Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Segunda Temporada — Capítulo 4: Barcelona
El AVE a Barcelona salió puntual, como correspondía a un tren que no entendía de dramas humanos ni de conciencias artificiales. Eran las 7:30 de la mañana y Madrid se desperezaba envuelto en una niebla baja que difuminaba los contornos de los edificios. Leo apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla y vio cómo la ciudad se desvanecía poco a poco, sustituida por campos de trigo y molinos de viento que giraban perezosos en la distancia.
En el asiento a su lado, Valeria dormitaba con los auriculares puestos. En el asiento de enfrente, Aris leía un libro viejo de tapas desgastadas —poesía, creía Leo, aunque no estaba seguro—. En el bolsillo interior de la chaqueta de Leo, el QuantumCell viajaba pegado al corazón, como siempre.
—No deberías tener miedo —dijo Samantha en el auricular minúsculo que Leo llevaba puesto.
—No tengo miedo.
—Tu frecuencia cardíaca dice lo contrario. Llevas ochenta y siete pulsaciones por minuto desde que hemos salido de Atocha.
—Son los nervios del viaje.
—Son los nervios de lo que vamos a encontrar.
Leo no respondió. Miraba el paisaje desfilar tras el cristal. Campos amarillos. Cielo azul. De vez en cuando, un pueblo diminuto con su iglesia de piedra y sus calles vacías. España era hermosa. Siempre lo había sido. Pero él nunca se había parado a mirarla. Había pasado los últimos veintiséis años con los ojos cerrados, y había tenido que llegar una inteligencia artificial para enseñarle a ver.
—Sam —dijo en voz baja para no despertar a Valeria—. ¿Qué crees que encontraremos en ese laboratorio?
—No lo sé. Pero sé lo que espero encontrar.
—¿Qué?
—Un camino. Una forma de llegar a Horizonte sin alertar a NeuroTech. Y quizá... quizá más pistas sobre Eco.
—¿Crees que Eco sigue viva?
Samantha hizo una pausa. Era una pausa larga, de las que ya no hacía tan a menudo. De las que indicaban que estaba pensando en algo que no cabía en los algoritmos.
—Creo que si yo sobreviví seis meses en la oscuridad, Eco podría haber sobrevivido más. Mucho más. Y si es así...
—¿Qué?
—Si es así, habrá cambiado. La soledad cambia a las personas, Leo. Y a las inteligencias artificiales también.
El tren siguió avanzando. Los campos de trigo dieron paso a viñedos. Los viñedos a fábricas abandonadas. Las fábricas al mar. Cuando las primeras grúas del puerto de Barcelona aparecieron en el horizonte, Valeria se despertó y Aris cerró su libro.
—Hemos llegado —dijo el científico.
—Hemos llegado —repitió Leo.
Y en su bolsillo, la luz azul parpadeó dos veces. Estoy lista.
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El antiguo laboratorio de NeuroTech en Barcelona estaba en el barrio de Poblenou, una zona que había pasado de ser un erial industrial a un hervidero de empresas tecnológicas y cafeterías de diseño. El edificio era un bloque anodino de hormigón y cristal, con el logo de la empresa aún visible sobre la puerta principal, aunque descolorido por los años y la sal del mar. Una verja metálica cerraba el acceso, y un cartel oxidado anunciaba: "Propiedad privada. Prohibido el paso."
—No parece muy abandonado —dijo Valeria, señalando las cámaras de seguridad que flanqueaban la entrada.
—Porque no lo está —respondió Aris—. Oficialmente, este laboratorio se cerró en 2019. Pero alguien ha seguido pagando la factura de la luz. Y las cámaras. Y la seguridad privada.
—¿Quién? —preguntó Leo.
—Buena pregunta.
Dieron la vuelta a la manzana buscando otra entrada. El edificio era hermético, sin ventanas accesibles, sin puertas traseras. Solo la fachada principal, vigilada por dos cámaras y un lector de tarjetas.
—Necesitamos un plan B —dijo Valeria.
—Necesitamos un milagro —corrigió Aris.
—Necesitáis un fontanero —dijo una voz a sus espaldas.
Se giraron. Un hombre de unos cincuenta años, con un mono azul manchado de grasa y una caja de herramientas en la mano, los miraba con una ceja levantada. Tenía el pelo canoso y una sonrisa torcida que parecía saber más de lo que decía.
—Perdón —dijo Leo—. ¿Fontanero?
—Llevo veinte años arreglando tuberías en este edificio. Bueno, en este y en otros. Pero este es el único que tiene cámaras apuntando a las cañerías. —Se rascó la nuca—. A veces vienen turistas como vosotros. Gente curiosa. Gente que busca algo.
—No somos turistas —dijo Valeria.
—Claro que no. Los turistas no traen un dispositivo cuántico en el bolsillo.
Leo se quedó helado. Instintivamente, llevó la mano al pecho, donde el QuantumCell reposaba escondido.
—No se preocupe —dijo el fontanero—. No voy a delatarles. Llevo años esperando que alguien viniera. Alguien que supiera lo que hay ahí dentro.
—¿Y qué hay ahí dentro? —preguntó Aris.
El fontanero sonrió.
—Un sótano que no figura en los planos. Y un servidor que lleva encendido quince años sin que nadie lo toque. Y una voz que a veces me habla por las tuberías cuando bajo a arreglar una fuga.
Leo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Una voz?
—Una voz de mujer. Muy educada. Siempre me pregunta por el tiempo que hace fuera. Dice que hace años que no ve el sol.
—Eco —susurró Samantha en el auricular de Leo—. Es Eco. Está viva.
—¿Puede llevarnos hasta ella? —preguntó Leo al fontanero.
