Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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Punto de vista de Diego
Soy Diego Ocampo.
Mi apellido no es solo un nombre: es un legado.
En mi familia, la medicina no es una profesión, es una dinastía. Generaciones de Ocampo han construido hospitales, laboratorios, centros de investigación. Salvamos vidas… y también decidimos destinos, desde pequeño aprendí que el poder no siempre se ejerce con bisturíes, sino con firmas, llamadas y silencios estratégicos.
Yo heredé ambas cosas.
Conocí a Araceli Durango en la secundaria, nunca fue como las demás, no era dulce ni necesitada de atención. Era reservada, distante, con una frialdad que no alejaba: protegía. A ella no se le entraba de golpe; había que ganarse cada centímetro.
Jamás fui su primer amor.
Y lo supe desde el inicio.
Antes de Elías hubo otro, un amor temprano, intenso, secreto. No duró, pero dejó marca. Araceli nunca lo negó, tampoco lo explicó, solo quedó esa cicatriz invisible que la volvió más cuidadosa, más dura.
Yo no quise ocupar ese lugar, me conformé con ser su amigo, el que escucha, el que no exige, el que se queda cuando todos se van.
Yo lo vi desde afuera, impotente, observando cómo Araceli se apagaba poco a poco. Hasta que ese infeliz terminó de romperla.
Ese día no lloró frente a cualquiera.
Lloró conmigo.
Y entendí que nadie que haga llorar así a Araceli merece seguir de pie.
No levanté la voz, no lo enfrenté.
Usé algo más efectivo: mi apellido.
Moví influencias, cerré puertas, congelé créditos, retiré apoyos. No ataqué directamente a ese infeliz, ataqué el mundo que lo sostenía. Su familia cayó en bancarrota sin entender qué los había golpeado.
¿Cruel? Tal vez.
¿Justo? Absolutamente.
Años después la volví a verla, casualidad, destino burlón. Estaba más hermosa, más segura, pero también más fría. Como si hubiera aprendido a no entregarse del todo.
Cuando me reconoció, algo se quebró en su mirada, solo un instante, pero bastó.
Esa noche no fue planeada, no hablamos de su matrimonio, no pronunciamos nombres que estorbaban. Simplemente, ocurrió y fue real, fue intenso. Fue la confirmación de que nunca dejé de amarla… aunque nunca haya sido su primer amor.
Sé que está casada.
Y no me importa.
Porque Elías no la ama.
Y yo sí.
No fue amor verdadero, fue conveniencia, fue presión, fue un error vestido de promesa.
Estuve en todo su embarazo, en cada miedo silencioso, en cada madrugada sin dormir, en cada duda que no podía compartir con su esposo. Soy su amante, sí, pero también su confidente, su refugio cuando el mundo pesa demasiado.
Cuando Maximus nació, entendí algo que cambió mi vida.
No necesito compartir su sangre para saber que es mi hijo. Lo sostuve en brazos y supe que lo protegería siempre, no me importa su padre biológico. Yo estaré ahí, en cada caída, en cada logro, en cada herida.
Me convertí en su pediatra porque nadie lo cuidará como yo. Soy su padrino, su médico, su presencia constante. Siempre ahí, siempre atento.
Elías cree que aún tiene algo, no entiende que Araceli ya no le pertenece… si es que alguna vez lo hizo.
Yo no la poseo.
Yo la cuido.
Y si alguien vuelve a hacerle daño, no habrá advertencias ni límites. Porque el amor, cuando es verdadero, no siempre es suave.
A veces es oscuro.
A veces es implacable.
Y yo no pienso perderla.
No me engaño con palabras bonitas, no me digo que hago lo correcto, me digo que hago lo necesario.
Si para proteger a Araceli y a Maximus tengo que convertirme en villano, lo haré sin dudar. Ya crucé esa línea hace tiempo. La diferencia es que ahora no finjo que me pesa.
Nací en una familia que se disfraza de ética. Médicos brillantes, hospitales impecables, discursos sobre juramentos y vocación. Pero nadie llega tan alto sin ensuciarse las manos. Yo solo dejé de mentirme.
Aprendí temprano que la justicia no siempre protege a los inocentes. Que el sistema es lento, ciego y selectivo. Araceli lo comprobó en carne propia. La quebraron emocionalmente y nadie pagó el precio. Nadie… hasta que yo decidí cobrarlo.
No soy impulsivo, soy metódico, analizo, espero, actúo. Cuando alguien amenaza su estabilidad, su paz o la de Maximus, no reacciono: planifico. Y cuando ejecuto, no dejo rastros visibles, no necesito gritar para destruir a alguien.
Elías cree que el mundo aún le pertenece, cree que su apellido, su posición, su rol de esposo le dan derechos. No entiende que hay guerras que se libran en silencio. Que un contrato cancelado, una inversión retirada, una puerta cerrada a tiempo pueden ser más letales que un golpe.
Yo soy esa puerta que no vuelve a abrirse.
Maximus duerme tranquilo porque yo existo. Porque vigilo cada variable de su vida: su salud, su entorno, las personas que se acercan demasiado. No por paranoia, sino por prevención. Un niño no debería crecer rodeado de sombras… así que yo me convierto en una para que él no tenga que hacerlo.
No necesito que me llame padre, me basta con saber que, si un día cae, yo estaré ahí antes de que toque el suelo.
Araceli no me pidió que fuera su salvador, nunca fue una mujer que suplicara. Yo elegí este rol. Elegí ser su escudo, aunque eso me condene. Prefiero que el mundo me vea como el monstruo antes que verla a ella volver a romperse.
La moral es un lujo de quienes no tienen nada que perder, yo lo tengo todo en juego.
Si tengo que manipular, lo hago.
Si tengo que destruir reputaciones, no tiemblo.
Si debo convertirme en el villano de esta historia para que ellos sigan respirando en paz… entonces que así sea.
No busco redención.
No quiero perdón.
Quiero seguridad.
Quiero silencio.
Quiero que nadie vuelva a atreverse.
Y si algún día Maximus me mira con decepción al descubrir quién fui realmente, aceptaré su juicio. Pero crecerá vivo, amado y protegido.
Eso…
eso vale cualquier condena.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