En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Dominio reflejante
El amanecer sobre el mar no trajo paz, sino una claridad despiadada. Las marcas en el cuerpo de Fah habían pasado del rojo encendido a un morado profundo, un mapa de posesión que le recordaba, con cada movimiento, quién era su dueña.
Dará no permitió que Fah se ocultara. Para la mañana del interrogatorio, le ordenó vestir una camisa de seda blanca, pero le exigió dejar los dos primeros botones desabrochados. Las marcas bajo la clavícula y el intenso rastro en su cuello eran ahora su verdadera insignia de rango.
El "Traidor Interno" resultó ser Virk, uno de los capitanes de logística que había estado en el despacho cuando Fah gritó a los altos mandos. Lo habían encontrado intentando huir hacia la frontera. Ahora, estaba encadenado a una silla de acero en el nivel inferior del yate, un espacio frío y húmedo donde el único sonido era el chapoteo del agua contra el casco.
La Entrada de la Reina y su Sombra
Dará entró en la sala con la calma de quien va a un jardín, pero Fah caminaba a su lado con una energía renovada, casi depredadora. Virk levantó la vista, con el rostro hinchado y cubierto de sudor.
—Dará... por favor... fue un error, me obligaron —sollozó Virk, pero su voz se cortó al fijarse en Fah.
La joven se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal. Con la camisa ligeramente abierta, las marcas de la noche anterior eran imposibles de ignorar. Virk abrió los ojos de par en par, comprendiendo de inmediato la naturaleza del vínculo que se había sellado. Ya no era solo una protectora; era la favorita, la elegida, la extensión carnal de la voluntad de Dará.
—Mírame bien, Virk —dijo Fah, su voz era un susurro gélido que hizo que el hombre temblara—. Intentaste envenenar a la mujer que me dio la vida. Intentaste tocar lo que es sagrado para mí.
Dará se sentó en una mesa cercana, observando la escena con una copa de agua en la mano, dejando que Fah tomara el control.
—¿Ves estas marcas? —preguntó Fah, señalando con un dedo largo y firme el hematoma de su cuello—. Cada una de ellas es una promesa. Una promesa de que no hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de nosotras. Si ella me marcó así en una noche de pasión, imagina lo que me ordenará hacerte a ti en una tarde de justicia.
Fah tomó el mentón de Virk con la misma fuerza que Dará usaba con ella, pero sin la ternura. Le obligó a mirar las marcas de su clavícula, restregándole en la cara su cercanía absoluta con el poder.
—No eres más que un insecto tratando de morder a una loba —continuó Fah—. Y mi dueña me ha dado permiso para jugar contigo antes de terminar el trabajo.
Virk colapsó emocionalmente. La visión de Fah, tan joven pero tan marcada por el dominio de Dará, le hizo entender que no había negociación posible. No estaba ante una guardaespaldas, estaba ante alguien que amaba su esclavitud.
—¡Hablaré! ¡Diré quién me pagó! ¡Solo manténganla lejos de mí! —gritó Virk, rompiendo en un llanto histérico.
Dará se levantó y caminó hacia Fah,
colocándole una mano en la nuca, justo sobre el borde de su camisa. El contraste entre la piel marcada de Fah y los dedos enguantados de Dará era una imagen de poder absoluto.
—Buen trabajo, mascota —susurró Dará al oído de Fah, mientras Virk confesaba nombres y rutas de contrabando—. Has aprendido rápido. El miedo es útil, pero la devoción... la devoción es lo que realmente quiebra a los hombres.
Dará miró a Virk con desprecio y luego volvió a mirar a Fah, con una chispa de orgullo feroz.
—Llévenselo. Fah, prepárate. Las confesiones de este gusano nos llevan de vuelta a la ciudad. Tenemos una purga que completar.
Fah asintió, sintiendo el ardor de las marcas bajo su ropa como una medalla de honor. El interrogatorio no solo había servido para obtener información; había servido para que Fah entendiera que su sumisión ante Dará era, irónicamente, su mayor fuente de poder ante el resto del mundo.