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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 — La mesa de Elena

La casa de Andrés quedaba a tres calles del muelle.

Era una casa de pueblo — paredes amarillas, techo de tejas, una mata de cambur en el patio que debía tener más años que el mismo pueblo. Sofía la reconoció por el olor antes de llegar: cilantro, ají dulce, pollo, todo mezclado con la brisa del mar en algo que no tenía nombre científico pero que olía exactamente a hogar.

Andrés tocó la puerta dos veces y entró sin esperar.

—Mamá.

Elena Villareal era todo lo que su hijo no era.

Pequeña, redonda, con el pelo gris recogido en un moño y una sonrisa que ocupaba toda la cara. Apareció desde la cocina con un cucharón en la mano y los ojos — azules, como los de Andrés, pero más cálidos, más abiertos — fijos en Sofía con una expresión que mezclaba sorpresa y algo que se parecía peligrosamente a la satisfacción.

—¡Mijita! — dijo, como si la conociera de toda la vida —. ¡Qué bueno que viniste! Andrés no me había dicho que traía visita.

—No había tiempo — dijo Andrés, seco.

—Nunca hay tiempo para este muchacho — le dijo Elena a Sofía en tono confidencial, como si su hijo no estuviera a metro y medio —. Entra, entra, el sancocho está listo.

Sofía entró.

Andrés la miró de reojo. Ella fingió no darse cuenta.

La cocina era el corazón de esa casa.

Una mesa larga de madera, cuatro sillas, azulejos azules en las paredes y una ventana abierta por donde entraba el sonido lejano del mar. Elena sirvió tres platos hondos con una generosidad que no admitía negativas.

—Come, come — le dijo a Sofía —. Estás muy flaca. ¿Doña Carmen no te da de comer?

—Me da desayuno — dijo Sofía.

—El desayuno no es comer — dijo Elena.

Andrés levantó la vista de su plato. Sofía lo atrapó con una sonrisa mínima. Él desvió la mirada, pero algo en su mandíbula se relajó un poco.

Mira eso*, pensó Sofía. *Tiene sentido del humor. Lo esconde bien, pero está ahí.

Elena hablaba por los tres.

En veinte minutos Sofía ya sabía que Andrés había aprendido a pescar con su abuelo, que de niño le tenía miedo a las tormentas pero nunca lo admitió, que una vez rescató a un turista que se había caído de un catamarán y el hombre le quiso dar dinero y él lo rechazó.

—Mamá — dijo Andrés, con un tono que era mitad advertencia, mitad resignación.

—¿Qué? — dijo Elena, completamente inocente —. Estoy conversando con tu amiga.

—No me llames amiga — dijo Sofía automáticamente, y luego se arrepintió a medias —. Quiero decir... somos colegas de trabajo. Él me lleva en su lancha.

Elena la miró. Miró a su hijo. Volvió a mirar a Sofía.

—Claro — dijo, y le dio otro cucharón de sancocho.

Andrés miraba su plato con una concentración excesiva para alguien que solo estaba comiendo sopa.

Después de comer, Elena insistió en que Sofía se quedara a tomar café.

Andrés fregó los platos — algo que Sofía no esperaba y que por alguna razón le pareció enormemente atractivo — mientras las dos mujeres se sentaban en el patio con sus tazas.

—¿De dónde eres, mijita? — preguntó Elena.

—De Caracas. Pero mi familia es italiana. Mi abuelo llegó a Venezuela en los cincuenta.

—Se nota en los ojos — dijo Elena, mirándola con cariño —. Verdes como una mata. Preciosos.

Sofía sonrió.

—¿Y tienes novio en Caracas?

—Mamá.

Andrés había aparecido en la puerta del patio con su café, y su voz tenía esa nota de advertencia que Sofía empezaba a reconocer.

—Solo pregunto — dijo Elena, sin inmutarse.

—No — dijo Sofía, mirando su taza —. No tengo novio.

Silencio breve.

—Bien — dijo Elena, completamente tranquila, y le dio un sorbo a su café.

Sofía levantó la vista y encontró los ojos de Andrés — azules, intensos, como el mar en día despejado — fijos en ella desde la puerta. No dijo nada. Pero tampoco desvió la mirada esta vez.

Lo sostuvo. Tres segundos. Cuatro.

Fue él quien apartó la vista primero.

Andrés la acompañó de regreso.

Caminaron por las calles del pueblo en silencio — pero era un silencio diferente a los del mar. Más íntimo. Más cargado.

—Tu mamá es hermosa — dijo Sofía.

—Lo sé.

—¿Solo viven ustedes dos?

Una pausa corta.

—Sí. Mi papá murió cuando yo tenía doce años.

Sofía sintió el peso de eso.

—Lo siento.

—No hay que sentirlo — dijo él —. Me enseñó todo lo que sé antes de irse. Con eso alcanza.

Sofía lo miró de perfil mientras caminaba. La mandíbula firme, los ojos al frente, las manos en los bolsillos. Un hombre construido sobre pérdidas que había decidido no dejar que lo doblegaran.

Cuánto cabe en una persona que no habla, pensó.

Llegaron a la puerta de la casa de Doña Carmen.

Andrés se detuvo. Se volvió hacia ella.

De cerca, con la luz amarilla del farol cayendo sobre su cara, los ojos azules parecían casi irreales — demasiado claros para una noche tan oscura, demasiado profundos para un hombre tan callado.

—Mañana salimos a las cinco — dijo.

—Lo sé — respondió Sofía.

Ninguno se movió.

Sofía sintió el impulso — irracional, inoportuno, completamente indefendible — de acortar la distancia entre los dos. De levantar la mano y tocar esa mandíbula.

No lo hizo.

Pero él lo vio. Lo vio en sus ojos, en la fracción de segundo en que su mirada bajó a sus labios y volvió a subir.

Y en lugar de retroceder, Andrés se inclinó — apenas, solo un poco — como si él también sintiera la misma gravedad.

—Buenas noches, Sofía — dijo. Bajo. Casi íntimo.

Era la primera vez que decía su nombre.

—Buenas noches — respondió ella, con una voz que no reconoció como propia.

Él se fue.

Sofía se quedó en la puerta hasta que lo perdió de vista. Luego subió a su cuarto y abrió su cuaderno.

Escribió una sola línea:

Dijo mi nombre. Y fue suficiente para arruinarme la noche entera.

Fin del Capítulo 3 ✨

1
Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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