Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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un nuevo comienzo
El amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados cuando Valentina Rojas abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo blanco de su pequeño apartamento. El silencio la envolvía, interrumpido únicamente por el lejano sonido de los automóviles que despertaban junto con la ciudad.
Aquella mañana era diferente.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario durante la noche, sino porque había tomado una decisión que llevaba meses evitando: dejar atrás el pasado.
Se incorporó lentamente y caminó hasta la ventana. Desde el décimo piso podía ver gran parte de la ciudad extendiéndose ante ella. Los edificios brillaban bajo los primeros rayos del sol y las calles comenzaban a llenarse de personas que se dirigían a sus trabajos.
Valentina apoyó una mano sobre el cristal.
—Hoy empiezo de nuevo —susurró.
Hacía un año, esas palabras le habrían parecido imposibles.
Un año atrás estaba comprometida con Andrés Salazar, el hombre con quien había imaginado construir una vida. Habían planeado una boda, una casa y hasta el nombre de los hijos que soñaban tener algún día.
Pero los sueños eran frágiles.
Y el suyo se había roto de la manera más cruel.
Todavía recordaba aquella tarde en que descubrió que Andrés mantenía una relación con otra mujer. El dolor había sido tan profundo que durante semanas apenas logró levantarse de la cama.
La traición no solo destruyó su relación.
También destruyó la confianza que tenía en el amor.
Sin embargo, el tiempo tenía una extraña manera de sanar incluso las heridas más profundas.
No las borraba.
Simplemente enseñaba a vivir con ellas.
Valentina respiró profundamente y se obligó a sonreír.
Aquella mañana comenzaba oficialmente su nuevo trabajo como fotógrafa principal para una prestigiosa revista cultural de la ciudad.
Era la oportunidad con la que había soñado durante años.
Y estaba decidida a aprovecharla.
Dos horas más tarde caminaba por el elegante vestíbulo del edificio donde se encontraba la revista.
Su cámara colgaba de un hombro y una mezcla de nervios y emoción agitaba su estómago.
—Tú puedes hacerlo —se dijo mientras presionaba el botón del ascensor.
Cuando las puertas se abrieron en el piso diecisiete, fue recibida por una oficina moderna llena de escritorios, pantallas y personas que iban de un lado a otro.
—¿Valentina Rojas?
Ella giró la cabeza.
Una mujer rubia, elegante y sonriente se acercaba hacia ella.
—Sí.
—Soy Laura Méndez, directora editorial. Bienvenida.
Valentina estrechó su mano.
—Muchas gracias.
—Hemos visto tu trabajo. Tus fotografías tienen algo especial.
—Intento capturar emociones.
—Y lo consigues. Por eso te contratamos.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Valentina se llenara de orgullo.
Durante años había trabajado como fotógrafa independiente, aceptando pequeños proyectos para sobrevivir.
Ahora, por fin, alguien reconocía su talento.
Laura le mostró las instalaciones y le presentó al resto del equipo.
La mañana transcurrió rápidamente.
Antes de darse cuenta, llegó su primera asignación.
—Tenemos una inauguración importante esta noche —explicó Laura—. Un reconocido estudio de arquitectura presentará un proyecto que cambiará gran parte del centro de la ciudad.
—Perfecto.
—Necesito fotografías exclusivas.
—Las tendrás.
Laura sonrió.
—Sabía que podía confiar en ti.
La noche llegó acompañada por una ligera lluvia.
El evento se realizaba en un moderno centro de convenciones iluminado por enormes lámparas de cristal.
Valentina ajustó su cámara mientras observaba a los invitados.
Empresarios.
Periodistas.
Artistas.
Políticos.
Todos parecían importantes.
Ella comenzó a tomar fotografías de los asistentes, capturando sonrisas, conversaciones y momentos espontáneos.
Era lo que más le gustaba.
Encontrar belleza en pequeños instantes.
Mientras avanzaba entre la multitud, escuchó una voz masculina detrás de ella.
—Disculpe.
Se volvió.
Y por un instante olvidó respirar.
El hombre que tenía delante era alto, de cabello oscuro y ojos intensamente grises.
Vestía un elegante traje negro que parecía hecho a medida.
Pero no era su apariencia lo que llamó la atención de Valentina.
Era la expresión de sus ojos.
Había algo en ellos.
Una mezcla de fortaleza y tristeza.
