Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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La trampa en el espejo.
Los días siguientes fueron de una calma antinatural. Idril se movía por el campus como un espectro de excelencia académica, entregando trabajos a Saúl y Omar que eran, en esencia, llaves maestras para sus aprobados. Ellos le pagaban con saludos casi públicos y sonrisas protectoras que funcionaban como un campo de fuerza ante las burlas de otros estudiantes. Idril, por primera vez, no caminaba encorvada; el veneno de la aceptación estaba empezando a circular por sus venas.
Una semana después, el destino —o la coreografía de la Élite— la llevó a los baños de la Facultad de Letras. El mármol blanco y los espejos impecables devolvían la imagen de una Idril manchada de pintura, rastros de su "tributo" como becada al mantener las columnas del campus.
Mientras intentaba frotar una mancha de azul cobalto de su suéter barato, la puerta se abrió. Dona Klatten y Samantha Schaeffler entraron con la elegancia de quienes son dueñas del aire que respiran. Sus atuendos, de un lujo discreto y letal, hacían que el suéter de Idril pareciera un harapo.
Idril se tensó, esperando el golpe verbal, el insulto que justificara su miedo. Pero el espejo le devolvió algo mucho más aterrador: una sonrisa de Dona.

—Vaya, la mujer del momento —dijo Dona, retocándose un labial de color carne que costaba más que la renta de Idril. Su voz era una caricia de terciopelo—: Saúl está fascinado, Idril. Dice que tu cerebro funciona en una frecuencia que nosotros, simples mortales, ni siquiera podemos sintonizar.
Samantha soltó una risita ligera, ajustándose un pendiente de perla con una elegancia que hería. —Es refrescante, de verdad. En un mar de chicas que solo saben retocarse el rímel, tú eres... sustancial. Una celebridad intelectual, por así decirlo.
Idril se quedó paralizada, con las manos mojadas y el corazón martilleando contra sus costillas. El halago era tan desproporcionado que resultaba obsceno, pero la forma en que la miraban, como si fuera parte de un club exclusivo, era una droga potente para alguien que siempre había sido invisible.
—Gra... gracias —atinó a decir, bajando la vista al lavabo.

—No seas modesta, querida. El talento es el nuevo estatus —añadió Samantha, dándole una palmadita casi imperceptible en el hombro al salir—. Nos vemos luego. Dile a Saúl que deje de acapararte; las demás también necesitamos un poco de esa luz tuya.
Al salir, Idril se miró al espejo. La sospecha seguía ahí, pero una pequeña y peligrosa chispa de vanidad empezaba a brillar tras sus gafas.
Fuera del baño, Aranza la esperaba con la espalda contra la pared y los ojos encendidos. No necesitó preguntar; la cara de confusión de Idril lo decía todo.
—¿Qué te han hecho esas víboras? —soltó Aranza, tomándola de los hombros con una brusquedad protectora—. Te vi entrar con ellas. ¿Te han dicho algo de la pintura? ¿Se han reído?
—No, Aranza... de hecho, fueron amables —respondió Idril, y por primera vez, hubo una nota de duda en su defensa hacia su amiga—. Me felicitaron por mi nivel académico.
Aranza soltó una carcajada seca, un sonido lleno de bilis. —¿Amables? Idril, por favor. Esas perras no son amables ni con sus propias madres. Esto es una emboscada. Te están engordando para el sacrificio. ¿No lo ves? Te usan para sus tareas y ahora te lanzan migajas de atención para que te sientas especial. ¡Es una puta trampa!
—¡Sé que es una trampa! —estalló Idril, sorprendiéndose de su propio grito—. Pero, ¿y si por una vez no lo es? ¿Y si solo están reconociendo que soy buena en algo?
El silencio que siguió fue amargo. Aranza la miró con una mezcla de lástima y furia, apretando su billetera hasta que sus nudillos blanquearon. —Vámonos a comer. Necesitas azúcar para que el cerebro te vuelva a funcionar, porque ahora mismo parece que te lo han lavado con champán barato.
Desde el extremo del pasillo, ocultas tras el recodo de la biblioteca, Dona y Samantha observaban la discusión. La sonrisa de Dona se desvaneció, dejando paso a una expresión de odio puro.
— Müller es un problema —siseó Dona, entrecerrando los ojos—. Es el perro guardián que le ladra a la mano que ofrece el cebo. Mientras Aranza esté soplándole al oído, Idril nunca cruzará la línea del todo.
Samantha asintió, su mente ya trazando líneas de ataque. —Hay que cortar el ancla. Si aislamos a Idril, se volverá dependiente de la "validación" que nosotros le damos. Pero para eso, Aranza tiene que caer. Y no solo socialmente... tiene que sufrir por cada insulto que nos ha lanzado.
—Darién se encarga de Aranza —recordó Dona con una sonrisa malvada—, pero nosotras podemos acelerar el proceso. Es hora de que la "valiente" Müller descubra lo que sucede cuando intentas proteger a alguien en el territorio de los lobos.