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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 21

El cautiverio tiene una forma perversa de distorsionar el tiempo. En el Apartamento 4B, los días no se median por la posición del sol, sino por el ritmo de los pasos de Julián. El sonido de su llave electrónica era el despertador que anunciaba mi disponibilidad; el silencio de su ausencia era el único espacio donde yo podía, por fin, dejar de ser una "musa" para volver a ser un ser humano roto.

Llevaba tres días sin salir. Julián decía que la ciudad era "peligrosa", que la prensa local podría haber olido el escándalo de los Martínez y que mi cara, tan delicadamente dibujada por él, no debía ser expuesta al escrutinio público. Pero yo sabía la verdad: él no temía a la prensa, temía mi lucidez. Temía que, si mis pies tocaban el asfalto, mi cerebro recordara el camino de vuelta a la libertad.

Esa tarde, Julián se había ido a una reunión "crucial" para salvar el contrato de la costa. Me había dejado con una nevera llena de delicias gourmet y un televisor que proyectaba imágenes en alta definición de un mundo al que ya no pertenecía. Me encontraba sentada en el suelo, rodeada de los bocetos de mis propios labios, sintiendo que las paredes de ladrillo se cerraban sobre mí, cuando el timbre sonó.

Fue un sonido estridente, casi violento en medio de aquel silencio de mausoleo. El corazón me dio un vuelco. Julián nunca llamaba al timbre; él entraba como el dueño absoluto que era.

Me acerqué a la puerta con pies de plomo. ¿Sería Sofía? ¿Habría venido a rescatarme o a lanzarme un último reproche antes de desaparecer para siempre? Miré por la pantalla del portero automático y sentí que el mundo se inclinaba sobre su eje.

No era Sofía. Era Valeria.

La arquitecta estaba allí, bajo la luz fluorescente del pasillo, vestida con un abrigo de lana gris y una expresión que no tenía nada de la gélida profesionalidad de antaño. Se veía... humana. Y terriblemente decidida.

—Abre, Elena. Sé que estás ahí —dijo su voz a través del intercomunicador, distorsionada por el metal—. Y sé que Julián no está. He seguido su coche hasta el club. Tenemos exactamente una hora antes de que vuelva.

Mis dedos temblaron sobre el panel de control. Julián me había prohibido abrir a nadie, pero el hambre de una voz que no fuera la suya era más fuerte que el miedo al castigo. Tecleé el código que había memorizado espiándolo por el reflejo del cristal de una de sus maquetas y abrí la puerta.

Valeria entró con paso firme, pero se detuvo en seco al ver las paredes. Sus ojos recorrieron los cientos de retratos de mi rostro con una mezcla de náusea y reconocimiento.

—Vaya —susurró, quitándose las gafas de sol—. Así que aquí es donde guardaba el exceso de su genio. Es incluso más patológico de lo que imaginaba.

—¿Qué haces aquí, Valeria? —pregunté, envolviéndome en mi cárdigan como si fuera una armadura—. ¿Has venido a restregarme mi traición? ¿A decirme que te has quedado con el proyecto y con la casa de los Martínez?

Valeria me miró, y por primera vez, no vi desprecio en sus ojos. Vi una piedad tan profunda que me dolió más que cualquier insulto de Sofía.

—No he venido por Julián, Elena. He venido por ti. Y no, no me he quedado con nada. He renunciado al proyecto. No quiero poner mi nombre en nada que haya sido diseñado por una mente tan... retorcida como la de él.

Caminó hacia el caballete central y retiró la tela que cubría mi último retrato, aquel donde mi mirada gritaba por una salida. Valeria se quedó en silencio, observándolo.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —dijo ella, sin mirarme—. Yo también estuve aquí. No en este apartamento, por supuesto. Julián cambia de escondite cada vez que cambia de obsesión. Hace tres años, cuando empezamos nuestra relación "perfecta", él tenía un estudio en el casco antiguo. También estaba lleno de dibujos míos. Mis manos, mi cuello, mi forma de dormir. Yo pensaba que era amor. Pensaba que era el lenguaje de un artista que me adoraba.

Me quedé helada. Las palabras de Valeria eran como hachazos contra la base del pedestal en el que yo había puesto a Julián.

—¿Tú... también fuiste su musa?

