En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 21
Mateo no volvió hasta entrada la tarde. Cuando apareció en la puerta del supermercado, estaba empapado hasta los huesos, con el pelo pegado a la frente y las manos amoratadas por el frío. Pero la barricada había resistido. Jimena lo vio desde el fondo de la sala, y algo en su pecho se aflojó.
—¿Estás bien? —preguntó cuando él se acercó.
—Sí. Solo mojado.
—¿Has comido algo?
—No he tenido tiempo.
—Pues siéntate. Te traeré algo.
Mateo la miró, y por un instante, su expresión se suavizó.
—¿Me estás cuidando?
—Alguien tiene que hacerlo. Parece que tú no sabes.
Se sentó en un rincón de la cafetería, junto a la estufa, y Jimena fue a buscarle un cuenco de caldo. Cuando volvió, él tenía los ojos cerrados, la cabeza apoyada en la pared, y por un momento pensó que se había dormido. Pero cuando ella se arrodilló a su lado, abrió los ojos.
—Gracias.
—No me des las gracias. Cómete eso.
Él tomó el cuenco con manos temblorosas y bebió un sorbo. El caldo debía de estar caliente, porque hizo una mueca, pero no se quejó.
—¿Cómo están los niños? —preguntó.
—Bien. Asustados, pero bien. Lucía no ha parado de preguntar por ti.
—¿Por mí?
—Dice que tú también sabes lo que es tener miedo. Que por eso te busca cuando se asusta.
Mateo se quedó en silencio, mirando el caldo.
—La primera vez que llovió así después de la pandemia, Elena tenía miedo. Se agarraba a mí y no me soltaba. Le decía que no pasaba nada, que el agua no podía entrar en casa. Pero ella no me creía. Decía que el agua se llevaba las cosas. Y tenía razón.
Jimena se sentó a su lado, sin tocarlo, pero cerca.
—¿Qué se llevó?
—Todo. La casa, las fotos, las cosas de Marta. Cuando volví a buscarlas, después de que… después de que murieran, ya no quedaba nada. El agua había entrado por una ventana rota y lo había arrasado.
—¿Y nunca volviste?
—No. Preferí recordar cómo era antes. No cómo quedó después.
La tormenta rugía afuera, pero dentro de la cafetería, junto a la estufa, había una burbuja de silencio. Jimena escuchaba la respiración de Mateo, el ruido de sus manos alrededor del cuenco, el leve crujido de la leña al arder.
—Yo también perdí cosas —dijo al fin—. No por el agua, sino por la gente. Cuando el hospital colapsó, todo se descontroló. La gente entraba y salía, se llevaban lo que podían. La noche que Carlos murió, alguien se llevó su chaqueta. La que llevaba siempre, la que le había regalado su madre. No sé quién fue, ni por qué lo hizo. Pero a veces pienso que si hubiera estado más atenta, podría haberla salvado.
—No es lo mismo una chaqueta que una persona.
—No. Pero duele igual. Perder algo que te recuerda a alguien. Algo que te conecta con ellos.
Mateo asintió lentamente.
—¿Y qué te queda de él?
Jimena se llevó la mano al pecho, donde guardaba la fotografía doblada.
—Una foto. Y el cuchillo. Y los recuerdos.
—¿Suficiente?
—Tiene que serlo.
Él terminó el caldo y dejó el cuenco en el suelo. Por un momento, se quedaron en silencio, escuchando la lluvia golpear las ventanas.
—Jimena —dijo él—. ¿Por qué te quedaste con él hasta el final? Sabías que iba a morir.
—Porque no quería que estuviera solo. Porque si yo me iba, se habría muerto solo, con extraños, en un pasillo lleno de ruido. Y eso no es justo. Nadie debería morir así.
—¿Y tú? ¿Quién se quedará contigo cuando te llegue el momento?
Jimena sintió la pregunta como un puñetazo en el pecho. No porque fuera cruel, sino porque era honesta.
—No lo sé —respondió—. Espero que no sea pronto.
—No lo será. No si puedo evitarlo.
Se miraron, y en los ojos de Mateo, Jimena vio algo que no esperaba. No era lástima, ni compasión. Era una promesa.
Afuera, la tormenta empezaba a amainar. El viento se había calmado, y la lluvia caía ahora con una intensidad menor, como si la furia se hubiera agotado. Poco a poco, la gente comenzó a moverse, a salir de sus refugios, a evaluar los daños.
Mateo se puso en pie.
—Tengo que ir a ver las barricadas. Y a la gente que se quedó fuera.
—Yo te acompaño.
—No hace falta. Quédate con los niños.
—Los niños están bien. Y yo necesito ver.
No discutió. Salieron juntos a la plaza, donde el agua aún les llegaba a los tobillos. Las chabolas del frente estaban destrozadas, con los techos hundidos y las paredes de lona hecha jirones. Un grupo de personas caminaba entre los restos, recogiendo lo que podían salvar.
Jimena vio a una mujer mayor arrodillada entre los escombros de lo que había sido su casa, llorando en silencio. Se acercó a ella.
—¿Está herida?
La mujer levantó la cabeza. Tenía la cara surcada por las lágrimas, pero no parecía tener ninguna herida.
