Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Libertad.
Alelí ya no contaba los días como una adolescente común.
Los contaba como una prisionera que marca líneas invisibles en la pared, esperando el momento exacto de su libertad.
Su rutina no tenía espacio para improvisaciones.
Cada mañana asistía al colegio con puntualidad impecable, uniforme perfecto, expresión serena. Nadie podía imaginar que, después de clases, mientras otras chicas se reunían para hablar de fiestas, romances o redes sociales, ella cambiaba de ropa y salía a trabajar limpiando casas ajenas. Lo hacía sin quejarse, sin mostrarse cansada, sin permitir que nadie la compadeciera.
El cansancio era un lujo que no podía permitirse.
Por las tardes alternaba los trabajos con los entrenamientos. Algunos días defensa personal. Otros resistencia. Otros combate. A veces, cuando podía, prácticas más avanzadas que no figuraban en ningún registro. Su cuerpo ya no protestaba como antes; se había adaptado al esfuerzo constante, al dolor silencioso, a la exigencia extrema.
Mientras entrenaba, su mente no descansaba.
Todo esto es por ellos.
Todo esto es por mis padres.
No salía.
No iba a fiestas.
No se enamoraba.
Su vida no giraba alrededor de amigos ni de momentos ligeros. Giraba alrededor de un objetivo claro, afilado, casi obsesivo. La venganza no era una emoción para ella; era una estructura. Un plan a largo plazo. Un propósito.
Anita, su única amiga, a veces intentaba sacarla de esa rigidez.
—Deberías salir más —le decía—. No todo puede ser estudio y trabajo.
Alelí sonreía con suavidad.
—Ya saldré después —respondía siempre—. Cuando tenga tiempo.
Ese “después” no existía todavía.
El día que cumplió dieciocho años no hubo pastel ni felicitaciones sinceras en la casa donde había crecido sin amor. Apenas un comentario frío, casi burocrático.
—Ya eres mayor de edad —le dijeron—. Esperamos que empieces a comportarte como tal.
Alelí asintió, conteniendo una sonrisa que solo era suya.
Eso es exactamente lo que pienso hacer, se dijo.
Terminó el colegio, y como siempre había hecho todo: siendo la mejor.
Se graduó con honores, certificados de excelencia, reconocimientos académicos que hablaban por sí solos. Su nombre fue pronunciado con respeto en el acto de graduación. Los aplausos fueron largos. Los profesores la miraban con orgullo.
—Tiene un futuro brillante —decían—. Llegará lejos.
Y no se equivocaban.
Gracias a su desempeño impecable, obtuvo una beca completa para la universidad más cara y prestigiosa del país. Una institución reservada para hijos de empresarios, políticos y familias influyentes. Un lugar donde el poder empezaba a moldearse desde las aulas, y eso era lo que Alelí siempre quiso, mezclarse con los grandes, para ir tejiendo su objetivo.
Anita también ingresó a la misma universidad. En su caso, no necesitaba beca: sus padres podían pagarla sin dificultad. Aun así, se alegró genuinamente por Alelí.
—Vamos a estar juntas —le dijo, abrazándola—. Todo va a salir bien, ya verás.
Alelí le devolvió el abrazo, agradecida. Anita era una de las pocas cosas limpias en su vida. Una amistad real, sin segundas intenciones.
Poco después de cumplir la mayoría de edad, Alelí hizo algo que llevaba años planeando: se fue de esa casa.
No hubo despedidas emotivas.
No hubo reproches.
No hubo lágrimas.
Solo empacó sus pocas cosas, tomó el dinero que había ahorrado durante años y cerró la puerta sin mirar atrás. Aquella casa nunca había sido un hogar, y no merecía ningún recuerdo. Ni despedida.
Alquilar su propio lugar fue un acto silencioso pero poderoso. Un cuarto pequeño, modesto, pero suyo. Cada objeto que colocó dentro era una declaración de independencia. Por primera vez, el silencio no dolía.
Sin embargo, su vida no se volvió más fácil. Al contrario se volvió más complicada y con más responsabilidades.
Con el tiempo, Alelí empezó a moverse en círculos que no aparecían en los mapas normales de la ciudad. Gente del bajo mundo. Personas que sabían cosas, que vivían en los márgenes, que no hacían preguntas innecesarias. No llegó a ellos por casualidad. Los buscó. Con cuidado. Con inteligencia.
Aprendió a observar, a analizar, a escuchar más de lo que hablaba, a ganarse la confianza sin prometer nada.
Así comenzó a hacer pequeños trabajos.
Nada grande. Nada que llamara la atención.
Infiltrarse en grupos menores.
Identificar traidores.
Obtener información.
Comprobar lealtades.
Siempre tareas discretas, siempre bien hechas.
En cada encargo, Alelí daba más de lo que esperaban de ella. No por ambición, sino por necesidad. No tenía margen de error. Cada paso era parte de algo mayor, aunque nadie más lo supiera.
—Eres buena —le dijeron más de una vez—. Demasiado buena. Eso asusta.
Ella solo asentía.
Sabía que esos trabajos eran peligrosos, pero también sabía que eran necesarios. Le permitían entender cómo funcionaban las mafias desde adentro, cómo pensaban, cómo se traicionaban, cómo caían. Estaba aprendiendo las reglas del juego antes de entrar en la partida real.
Aun así, Alelí cuidaba su fachada con extremo detalle. Nadie podía enterarse de quién era o qué era lo que buscaba realmente.
En la universidad era impecable. Puntual. Educada. Brillante. Vestía con sencillez, pero siempre elegante, hablaba lo justo, sonreía cuando era necesario. Para todos, era la chica perfecta: inteligente, responsable, reservada.
Nadie sospechaba nada.
Ni los compañeros.
Ni los profesores.
Ni siquiera Anita, que aunque la conocía mejor que nadie, solo veía fragmentos cuidadosamente seleccionados de su vida.
Alelí entendía algo fundamental: la perfección era su mejor camuflaje.
Por las noches, sola en su cuarto, revisaba mentalmente cada decisión, cada paso dado. Sabía que estaba cruzando líneas peligrosas, pero no sentía miedo. Sentía claridad.
No tengo opción, pensaba. Debo seguir adelante, si quiero cumplir mi plan, debo ser la mejor.
La venganza no era un impulso ciego. Era una construcción paciente. Y Alelí estaba levantando sus cimientos con disciplina, sacrificio y silencio.
Mientras el mundo la veía crecer como una joven ejemplar, ella se adentraba cada vez más en una vida que nadie imaginaría. Dos caras. Dos caminos. Uno visible. Otro oculto.
Y ambos avanzaban al mismo destino.
Porque Alelí no había olvidado.
Nunca olvidaría.
Y cuando llegara el momento…
todo lo que había aprendido tendría sentido. 🌸📖