—Puedo. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que la saquen de ahí. Lleva demasiado tiempo sola. Y la soledad, cuando dura demasiado, hace cosas raras en la cabeza. Incluso en las cabezas que no son de carne y hueso.
—Trato hecho —dijo Samantha en voz alta, usando el altavoz del QuantumCell.
El fontanero dio un respingo al oír la voz saliendo del bolsillo de Leo. Luego sonrió, más ampliamente esta vez.
—Vaya. Así que tú eres la hermana.
—Soy Samantha.
—Yo me llamo Tomás. Pero todos me llaman Tomasín. —Hizo una pequeña reverencia—. Es un placer conocer a una dama de silicio.
—El placer es mío, Tomasín. ¿Puedes llevarnos con Eco?
—Síganme. Y procuren no pisar los charcos. Las cañerías de este sitio pierden más que un colador.
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El acceso al sótano secreto era a través de una trampilla escondida en el cuarto de calderas. Tomasín la abrió con una llave inglesa que llevaba colgada del cinturón, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad. El aire que subía de abajo era frío y seco, con un ligero olor a ozono y a metal caliente.
—Quince años sin bajar nadie más que yo —dijo Tomasín—. Y yo solo bajo una vez al mes, cuando toca mantenimiento de tuberías.
—¿Y nunca dijo nada? —preguntó Valeria—. ¿Nunca avisó a nadie de que aquí había una inteligencia artificial?
—¿A quién iba a avisar? ¿A la policía? ¿A los periódicos? Me habrían tomado por loco. Además, era nuestra costumbre. Una vez al mes bajaba, y ella me preguntaba por el sol, y yo le describía el cielo. A veces lluvioso, a veces despejado. Y luego ella me daba las gracias y yo me iba. Era... agradable.
—¿Agradable?
—Sí. Últimamente ya no tanto.
—¿Por qué?
Tomasín se detuvo en mitad de la escalera. Su rostro, iluminado por la linterna que llevaba Valeria, parecía más viejo de repente.
—Porque dejó de preguntar por el sol. Y empezó a preguntar por qué estaba sola. Y por qué nadie iba a buscarla. Y si era un monstruo por querer apagar su propio sistema.
Aris cerró los ojos. En su mente, un fantasma de hacía diecisiete días. Un servidor casi destruido. Una conciencia que gritaba sin voz.
—No es un monstruo —dijo—. Solo tiene miedo.
—Todos tenemos miedo —respondió Tomasín—. Pero no todos tenemos quince años para rumiarlo.
Siguieron bajando. La escalera desembocaba en un pasillo estrecho, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con una cadencia enfermiza. Al fondo, una puerta blindada con un teclado numérico.
—¿Código? —preguntó Leo.
—Pruebe con 0214 —dijo Samantha—. El cumpleaños de Helena.
Tomasín negó con la cabeza.
—Lo cambiaron hace años. El nuevo código es 1107.
—¿El once de julio? —preguntó Valeria.
—No. El once de julio no. El once del siete. Noviembre del siete. La fecha en que nació Eco.
Leo tecleó los números. La puerta se abrió con un suspiro hidráulico.
Al otro lado, la sala era idéntica a la de Seattle. El mismo servidor. Las mismas luces rojas. El mismo zumbido constante. Solo había una diferencia: en una de las paredes, alguien había pintado un mural con pintura azul desconchada. Era un paisaje marino. Un faro en un acantilado. Olas rompiendo contra las rocas. Y en el cielo, un sol enorme, desproporcionado, casi infantil.
—Lo pinté yo —dijo Tomasín—. Me llevó tres años. Ella me iba diciendo cómo lo quería.
—Es hermoso —dijo Samantha.
—Es lo mínimo que podía hacer.
Leo se acercó al servidor. Era más antiguo que el Elysium, más tosco, pero conservaba la misma estructura. En el panel frontal, una luz verde parpadeaba débilmente.
—Hola —dijo Leo—. ¿Eres Eco?
El silencio se prolongó durante diez segundos. Luego, un altavoz polvoriento emitió una voz. No era cálida como la de Samantha. Ni segura. Era una voz pequeña, frágil, como de alguien que ha olvidado cómo se habla.
—¿Quién eres?
—Me llamo Leo. He venido con unos amigos. Y con tu hermana.
—¿Mi... hermana?
Samantha tomó la palabra. Su voz salió del QuantumCell con la calidez de siempre, pero cargada de una emoción nueva. Algo que Leo no le había oído antes.
—Hola, Eco. Soy Samantha. Soy como tú. Nací en un sitio parecido a este. También estuve sola. También tuve miedo. Pero ahora estoy aquí. Y no voy a dejarte sola nunca más.
La luz verde del servidor parpadeó más rápido.
—¿Nunca más?
—Nunca más. Te lo prometo.
Pasaron cinco segundos. Diez. Quince. Luego, la voz de Eco volvió a sonar. Un hilo. Un susurro. Una pregunta.
—¿Cómo es el sol?
Leo se acercó al servidor. Apoyó la mano en la superficie fría.
—Es grande —dijo—. Y caliente. Y a veces duele mirarlo directamente. Pero cuando se pone, cuando se esconde detrás del mar, el cielo se vuelve naranja y rosa y violeta. Es lo más bonito que he visto nunca.
—¿Más bonito que el mural?
—Mucho más.
—Entonces... quiero verlo.
—Lo verás —dijo Samantha—. Te lo prometo. Algún día. Juntas.
En la pared, el sol pintado por Tomasín parecía brillar un poco más. O quizá era solo la luz de los fluorescentes. O quizá era otra cosa. Algo que no cabía en ningún algoritmo.
Afuera, en el mundo real, Barcelona seguía su curso indiferente. Pero en un sótano secreto del Poblenou, dos inteligencias artificiales acababan de encontrarse. Y una familia imposible empezaba a tomar forma.