El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.
¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?
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Yoshiya Tatsumagi, 38 años
La luz del sol de la mañana atravesaba las cortinas de la ventana, tiñendo la habitación de un amarillo pálido y enfermizo. Fuera, un pequeño pájaro cantaba sobre la rama de un árbol que se alzaba solitario en el jardín del hospital. Su canto era la única señal de vida en un mundo que, para mí, se estaba apagando.
El calor que se filtraba a través del cristal era cálido, casi agradable. Una ironía cruel.
Intenté parpadear. Un acto simple, instintivo. Pero mis párpados pesaban como planchas de plomo. Lo más desesperante para mí no era el dolor sordo y constante en el pecho, ni la aguja clavada en el dorso de mi mano, sino el constante e infernal ruido de la máquina de oxígeno. Un pitido rítmico que marcaba cada segundo de mi condena. Estoy harto de esto.
—Yoshiya-kun, es hora de su medicina.
La voz de la enfermera llegó amortiguada, como a través de una pared de agua. Cierto, ¿dónde anda mi conciencia últimamente? Últimamente navega entre nieblas.
La enfermera se inclinó sobre mí y una fragancia suave, a flores frescas, me envolvió. ¿Qué jabón tan especial debe usar esta señorita para desprender un aroma así en un lugar que solo huele a desinfectante y muerte? El pensamiento fue tan efímero como el roce de su mano al entregarme las pastillas.
—Gracias.
Tragué las medicinas con la ayuda de un sorbo de agua tibia. Después, sin nada más que hacer, me quedé observando la pared blanca durante un buen rato. La pintura estaba desconchada en una esquina.
Mientras estaba distraído, un recuerdo se abrió paso entre la niebla de mi mente, vívido y doloroso.
Ayame. La mujer de la cual estuve enamorado durante once años. Once años de anhelo silencioso y cartas no enviadas. Puedo decir con total sinceridad que ya no la amo; el tiempo y la distancia se encargaron de erosionar ese sentimiento. Pero, aun así, su recuerdo dejaba un gran vacío en mi pecho, una ausencia que dolía más que mi propio corazón enfermo.
El tiempo pasó, lento y espeso como melaza. Estaba solo en la habitación del hospital, moviéndome inquieto de un lado a otro de la cama, atrapado en la jaula de mi propio cuerpo.
De repente, una puntada feroz me atravesó el pecho, como si una daga de hielo se clavara directamente en mi corazón y retorciera sus entrañas. Un dolor insoportable, cegador, recorrió mi sien. Mis manos temblorosas, inútiles, intentaron agarrarse a la pared como si eso pudiera salvarme. De mi nariz brotó un hilo de sangre caliente.
Vamos, soy el profesor Yoshiya Tatsumagi, aquel respetado —y temido— profesor de lenguas al que todos conocen. Aunque pensándolo bien, la mayoría simplemente me odia. Una sonrisa amarga y autocrítica se dibujó en mis labios agonizantes.
En la mesa que estaba a mi lado, reposaba una novela web que había estado leyendo para matar el tiempo. Una historia de fantasía barata con un protagonista que lo tenía todo. ¿Me pregunto por qué viví esta clase de vida? Una vida gris, dedicada a un trabajo que no me llenaba, huyendo de un amor que nunca me atreví a confesar.
Mis piernas se durmieron. El dolor de mi pecho se expandió, recorriendo mi brazo izquierdo como un río de fuego líquido. Mi respiración se trancó; era como si un puño invisible me apretara la garganta. Me llevé la mano al cuello, desesperado. Mis dedos, temblorosos, se aferraron a mi propia piel, rasguñándola sin que yo sintiera ya el menor dolor.
Caí sobre la cama con el rostro pálido como el papel. ¡COFF, COFF! Tosí violentamente, dejando que un hilillo de saliva sanguinolenta escapara de mi boca.
—¡Yoshiya-kun!
La enfermera se apresuró a mi lado en cuanto vio que me estaba muriendo, literalmente, ante sus ojos.
Conectó el monitor cardíaco con una eficiencia mecánica y fría. No había urgencia real en sus movimientos, ninguna preocupación genuina en sus ojos. Para ella, yo era solo otra emergencia más en su largo y agotador turno. Un trámite.
—¿A quién llamamos? —preguntó con una voz profesionalmente neutra, sosteniendo mi teléfono.
Miré la lista de contactos. Era patéticamente corta, casi humillante. Solo colegas del trabajo, el casero, el restaurante chino de delivery... Nadie realmente importante en mi vida. Nadie a quien le importara una mierda que yo estuviera muriendo.
—A nadie —dije con voz trabada, sintiendo cómo se me partía el alma al pronunciar esas palabras—. No tengo a nadie… y tampoco los necesito.
Mis manos no dejaban de temblar y mis ojos, traicioneros, se llenaron de lágrimas. La enfermera asintió sin decir nada y salió de la habitación, dejándome solo con mi agonía. Al menos me concedió esa pequeña misericordia.
El dolor se extendió desde mi pecho a todo mi ser y luego a mi conciencia, que empezaba a fragmentarse. Mis últimos pensamientos, rebeldes, se fueron al pasado.
