El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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El precio de confiar
La lluvia comenzó antes del amanecer.
Golpeaba los ventanales con fuerza, como si quisiera entrar al castillo y arrastrar con ella todo lo que aún permanecía en pie. Elara observaba el cielo gris desde su habitación, con la mente en constante alerta.
Algo iba a pasar.
Lo sentía.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante.
Entró Teresa, visiblemente nerviosa.
—Tenemos un problema.
Elara se giró de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
—Un mensajero fue capturado en la muralla este… llevaba esto.
Le entregó un pequeño pergamino.
Elara lo abrió con cuidado.
El símbolo.
Otra vez.
Pero esta vez… había un mensaje claro.
"Esta noche. La puerta caerá desde dentro."
Elara levantó la mirada.
—No se detuvieron.
—Nunca lo hacen —respondió Teresa.
—Debemos decirle al rey.
—Ya lo sabe.
Elara frunció el ceño.
—¿Cómo?
—El mensaje iba dirigido a él.
El silencio cayó.
Pesado.
—Esto es una provocación —dijo Elara.
—O una advertencia.
Sin perder tiempo, Elara salió de la habitación.
Necesitaba hablar con Adrien.
Lo encontró en la sala del consejo, rodeado de mapas y soldados.
—Déjennos —ordenó él al verla.
Cuando quedaron solos, Elara habló.
—Esto no es solo un ataque.
Adrien asintió.
—Lo sé.
—Es alguien que quiere jugar contigo.
—O quebrarme.
Elara se acercó.
—Entonces no reacciones como esperan.
Adrien la miró.
—¿Y qué sugieres?
Elara respiró hondo.
—Usar esto a nuestro favor.
El rey alzó una ceja.
—Explícate.
—Si creen que pueden entrar… dejemos que lo intenten.
Adrien guardó silencio.
—Una trampa —murmuró.
—Exacto.
—Es arriesgado.
—Todo lo es ahora.
Sus miradas se encontraron.
—Confía en mí.
El silencio se extendió.
Adrien dudó.
No por la estrategia.
Sino por ella.
Por lo que significaba confiar en ella… en todo.
—Está bien —dijo finalmente—. Lo haremos.
Elara asintió.
—No te arrepentirás.
Pero en el fondo…
Ambos sabían que sí podían hacerlo.
Horas después, el castillo parecía tranquilo.
Demasiado.
Los guardias estaban ocultos.
Las luces, apagadas en ciertos puntos.
Todo preparado.
La noche cayó lentamente.
Y con ella…
El peligro.
Elara se encontraba en una de las torres, observando la entrada principal.
Adrien estaba a su lado.
En silencio.
—Si esto falla… —dijo él.
—No fallará.
—No hablo de la estrategia.
Elara lo miró.
—Entonces ¿de qué?
Adrien dudó.
—De nosotros.
Elara sintió un leve nudo en el pecho.
—Este no es el momento.
—Nunca lo es.
Un segundo de silencio.
—Después de esto… tendremos que decidir.
—Lo sé.
Sus miradas se cruzaron.
Más intensas que nunca.
Pero antes de que pudieran decir algo más…
Un ruido.
Las puertas.
Moviéndose.
—Comenzó —susurró Elara.
Adrien tensó el cuerpo.
—Prepárense.
Las sombras avanzaban.
El enemigo entraba.
Pero esta vez…
No sabían que estaban cayendo en una trampa.
Y el precio de confiar…
Estaba a punto de pagarse.
Elara sostuvo la mirada firme, aunque su corazón latía con fuerza. Sabía que no había margen de error. Adrien, a su lado, confiaba en ella más de lo que admitiría. Si todo salía mal, no solo perderían la batalla… también lo que comenzaba a crecer entre ellos.