—Todo —dijo con voz quebrada—. Todo lo que tenía.
Jimena se arrodilló a su lado y comenzó a apartar los restos, buscando algo que pudiera salvarse. Encontró una fotografía, pegada al barro, y la limpió con cuidado. Era un hombre joven, sonriendo, con una niña en brazos.
—¿Su marido?
—Mi hijo. Murió en la pandemia. Me quedé con esa foto. Y ahora…
—Ahora la tiene otra vez. Mire.
Le tendió la fotografía, y la mujer la tomó con manos temblorosas. La sostuvo contra el pecho, como si fuera lo más valioso del mundo.
—Gracias —susurró.
—De nada. ¿Cómo se llama?
—Sara.
—Sara, ¿tiene dónde dormir esta noche?
—No lo sé. Mi chabola…
—Venga conmigo. En el supermercado hay sitio para todos.
Ayudó a la mujer a levantarse y la llevó hacia la entrada. De camino, se cruzó con Mateo, que la miró con una expresión que no supo interpretar.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Solo pensaba que eres buena en esto.
—¿En qué?
—En cuidar. En hacer que la gente se sienta menos sola.
Jimena no respondió. Pero cuando pasó a su lado, sintió que él le rozaba la mano, un gesto breve, casi imperceptible, que le calentó el pecho más que cualquier palabra.
Esa noche, cuando todo estuvo más o menos ordenado y la gente se acomodó en el supermercado para pasar la noche, Jimena se sentó en un rincón de la cafetería, con los niños durmiendo a su alrededor. Lucía había conseguido dormirse con la cabeza apoyada en su regazo, y los mellizos estaban enroscados como dos gatitos en una colchoneta cercana.
Mateo apareció en la puerta, con dos mantas en los brazos.
—Para ti —dijo, tendiéndole una—. La otra es para los niños.
—Gracias.
Se sentó a su lado, en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Por un momento, estuvieron en silencio, escuchando la respiración de los niños.
—Hoy hiciste algo bueno —dijo él.
—¿El qué?
—Salir. Ayudar. No quedarte dentro con los niños cuando todo el mundo necesitaba a alguien que les dijera que todo iba a estar bien.
—No fui la única.
—No. Pero fuiste la primera.
Jimena apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.
—¿Crees que podremos reconstruir? —preguntó—. Las chabolas, los huertos… todo.
—Sí. Ya lo hemos hecho antes. Lo haremos otra vez.
—¿Y si vuelve a pasar? ¿Si la tormenta es peor la próxima vez?
—Entonces nos prepararemos mejor. Construiremos canales, elevaremos las chabolas, haremos lo que sea necesario.
—¿Y si no es suficiente?
Mateo se volvió hacia ella. En la penumbra, sus ojos brillaban.
—Entonces buscaremos otra forma. Pero no nos rendiremos. Eso te lo prometo.
Jimena abrió los ojos y lo miró.
—¿Siempre has sido así? ¿Tan seguro de todo?
Él rio suavemente.
—No. Antes de la pandemia, era un desastre. No sabía qué hacer con mi vida. Trabajaba en una oficina, llegaba a casa y me sentaba en el sofá. Marta era la que llevaba la casa, la que tomaba las decisiones. Cuando ella murió, tuve que aprender a ser yo el que decidía.
—¿Y Elena?
—Elena me enseñó a ser valiente. Una vez, cuando tenía cuatro años, se cayó de un columpio y se rompió el brazo. No lloró. Me miró y dijo: “Papá, duele, pero no pasa nada”. Desde entonces, cada vez que algo duele, pienso en ella y sé que no pasa nada.
Jimena sonrió.
—Carlos decía algo parecido. “El dolor es como una ola. Hay que dejar que pase, no luchar contra ella”.
—Era un hombre sabio.
—Lo era.
Se quedaron en silencio, y esta vez el silencio era cómodo, como una manta que los envolvía a los dos.
—Mateo —dijo ella al fin.
—Dime.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿De qué?
—De no estar a la altura. De que un día la gente deje de creer en mí. De que todo esto se desmorone y no pueda hacer nada para evitarlo.
—Eso no va a pasar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hoy vi cómo hablabas con la gente. Cómo los calmabas. Cómo los hacías sentir seguros. Eso no se finge.
Mateo no respondió, pero ella sintió que su hombro se relajaba, que la tensión que había llevado todo el día comenzaba a disolverse.
—Jimena —dijo después de un rato.
—¿Qué?
—¿Te quedarás? Cuando todo esto termine. Cuando los niños estén bien y el mercado esté reconstruido. ¿Te quedarás?
La pregunta flotó en el aire, cargada de un significado que iba más allá de las palabras. Jimena pensó en la farmacia, en su colchón tras el mostrador, en el silencio de las calles vacías. Pensó en el señor Gutiérrez, en Roxana, en la mujer del ático. Pensó en Carlos, en lo que le habría dicho.
"La gente no necesita que la salven. Necesita que la acompañen".
—Me quedaré —dijo.
Y cuando sintió la mano de Mateo buscar la suya en la penumbra, no se apartó.