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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13 - El Último Juego. El fuego de la venganza iluminó la oscuridad.

Volvió al doctor. Ella entró en la habitación sin prisa. Llevaba una taza de sopa entre las manos. El vapor subía en espirales, envolviendo el aire con un aroma espeso de carne y especias.

Lo miraba con una intensidad oscura y desafiante. Él intentó apartar la vista. Días sin comer, sin beber. Su piel era un papel reseco, su aliento apenas un hilo. Apretó los labios, como si pudiera contener el hambre con fuerza de voluntad.

Colocó la sopa en la mesa de alimentación, deslizándolo justo al lado de la cama. Subió el espaldar con lentitud, sintiendo el crujido de los mecanismos.

Tomó la cuchara y empezó a revolver el líquido espeso, dejando que el aroma se esparciera. Lo miró.

—Podemos hacerlo fácil —dijo, acercando la cuchara con un poco de sopa a la cara del doctor—. O difícil.

El doctor cerró los ojos. Su estómago gruñó.

Ella sonrió.

—Dime lo que quiero saber.

—Tienes dos opciones —dijo con calma—. Hablas. O sigues esperando.

Ella volvió la cuchara, dejando que unas gotas calientes cayeran de nuevo en la taza.

—Dime cómo salir de aquí.

Él cerró los ojos, temblando. Luchando.

Pero cuando los abrió, su voz era apenas un susurro.

Y habló.

¡Hay un submarino! Solo yo sé dónde está. ¡Suéltame! Te llevaré. Sin mí, no podrás salir de este lugar.

Ella removía la sopa. Esperaba más. Pero él resistía. Le dio unas cucharadas, apenas. Nada más. Solo eso: sin él, no lo encontraría.

Le aflojó las ataduras. Lo soltó. Él se llevó las manos a las muñecas, masajeando. Se sentó con cautela. Comió. Sorbo a sorbo, con la mirada baja.

Ella esperó. Quizás diría algo más. Dio vueltas. Miró a su bebé. Regresó.

Se sentó frente a él. Lo miró fijo. Esperó algo. Una palabra. Un gesto. Una señal.

El hombre seguía allí. Sin moverse. Sin ceder.

La impotencia le trepó por la espalda como una sombra. Respiró hondo. Contuvo el temblor en sus manos.

El zumbido de las máquinas le raspaba los oídos. Se levantó de golpe.

Derribó la mesa. Pateó sillas. Golpeó el mueble instrumental. Rompió cualquier cosa que se atreviera a existir en su camino. Frascos al suelo. Pantallas apagándose, titilando.

—¡No! —suplicó él, la voz rota—. ¡No destruyas nada! ¡No lo hagas!

Pero ella no se detuvo. Fingió ignorarlo.

El eco de cristales rotos, cables arrancados, metal golpeando el suelo.

La pregunta se estrelló contra las paredes. Otra vez. Más fuerte.

—¿Cómo salgo de aquí?

—Solo yo puedo sacarte de aquí —balbuceó—. No hay otra forma.

Hasta que la rabia se le acumuló en la garganta, en las manos, en los dientes apretados, se cansó.

Tomó un bisturí. Él vio el destello de la hoja.

Se tensó.

—No… espera… ¡espera!

Pero no había espera. Ella lo sacudió a la camilla y volvió a atarlo. Un corte lento. Preciso.

El alarido le desgarró la garganta. El dedo cayó sobre el suelo.

Él se retorcía.

—¡Dios, Dios, por favor, no! ¡No más!

Ella encendió el mechero. La llama iluminó su rostro. El grito de él se convirtió en un aullido cuando el fuego besó la carne abierta.

El aire olía a cobre. A miedo. A piel quemada.

Se sacudió. Temblaba. Respiraba a bocanadas, las pupilas dilatadas, el rostro empapado en sudor.

Dejo el lugar hecho un caos y volvió a salir.

Reunió las provisiones en un carro de metal, sus manos moviéndose con una calma inquietante. No necesitaba nada más. Se quedó ahí, como si el tiempo hubiera dejado de existir. La rabia comenzó a recorrerla, lenta, serena, pero firme. Sin dudarlo, se levantó y atacó las fuentes de energía, su furia destrozando todo lo que quedaba. La luz se apagó, los sistemas murieron.

El silencio lo llenó todo, y la oscuridad se coló, como una sombra implacable. Su mente quedo atrapada en un vacío, hasta quedarse dormida.

Al día siguiente, arrastró el carro de provisiones hasta la entrada del lugar. Por primera vez, cruzó la puerta hacia el exterior. El aire fresco la golpeó de inmediato, y, de vez en cuando, levantaba el arma, disparando con calma y precisión, apuntando a las cabezas de quienes se atrevían a acercarse. El sol acariciaba su piel, mientras el mar, lejano y sereno, se extendía más allá de la playa.

Instaló trampas simples con cables finamente tensados entre los árboles, para detener las criaturas errantes y, con el tiempo, fue eliminándolas una a una.

Algunas caían muertas, a otras las arrastraba hacia el borde de un acantilado, un lugar sombrío. Cubierto por trozos de ropa podrida. Huesos quebrados y dispersos, entre las rocas, que formaban un macabro paisaje, testigos de la destrucción desatada en ese lugar. El agua chocaba furiosamente contra las rocas, creando una sensación de condena sin escape.

Las criaturas no tenían otra opción más que quedar atrapadas o caer, sin remedio, llevadas por la fuerza del vacío y el abismo que las aguardaba, como si la misma tierra hubiera decidido sellar su destino.

Ya sin riesgo ni obstáculos que la frenaran, avanzó, como si el mundo entero hubiera cedido a su paso.

El mar se desplegaba ante ella, infinito, reflejando el esplendor de un atardecer que bañaba las olas en una luz cálida, dorada. Un instante suspendido, donde la paz la abrazaba con suavidad, envolviéndola en un silencio profundo.

Permaneció allí, largo rato, mirando el horizonte, con la mente a medio camino entre la nada y el todo. Sus pensamientos flotaban, vacíos y a la vez abrumados por la sobrecarga de incertidumbre.

Recorría la isla una y otra vez, sin hallar pista alguna, ni una rendija por donde escapar. El cansancio se infiltró en sus huesos, y, vencida, se dejó caer sobre la arena: fría y cálida a la vez, con el peso de un destino incierto.

En el silencio profundo de la noche, su mente comenzó a vagar, deslizándose entre recuerdos y sueños rotos. Imaginó a su hijo, a su pequeño. Vio sus primeros pasos, sus primeras palabras, lo vio jugando, feliz, con sus hermanos. La tristeza la inundó, pesada, al ver con claridad lo que había perdido, lo que jamás sería. Cerró los ojos, abrazada por el dolor y la melancolía, mientras el sueño, profundo y reparador, la reclamaba.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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