Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Todavía Hay Mañanas”
📖 CAPÍTULO 21
“Todavía Hay Mañanas”
El cansancio empezó a convertirse en costumbre.
Y eso era peligroso.
Porque Nicolás estaba aprendiendo a vivir con dolor.
A respirar lento cuando el pecho se apretaba.
A esconder las muecas cuando el corazón se desordenaba.
A fingir tranquilidad para que su mamá no se asustara.
Pero por dentro…
cada día entendía más algo:
el cuerpo sí avisa cuando se está agotando.
Aun así…
esa mañana despertó diferente.
No mejor físicamente.
Mejor por dentro.
Abrió los ojos y por unos segundos no pensó en hospitales.
Ni en diagnósticos.
Ni en miedo.
Pensó en Valeria.
Y eso ya cambiaba todo.
Se quedó mirando el techo mientras la luz del amanecer entraba por la ventana.
Qué cosa tan rara era la vida.
Pasó años despertando vacío…
y ahora que tenía razones para quedarse…
el tiempo parecía perseguirlo.
Escuchó ruido en la cocina.
Su mamá.
El olor a café llenó la casa.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
Nicolás sonrió apenas antes de levantarse.
Entró a la cocina despeinado, todavía medio dormido.
Su mamá lo miró y soltó una pequeña risa.
—Tiene cara horrible.
Nicolás se sentó.
—Gracias por tanto cariño.
—Es la verdad.
Ambos sonrieron.
Y ahí estaba otra vez.
Ese tipo de momento simple que antes le parecía insignificante.
Ahora…
eran tesoros.
Su mamá le sirvió café.
—¿Cómo amaneció?
Nicolás dudó.
Y decidió decir la verdad.
—Cansado…
Pausa.
—Pero tranquilo.
Ella asintió lentamente.
Como si entendiera perfectamente la diferencia.
—Eso ya es bastante.
Sí.
Lo era.
El celular vibró.
Valeria.
"¿Ya despertó?"
El corazón le golpeó distinto.
No dolor.
Algo más cálido.
"Sí."
La respuesta llegó rápido.
"Quiero robarle el día."
Nicolás sonrió solo mirando la pantalla.
Su mamá lo observó desde el otro lado de la mesa.
—Esa sonrisa sí me gusta más.
Él levantó la mirada.
—¿Cuál sonrisa?
—La de alguien que volvió a sentirse vivo.
Silencio corto.
Y Nicolás entendió algo:
tal vez el amor no cura enfermedades…
pero sí cura partes rotas del alma.
Horas después…
Valeria y Nicolás caminaban por el centro de la ciudad.
Sin rumbo.
Como dos personas intentando estirar el tiempo.
Ella llevaba gafas oscuras porque, según dijo, “todavía tenía cara de haber llorado media vida”.
Nicolás soltó una risa.
—Todavía se ve bonita.
Valeria lo miró de lado.
—¿Está coqueteando conmigo después de casi destruirme emocionalmente?
Él sonrió apenas.
—Estoy intentando recuperarme.
—Le toca duro.
Ambos rieron.
Y Nicolás sintió algo extraño:
normalidad.
Por ratos olvidaba la enfermedad.
Y eso daba miedo.
Porque después el cuerpo se encargaba de recordárselo.
Entraron a una cafetería pequeña.
Pidieron algo sencillo.
Y se quedaron hablando de cosas absurdas.
Películas malas.
Canciones viejas.
Recuerdos tontos.
Vida normal.
Y eso…
era exactamente lo que Nicolás necesitaba.
Valeria lo miraba distinto ahora.
Con más cuidado.
Como si estuviera aprendiendo a amarlo con miedo incluido.
—¿Qué? —preguntó él al notar la mirada.
Ella bajó la taza lentamente.
—Estoy intentando no pensar todo el tiempo en que puede pasar algo.
La sinceridad le golpeó duro.
Porque él también lo hacía.
Todo el tiempo.
—Yo también pienso eso —admitió.
Silencio.
—Y me da rabia.
Valeria frunció el ceño.
—¿Rabia por qué?
Nicolás la miró unos segundos antes de responder.
—Porque ahora sí quiero futuro.
Golpe limpio.
Ella bajó la mirada.
Y por un instante…
pareció quebrarse otra vez.
—No diga eso así…
—Pero es verdad.
Pausa.
—Antes me daba igual todo.
La voz se le puso más baja.
—Ahora no.
Valeria respiró profundo.
Y entonces hizo algo inesperado.
Sacó un esfero del bolso.
Tomó una servilleta.
Y escribió algo.
Luego la deslizó hacia él.
Nicolás la miró.
Decía:
“Todavía hay mañanas.”
Él levantó la mirada confundido.
Valeria sonrió apenas.
—Usted vive como si ya todo se hubiera acabado.
Pausa.
—Y todavía está aquí.
Nicolás se quedó mirando la frase.
Simple.
Pero poderosa.
Porque era cierto.
Todavía había mañanas.
Todavía había café.
Risas.
Besos.
Conversaciones.
Todavía había vida.
Y tal vez estaba desperdiciando parte de ella pensando únicamente en el final.
—Guárdela —dijo Valeria.
Nicolás dobló la servilleta con cuidado.
Y la guardó en el bolsillo.
Como si fuera algo importante.
Porque lo era.
Más tarde caminaron otra vez.
La tarde estaba cayendo lentamente.
Y Nicolás iba más callado.
Pensando.
Valeria lo miró.
—¿En qué anda ahora?
Él sonrió leve.
—En que usted tiene la costumbre de decir cosas que me acomodan la vida.
Ella soltó una risa suave.
—Alguien tiene que hacerlo.
Nicolás se detuvo un segundo.
La miró fijo.
Y entendió algo que le dio miedo aceptar:
ya no podía imaginar sus días sin ella.
Y eso era hermoso.
Pero también aterrador.
Porque cuando uno encuentra algo que ama de verdad…
también descubre cuánto puede doler perderlo.
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