Sin permiso. Sin suavidad. Con seis meses de _te quiero_ atascado en la garganta.
-Me molesta que tardaras seis meses en decirlo en voz alta, idiota-, susurra contra su boca.
-Me molesta que creas que necesitabas un Stefan para marcar lo que ya es tuyo-.
Dragan se ríe. Risa real. Rota. La primera que suelta en Belgrado desde que Dušan tenía ocho años.
La levanta de la silla. La sienta en sus piernas. A ella, a la dama de Madrid, en medio de Mala, frente a media banca serbia, frente al Danubio, frente a todos los muertos.
-Entonces cenamos-, dice, pidiéndole al camarero que cambie los platos con un gesto.
-Y mañana buscamos juez. O cura. O lo que coño haga falta en tu país-.
La besa en el cuello. Ahí donde le late el pulso. Ahí donde Stefan se atrevió a mirar.
-Porque moja žena no vuelve a Madrid con apellido Duarte. Vuelve con el mío. O no vuelve-
Elena cierra los ojos. Por fin. Siete años. Madrid. Maldivas. El Escorial. Todo la trajo aquí. A las piernas de un serbio que mata por ella sin matar.
“Dragane”, dice, probando su nombre sin apellido. Le gusta. Le sabe a futuro. “Cásate conmigo mañana. Pero esta noche me enseñas Belgrado. El tuyo. El de verdad. Sin guardaespaldas. Sin Stefan. Solo tú”.
Él asiente. Contra su pelo. “Važi”. Trato.
Calle Knez Mihailova. Caminan solos.
Les dijo a los hombres que se quedaran a 50 metros. Si Stefan quiere guerra, que venga. Pero que me vea sin armadura primero.
Le enseña la librería donde compró su primer Dostoievski. El banco donde se sentó cuando le dijeron que Dušan no volvía. La iglesia de San Marcos donde su madre rezaba.
En cada esquina, Elena le aprieta la mano. No por miedo. Para que sepa que sigue ahí.
Ya es medianoche Kalemegdan. Fortaleza. Mirando el Danubio.
El mismo río. Otra noche. Sin fuegos artificiales. Sin boda. Solo ellos.
“Aquí”, dice Dragan, señalando la unión del Sava con el Danubio.
-Aquí tiré la pistola de mi padre cuando cumplí 18. Juré que nunca usaría una-. Se ríe, amargo. “Duré dos años”.
Elena se pone delante. Le obliga a mirarla.
-Y aquí-,le pone la mano en el pecho, -aquí vas a jurar que no vuelves a disparar por odio. Solo por nosotros. ¿Razumeš, Vuković?-.
Él la besa. Sin territorio. Solo con gratitud. “Razumem, moja žena. Entendido, mi mujer”.