En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
El invierno comenzaba a lamer las piedras de Vesperia con una lengua de escarcha, pero en los callejones del Distrito de los Susurros, el frío no era más que un acompañante habitual. Atraeus caminaba con la seguridad de quien posee la noche. Su capa, forrada con piel de lobo negro, ondeaba tras él como un jirón de sombra desprendido de los muros. Se detuvo ante una puerta de hierro reforzado, sin señal alguna, situada en la parte trasera de una botica en ruinas.
Un golpe seco, seguido de un patrón rítmico. Una mirilla se deslizó.
—El cuervo vuela bajo —susurró una voz áspera desde el otro lado.
—Pero sus garras son largas —respondió Atraeus, su tono gélido.
La puerta se abrió con un gemido de metal. En el interior, la oscuridad estaba apenas rota por una lámpara de aceite sobre una mesa de madera podrida. Un hombre encapuchado, cuya presencia desprendía un olor a moho y tinta vieja, lo esperaba. Sobre la mesa descansaba una caja de madera de ébano con el emblema de un cuervo con las alas desplegadas, grabado en plata.
—El cliente es generoso, pero exigente —dijo el contacto, empujando la caja hacia él—. No quiere una muerte física. Eso sería demasiado misericordioso para Lord Kaelen. Quiere que su nombre sea sinónimo de traición. Quiere que su propia familia lo repudie antes de que el verdugo toque su cuello.
Atraeus abrió la caja. Dentro, encontró un anillo de sello que reconoció de inmediato: el emblema del Gran Justicia, y un fajo de cartas atadas con seda roja. Escaneó rápidamente el contenido. Eran comunicaciones con los rebeldes del Norte, pruebas de malversación de fondos destinados a las murallas de la ciudad. El problema es que eran demasiado perfectas.
—Son falsificaciones de alta calidad —observó Atraeus, pasando un dedo por el papel—. Pero Kaelen es un hombre de detalles. Si voy a hundirlo, no puedo usar solo mentiras. Necesito su propia verdad retorcida para que el golpe sea letal.
—Por eso te buscamos a ti, Atraeus. Nadie conoce las cloacas de la nobleza como tú. Haz que estas cartas parezcan el menor de sus pecados. Tienes diez días antes del Consejo de Invierno.
Atraeus cerró la caja con un chasquido.
—Dile a tu amo que el Cuervo tendrá su banquete. Pero el precio ha subido. Quiero el control de las aduanas del Este cuando Kaelen caiga.
Sin esperar respuesta, salió de nuevo a la noche. Su mente ya estaba trazando el mapa de la caída de Kaelen. El Gran Justicia era el pilar de la moralidad del Rey Helios. Si ese pilar se resquebrajaba, toda la estructura de la corte se inclinaría, permitiendo que Atraeus se filtrara por las grietas.
Al regresar a su torre, encontró a Thera revisando unos mapas sobre el suelo de mármol, rodeada de velas negras. Ella levantó la vista, sus ojos ámbar brillando con una curiosidad depredadora.
—Has aceptado el encargo —afirmó ella, no como una pregunta, sino como una conclusión—. Kaelen es un hueso duro, Atraeus. Su reputación es su armadura. Es incorruptible, o al menos eso cree el pueblo.
—Todos son corruptibles, Thera. Algunos solo necesitan el precio adecuado, otros la presión correcta en el lugar más vulnerable —Atraeus arrojó la caja sobre la mesa—. El Cuervo quiere su cabeza social. El problema es que Kaelen es tan puritano que incluso sus vicios son aburridos.
Thera se levantó, su túnica de seda gris deslizándose sobre sus curvas con un susurro provocador. Se acercó a él, rodeándolo como una pantera.
—Su debilidad no es el dinero ni las mujeres —dijo ella, su voz cerca de su oído—. Es su hijo, Valerius. El chico tiene una deuda de juego que podría comprar media ciudad, y una afición por las reliquias prohibidas que haría que la Inquisición lo quemara vivo. Kaelen lo ha estado encubriendo durante años, usando su poder para borrar las huellas de su heredero.
Atraeus sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos, que permanecían oscuros y calculadores.
—Hipocresía. La grieta perfecta. Si exponemos que el hombre que firma las sentencias de muerte por robo está financiando el contrabando de magia negra de su hijo, la ciudad pedirá su sangre.
—Pero necesitamos pruebas físicas, Atraeus. No solo cartas —Thera puso una mano en el pecho de él, sintiendo el latido constante y frío—. Valerius tiene una cita mañana en el Mercado Negro. Quiere comprar el Ojo de Azrath. Si lo atrapamos con las manos en el artefacto...