Como si escondieran historias que nadie conocía.
—Creo que dejó caer esto —dijo él.
Le entregó una pequeña tarjeta de memoria.
Valentina abrió los ojos.
—¡Mi tarjeta!
Instintivamente la tomó.
—Muchas gracias.
—Parecía importante.
—Lo es. Tengo todas las fotografías del evento.
Una leve sonrisa apareció en los labios del desconocido.
—Entonces me alegra haberla encontrado.
Por alguna razón, Valentina sintió un extraño nerviosismo.
Algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
—Soy Valentina.
El hombre pareció dudar un instante antes de responder.
—Alejandro.
Sus nombres quedaron suspendidos entre ellos.
Como si el tiempo hubiera decidido detenerse.
—Mucho gusto —dijo ella.
—Igualmente.
Durante unos segundos ninguno habló.
Y aquello resultó sorprendentemente incómodo.
Finalmente, una voz llamó al hombre desde el otro lado del salón.
—¡Alejandro!
Él giró la cabeza.
Varias personas lo observaban.
Parecían estar esperándolo.
—Debo irme.
—Claro.
—Fue un placer conocerte, Valentina.
Ella sonrió.
—Lo mismo digo.
Alejandro asintió ligeramente y se alejó.
Valentina observó cómo desaparecía entre los invitados.
No sabía quién era.
No sabía por qué estaba allí.
Y tampoco entendía por qué seguía mirándolo.
Sacudió la cabeza.
—Concéntrate.
Tenía trabajo que hacer.
Una hora después comenzó a llover con más fuerza.
Cuando el evento terminó, Valentina salió del edificio y se encontró con una desagradable sorpresa.
Su automóvil no arrancaba.
Intentó varias veces.
Nada.
—Genial.
Miró el reloj.
Era casi medianoche.
La lluvia empapaba las calles y apenas circulaban algunos vehículos.
—Esto es perfecto —murmuró con ironía.
De repente, unos faros iluminaron el estacionamiento.
Un automóvil negro se detuvo cerca de ella.
La ventanilla descendió.
Y apareció el mismo rostro que había visto unas horas antes.
Alejandro.
—¿Problemas?
Valentina soltó una pequeña risa.
—Parece que sí.
Él observó el automóvil.
—¿No arranca?
—Ni siquiera lo intenta.
Alejandro salió bajo la lluvia.
A pesar de las gotas que caían sobre su traje, parecía completamente tranquilo.
Revisó rápidamente el vehículo.
Después de unos minutos negó con la cabeza.
—No podrás conducirlo esta noche.
Valentina suspiró.
—Eso imaginaba.
—Puedo llevarte a casa.
Ella dudó.
Normalmente jamás habría aceptado subir al automóvil de un desconocido.
Pero tampoco tenía muchas alternativas.
Y, extrañamente, aquel hombre le inspiraba confianza.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—No quiero causar molestias.
—No las causas.
Valentina lo observó durante unos segundos.
Luego sonrió.
—Gracias.
El trayecto transcurrió en medio de una conversación inesperadamente agradable.
Hablaron de fotografía.
De arquitectura.
De viajes.
De sueños.
Y por primera vez en mucho tiempo, Valentina descubrió que estaba disfrutando realmente hablar con alguien.
Cuando llegaron a su edificio, sintió una extraña decepción.
No quería que el viaje terminara tan rápido.
—Gracias por traerme.
—No fue nada.
Valentina tomó su bolso.
—Y gracias por salvar mi tarjeta de memoria.
—Dos rescates en una sola noche.
Ella rió.
Una risa sincera.
Una que no había escuchado salir de sus propios labios desde hacía meses.
Alejandro pareció notarlo.
Porque sonrió también.
Y aquella sonrisa transformó por completo su rostro serio.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, Alejandro.
Ella salió del automóvil.
Caminó hacia la entrada del edificio.
Pero antes de entrar, se volvió.
El automóvil seguía allí.
Y Alejandro seguía observándola.
Durante un segundo sus miradas volvieron a encontrarse.
Luego él levantó una mano en señal de despedida.
Y se marchó.
Valentina permaneció inmóvil mientras las luces desaparecían en la distancia.
No sabía por qué.
Pero tenía la sensación de que aquel encuentro no había sido una simple coincidencia.
Y que, de alguna manera, Alejandro Montenegro estaba destinado a cambiar su vida