—Fui su "estructura", Elena. Exactamente con las mismas palabras que te dedica a ti. Julián no ama a las mujeres; ama la forma en que puede proyectar su voluntad sobre ellas. Él no te ve a ti; ve un material maleable que puede moldear a su antojo. Eres su proyecto de fin de carrera, y cuando termine de dibujarte, cuando ya no quede ningún ángulo de tu alma que no haya colonizado... buscará otro solar vacío donde construir su siguiente mentira.

—Él me salvó —susurré, tratando de defender el último pedazo de mi fantasía—. Me dio un lugar cuando no tenía a nadie.

—Te dio una jaula cuando estabas demasiado herida para volar —replicó Valeria, dándose la vuelta para encararme—. Elena, despierta. Tienes diecinueve años. Tu vida se ha detenido en este salón de diseño industrial mientras el mundo sigue girando. ¿Crees que te protege de la prensa o de sus padres? Te protege de la verdad. Te protege de darte cuenta de que eres joven, libre y que él es un hombre de treinta años que necesita esconderse en apartamentos secretos porque no puede sostener una relación real a la luz del sol.

Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Su tacto era firme, real, libre del magnetismo oscuro de Julián.

—He hablado con Sofía —continuó—. Está destrozada, sí. Pero te echa de menos. Sus padres están dispuestos a perdonarte si sales de aquí hoy mismo. Julián los tiene amenazados con un escándalo legal si intentan sacarte por la fuerza, pero si tú sales por tu propio pie... él no puede hacer nada.

—Él tiene la llave. Él tiene el código —dije, mirando la puerta como si fuera un muro infranqueable.

—Yo tengo el código, Elena. Lo tengo porque es el mismo que usaba en nuestro antiguo estudio. Julián es un hombre de costumbres, su arrogancia le impide creer que alguien pueda ser más inteligente que él.

Valeria sacó un sobre de su bolso y me lo entregó. Dentro había un pasaje de tren y una dirección en una ciudad costera a trescientas millas de allí.

—Es la casa de mi hermana. Allí nadie te conoce. Podrás terminar tus estudios, podrás respirar. Sofía te enviará las cajas de tus padres allí la semana que viene. Pero tienes que irte ahora. Julián volverá en cuarenta minutos, y si te encuentra conmigo... no quiero ni imaginar de qué es capaz su "genio".

Miré el sobre y luego miré las paredes. Mi rostro me devolvía la mirada desde el papel, suplicándome que no me quedara allí para convertirme en una estatua de mármol. La "Fantasía Real" se estaba desmoronando, revelando los cimientos podridos de una obsesión que no entendía de amor, sino de geometría y control.

—¿Por qué me ayudas? —pregunté, con las lágrimas nublándome la vista—. Yo te quité a tu novio. Yo destruí tu boda.

Valeria esbozó una sonrisa triste, casi maternal.

—Me hiciste un favor, Elena. Me salvaste de una vida de mentiras y de habitaciones llenas de dibujos que no son más que espejos de su propio ego. No te estoy ayudando por bondad; te estoy ayudando porque nadie debería ser la estructura de un hombre que no sabe lo que es un hogar.

El sonido de un coche frenando en el callejón trasero nos hizo palidecer a las dos. Era un motor potente. El motor de Julián.

—Vete por la salida de emergencia del montacargas —dijo Valeria, empujándome hacia el fondo del apartamento—. Yo me quedaré aquí. Le diré que he venido a por mis últimas cosas. Eso le dará tiempo para que llegues a la estación. ¡Corre, Elena! ¡No mires atrás!

Tomé mi bolso, el sobre de Valeria y, en un impulso de última hora, agarré la fotografía de mis diecisiete años que él me había devuelto. Salí por la puerta del montacargas justo cuando oí el pitido electrónico de la puerta principal abriéndose.

El aire frío de la tarde me golpeó la cara como una bendición. Corrí por el callejón, con los pulmones ardiendo y el corazón gritando de puro terror. No miré atrás. No miré las ventanas del Apartamento 4B. Solo corría hacia la estación, hacia el tren, hacia una vida donde mis labios no fueran un boceto a carboncillo y donde mi nombre no fuera una palabra prohibida en la boca de un arquitecto.

La fantasía real había terminado. La realidad empezaba ahora, y olía a salitre, a miedo y, por primera vez en mucho tiempo, a esperanza.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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