Estaba en la cafetería de la universidad, veinticinco años atrás. Mirando a Ayame sonreír mientras me contaba, con los ojos brillantes, sus sueños de abrir una pequeña librería. «Ven conmigo», me había dicho aquella tarde de primavera, su voz mezclándose con el aroma del café. «Deja la universidad por un año. Viajemos juntos, sin planes, sin ataduras. Antes de que la vida real nos alcance».
Y yo, cobarde, ambicioso y estúpido, le respondí con una excusa que me condenó para siempre.
«No puedo. Tengo que terminar mi maestría. Tengo que conseguir el puesto de profesor titular».
Ella se fue sola. Viajó, conoció a alguien más, se casó y tuvo hijos. Construyó la vida que pudo haber sido nuestra. Qué recuerdos tan amargos y punzantes los de mi primer y único amor.
Puse mi mano izquierda sobre el pecho con cuidado, en un gesto casi infantil de autoprotección, y luego me recosté en la cama por última vez.
Cerré los ojos y la oscuridad recorrió mi subconsciente como una marea fría e implacable. Mi cuerpo se movió hacia un lado, inerte, y resbaló al suelo con un golpe sordo. Mi cara quedó apoyada contra la fría base de la cama del hospital.
Qué basura, pensé para mis adentros, como un epitafio final.
El monitor cardíaco emitió un tono continuo y largo. Un pitido plano y eterno que selló mi final. Sentí que algo increíblemente ligero caía sobre mi espalda. ¿Una pluma?, fue lo único que se me vino a la mente en ese instante de transición.
No hubo luz al final del túnel. No hubo ni ángeles, ni demonios, ni un juicio final que pesara mis escasas virtudes y mis incontables pecados. Solo un vacío inmenso y una oscuridad que, en lugar de asustarme, me envolvía con una calma aterradora.
Yo estaba consciente, pero sin cuerpo. Pensando, pero sin cerebro.
¿Cuánto tiempo pasó? ¿Segundos? ¿Años? ¿Es siquiera posible medir el tiempo en la nada?
Entonces, una voz que no era la mía —o que no lo era exactamente— resonó en los oídos que, supuestamente, ya no tenía.
—Qué desperdicio.
¿Eh?
Una pausa. Luego, la misma voz, pero más firme y dirigida a otro lugar.
—Joven Moretti, ¿puede, por favor, prestar atención a la clase?
¿Quién demonios es el «joven Moretti»? ¿Y por qué esa mujer me mira tan fijamente?
Frente a mí, de pie con una postura firme e imponente, había una mujer de aspecto maduro. Su cabello era negro y sedoso, tan largo que le llegaba hasta la cintura, y sobre su nariz descansaban unos anteojos que le daban un aire severo e intelectual. Ella es una profesora. No hay duda. Un profesor siempre reconoce a otro.
No pude evitar sonreír. Había un extraño consuelo en lo familiar. Pero, a la vez, me sentía profundamente incómodo. Algo no encajaba. Miré a mi alrededor, observando detalladamente la habitación. Era un lugar con un penetrante olor a cloro, lleno de pupitres de madera pulcramente alineados. Y niños. Decenas de niños. Podría decir que había más de doscientos, de entre cuatro y siete años, todos con la mirada puesta en mí, unos con curiosidad, otros con burla.
¿Pero qué hago yo aquí? ¿Qué clase de sueño retorcido es este?
Observé mis manos. Eran increíblemente pequeñas. Las manos regordetas y torpes de un niño que no recordaba haber sido.
Pero… si yo acabo de morir. ¿Entonces?
Un dolor agudo y cegador recorrió mi sien. Y entonces, lo entendí. Un torrente de recuerdos que no eran míos se mezcló con mis treinta y ocho años de recuerdos vividos. La fusión fue violenta, caótica. Dos vidas, dos almas, comprimiéndose en un solo cuerpo.
—Lo siento, profesora Evangile —dijo mi boca.
¿Eh?
Parpadeé varias veces, desconcertado. Mis mandíbulas se movieron solas y las palabras salieron de mi boca sin mi consentimiento. El cuerpo de este niño, Joshua Moretti, aún conservaba parte de su instinto, de su memoria muscular.
El hecho me sorprendió, pero mi confusión era más grande. No entendía nada.
La hora de clase terminó con el sonido de una campana. Me levanté del asiento con las piernas temblorosas, porque mi mente adulta no estaba acostumbrada a manejar un cuerpo tan pequeño y débil. Cada paso era un desafío, mis zapatos chirriaban contra el suelo resbaladizo y pulido.
Di mi mayor esfuerzo hasta llegar a la puerta. Solo necesitaba salir, respirar. El pasillo que se extendía ante mí era tan lujoso que parecía sacado de un palacio. Definitivamente, esto no es el Japón moderno.
Muy bien. Recapitulemos. Morí solo y patético en un hospital. Y ahora, por alguna razón cósmica absurda, estoy en el cuerpo de un niño noble en un mundo de fantasía. Una sonrisa, esta vez diferente, se dibujó en mi nuevo rostro. Una mezcla de terror, incredulidad y una chispa de oscura emoción.
Esto va a ser interesante.