Atraeus la atrapó por la cintura, atrayéndola bruscamente hacia sí. La tensión entre ellos, que siempre oscilaba entre la competencia intelectual y la atracción carnal, se volvió eléctrica.
—Eres brillante, Thera. Y peligrosa. A veces me pregunto si estás planeando mi propia caída mientras me ayudas con las de los demás.
—Si planeara tu caída, querido, ya estarías en el suelo —respondió ella con una sonrisa desafiante, rodeando su cuello con los brazos—. Pero por ahora, me resulta mucho más entretenido verte ascender.
El deseo, alimentado por la adrenalina de la conspiración, estalló entre ellos. Atraeus la besó con una ferocidad que buscaba dominio, una forma de recordarse a sí mismo que, a pesar de sus crecientes sentimientos, él seguía siendo el dueño del juego. La levantó, llevándola hacia el diván de terciopelo frente a la chimenea.
La ropa fue descartada con impaciencia. En la penumbra de la habitación, sus cuerpos se entrelazaron en una danza de sombras y piel. Atraeus era un amante exigente, movido por una intensidad que rozaba la obsesión. Sus manos recorrían el cuerpo de Thera con la precisión de quien cartografía un territorio conquistado, encontrando los puntos donde su resistencia se desmoronaba.
—Dime que este es nuestro pacto —gruñó él contra su piel, mientras su lengua trazaba la línea de su clavícula—. Sangre y sombras, Thera. No hay vuelta atrás.
—Nunca la hubo —jadeó ella, arqueándose bajo él, sus uñas marcando su espalda—. Úsame, Atraeus. Úsame para construir tu imperio, y yo te usaré para incendiar el mundo que me dio la espalda.
El acto fue una mezcla de pasión y poder. Cada embestida de Atraeus era un reclamo, una forma de sellar su alianza en el lenguaje de la carne. Thera respondía con una entrega que no era sumisión, sino un desafío; ella era el fuego que él intentaba controlar, y él era la oscuridad que ella necesitaba para brillar. En ese espacio íntimo, los malentendidos y las sospechas se disolvían temporalmente, dejando paso a una verdad física que ninguno de los dos podía negar.
Cuando finalmente el agotamiento los reclamó, permanecieron en silencio, observando cómo las llamas de la chimenea proyectaban formas grotescas en las paredes. El "Vínculo de Sombra" se había transformado en algo más tangible, algo que dolería perder.
—Mañana empezaremos con Valerius —dijo Atraeus finalmente, su voz recuperando su tono de mando mientras acariciaba el cabello oscuro de Thera—. Infiltraremos a uno de nuestros hombres como el vendedor del artefacto. Quiero que Kaelen reciba la noticia de la detención de su hijo mientras está sentado en el estrado del juicio.
—Será una caída pública devastadora —coincidió Thera, apoyando la cabeza en su hombro—. El pueblo lo verá como un traidor a sus propias leyes. La corona no tendrá más remedio que sacrificarlo para salvar su propia imagen.
Atraeus se levantó, caminando desnudo hacia la ventana. Desde allí podía ver las luces distantes del Palacio Real.
—Kaelen es solo el primero —murmuró—. Una vez que la justicia caiga, el orden se romperá. Y en el caos, la gente buscará a alguien que pueda poner orden. Alguien que conozca las leyes de las sombras mejor que nadie.
—Estás jugando con fuego, Atraeus —dijo Thera, levantándose y envolviéndose en una manta—. Si el Rey sospecha que tú estás detrás de esto, no enviará a la guardia. Enviará a sus asesinos personales.
Atraeus se giró, y por un segundo, la luz de la luna reveló la cicatriz que cruzaba su pecho, un recordatorio constante de su pasado como bastardo despreciado.
—Que los envíe. He pasado toda mi vida sobreviviendo a hombres que se creían dioses. Es hora de que los dioses aprendan a temer a los hombres que crearon en su desprecio.
El plan estaba en marcha. El "Encargo del Cuervo" no era solo un trabajo; era la llave maestra que abriría las puertas de la ciudad a su voluntad. Atraeus sabía que cada paso que daba lo acercaba más a su venganza final, pero también sabía que, en este laberinto de traiciones, la lealtad era la mercancía más cara y la más fácil de falsificar.
Mientras se preparaban para la misión del día siguiente, una sombra se movió en el balcón exterior de la torre, casi imperceptible. Un observador silencioso que había presenciado todo. Pero Atraeus, cegado por su propia ambición y el calor de Thera, no se dio cuenta de que el Cuervo no solo enviaba mensajes, también vigilaba a sus mensajeros.