Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 21: Esmeralda
...Esmeralda...
El aroma a tierra mojada y jazmín de la noche se filtraba por la ventana, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, anclada en esa pendiente. Me toqué las mejillas; todavía podía sentir el calor subiendo por mi cuello al recordar la firmeza de unos brazos que me salvaron de una caída segura. Rances. Su nombre resonaba en mi cabeza con una nota de misterio. Aquel contacto, el más cercano que jamás había tenido con un hombre, me resultaba inquietante y, a la vez, magnético.
Él parecía una roca: puntual, imperturbable, de principios férreos. No se había inmutado al ayudarme con mis plantas, tratándome con cortesía casi, pero para mí, esa cercanía física había fracturado el muro de cristal en el que siempre me he refugiado. Siempre he sido la "prudente", la que camina por el sendero seguro para no tropezar. Pero hoy, ese sendero se sentía estrecho y aburrido.
—¡Hermana! ¡Hey, hermana! —La voz de Esteban rompió mi burbuja de ensimismamiento.
Parpadeé, enfocando su rostro preocupado.
—Esmeralda, ¿estás bien? Parece que estás en otro planeta.
—Sí, todo bien, no te preocupes —respondí, tratando de forzar una sonrisa natural.
Pero Esteban tenía ojos de halcón cuando se trataba de mí. Se acercó y me tomó del brazo, señalando el raspón que cruzaba mi piel blanca y la pequeña marca en mi mejilla.
—¿Qué te ocurrió? —Su tono subió una octava, cargado de esa protección casi asfixiante que lo caracteriza—. ¿Por qué tienes esto?
—No es nada, de verdad. Buscaba unas muestras de plantas y resbalé entre una enredadera —mentí a medias, omitiendo el detalle de quién me había recogido del suelo.
—¿Seguro? —insistió, entrecerrando los ojos.
—Seguro... —suspiré para cambiar de tema—. Cuéntame, ¿qué venías a decirme con tanta urgencia?
Esteban se relajó un poco, aunque no quitó la mano de mi hombro.
—Papá y yo tenemos que viajar. Hay un asunto de la empresa que resolver, algo rápido de dos días. Mamá se coló, ya sabes cómo es ella; dice que necesita "compras de emergencia". Nos encontraremos con los tíos allá. ¿Quieres venir? Nos vendría bien tu compañía.
—No... prefiero quedarme, hermano —dije sin dudarlo. La idea de una ciudad ruidosa y cenas sociales me agotaba de solo pensarla—. Tengo unos cultivos nuevos que requieren toda mi atención ahora mismo.
—¿Te quedarás aquí sola o irás a la casa principal con los primos?
—No lo sé todavía. Veré cómo avanza el trabajo —le resté importancia.
Esteban me sonrió con esa dulzura que lo hace el hermano más querido del mundo.
—¿Qué quieres que te traiga mi preciosa hermana? Algún libro, alguna esencia... pide lo que quieras.
—Nada, Esteban. Solo que regresen pronto y a salvo. Y hazme un favor: trata de no escabullirte de fiesta por allá. Ya te conozco, no les des dolores de cabeza a los padres para luego volver con esos ojos ojerosos de tanto trasnochar.
—¡Como mande su señoría! —se burló haciendo una reverencia cómica antes de abrazarme—. Nos vamos ya. Cuídate mucho.
Tras despedirlos, busqué refugio en mi "santuario", mi invernadero personal. Intenté concentrarme en las raíces y las hojas, pero mi propio cerebro me saboteaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada de Rances. Estaba harta de mi propio autosabotaje mental. Necesitaba ruido, otras voces, algo que apagara el eco de aquel encuentro.
Decidí visitar a Sofía y Gabriela. Unos minutos después, ya estaba en su casa. Las encontré terminando de desayunar en una calma que pronto se tornó en tensión cuando mencioné a Julián.
—¿Y Julián? —pregunté casi por inercia.
—Mejor ni preguntes —bufó Sofía—. Debe estar con su socio.
—¿Ocurrió algo?
—Nada, prima —intervino Gabriela con un desgano que le pesaba en los hombros—. Solo Julián siendo Julián conmigo. En fin... no vale la pena hablar de eso.
Sofía, golpeó la mesa suavemente.
—Tengo una idea. Para aliviar las cargas de estos días, propongo algo diferente. Durante el día estaré ocupada, pero esta noche... noche de chicas. Bowling y luego unos tragos. ¿Qué dicen?
—No sé... me da un poco de pereza salir —empecé a decir, pero Gabriela me cortó de raíz.
—¡¿Qué?! De ninguna manera. Una invitación así es inusual viniendo de Sofía, y yo necesito un respiro. Somos dos contra una, Esmeralda. No tienes escapatoria.
—Vale, vale... está bien —cedí, pensando que quizás el alcohol y las risas eran exactamente la medicina que necesitaba.
A las ocho en punto, el auto de mis primas apareció por el camino de la finca. Yo me había arreglado sin demasiado esmero: un vestido ligero que favorecía mi figura sin ser pretencioso y el cabello suelto. Nos veíamos guapas, con esa chispa de libertad que solo se siente cuando los padres no están cerca.
El bowling fue un caos de risas y competencia torpe. Por un par de horas, olvidé mi timidez. Luego, Gabriela insistió en ir a un micro bar de moda. Yo no suelo beber; el sabor del alcohol nunca me ha fascinado, pero ver a Gabi tan decaída por los desplantes de Julián me hizo querer acompañarla. Queríamos que recuperara su espíritu vibrante.
Primero fue una ronda de tequila. El fuego me quemó la garganta, haciéndome toser. Luego vinieron los gin tonics, frescos pero engañosos. Para cuando iba por mi cuarta copa, el mundo había empezado a suavizar sus bordes. Mi resistencia es nula, y sentía la piel encendida y una risa tonta escapando de mis labios ante cualquier comentario.
—Ya no podemos manejar —decretó Sofía con la voz ligeramente arrastrada—. Estamos... suficientemente alegres. Llamaré a un taxi.
Justo cuando buscaba su teléfono, Sofía se quedó petrificada mirando hacia la barra.
—¿Rances? —susurró primero, y luego más fuerte—: ¡Rances!
El corazón me dio un vuelco violento. Mis nervios, ya alterados por el alcohol, se pusieron a flor de piel. ¿Por qué reaccionaba así? Apenas lo conocía. ¿Acaso me gustaba? La sola idea me dio más vértigo que el tequila.
Él se giró con su aura imperturbable. No mostró sorpresa, solo esa calma gélida que parecía protegerlo del mundo.