Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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El escudo llamado Marton
Marton me apartó con cuidado para observarme la herida, y sus dedos rozaron mi frente partida con una delicadeza que solo usaba conmigo, y sus ojos se oscurecieron de furia de manera inmediata al mirar la sangre.
—Tranquila, Ari —susurró con un tono de voz bajo y peligroso, esa voz que hacía que todos los chicos del instituto le tengan respeto—. Yo me encargo, nadie te toca y se va de rositas. Nadie.
Me tomó en brazos como si no pesara nada —literalmente me levantó del suelo porque estaba temblando demasiado para caminar bien— y me llevó hacia la puerta mientras le daba órdenes secas a dos chicos del fondo:
—Vayan a buscar al profesor Harrington y al profesor. Ahora.
Luego me observó a mí, solo a mí, mientras salíamos al pasillo directo hacia la enfermería.
—¿Duele mucho? —me preguntó, con el tono de voz más suave ahora.
Me limité a mover la cabeza asintiendo lentamente mientras sollozaba, recostando la cabeza en su hombro le contesté:
—Mucho... pero más me duele que ella haya hecho esto delante de todos... yo solo quería ser una buena hermana...
Marton al escuchar mis palabras no tardó en apretar la mandíbula.
—No llores más, preciosa. Te juro que Elara Voss va a pagar por esto. Suspensión, expulsión, lo que sea necesario. Y si hace falta algo más... yo mismo me encargo.
Sonreí por dentro, aunque por fuera todavía seguía llorando contra su cuello. La sangre seguía goteando, pero eso ya no me importaba. Porque Marton es mío. Y siempre ha estado ahí para protegerme, para hacer lo que yo necesite con tal de verme sonreír.
Y ahora va a ser mi arma perfecta. Elara podrá haber ganado esta ronda en el aula. Pero la guerra apenas comenzaba. Y yo tenía al rey del instituto de mi lado.
El pasillo de la administración parecía interminable mientras Marton me llevaba casi en brazos hacia la sala de reuniones, con mi cabeza recostada en su hombro y la frente palpitándome de dolor debajo del vendaje provisional que la enfermera me puso a toda prisa; la sangre ya se había secado en parte, dejando una costa oscura que tiraba de la piel cada vez que intentaba moverme, pero eso era exactamente lo que quería que todos vieran: la víctima herida, y la niña frágil a la que atacaron sin motivo.
Sophia, Isabella y Chloe venían detrás, con las mejillas hinchadas y los ojos rojos de tanto llorar por teléfono a sus padres; sus voces aún resonaban en mi cabeza, histéricas y exageradas, contando cómo “esa loca nueva” las había golpeado salvajemente solo por intentar ser amables, y tenía la certeza de que sus padres ya se encontraban furiosos porque los vi llegar en sus coches de lujo, aparcando en doble fila y exigían hablar con el director Whitaker de inmediato.
La sala de reuniones era grande y fría, con esa mesa ovalada de caoba que siempre me hacía sentir intimidada, las sillas de cuero negro y la pantalla gigante en la pared que ahora mismo parecía un juez silencioso. Y allí se encontraban todos: Victor y Miriam, que habían llegado corriendo desde casa con las caras de preocupación genuina; el señor Langford, padre de Sophia, un hombre alto y corpulento con aquella expresión permanente de quien está acostumbrado a que le obedezcan.
Y los Duval, padres de Isabella, elegantes y fríos como siempre; los Harrington, padres de Chloe, con aquella arrogancia de banqueros que creen que el dinero es la solución a todo; y, por supuesto, Marton, que no se separaba de mí ni un solo segundo, con su brazo alrededor de mis hombros como si fuese mi escudo personal.
Yo opté por tomar asiento al lado de mi madre, con la cabeza baja y las manos temblando sobre el regazo para que viera lo afectada que estaba. Sophia, Isabella y Chloe se sentaron juntas al otro lado, con las marcas rojas bien visibles en las mejillas y los ojos hinchados de tanto llorar; habían hecho un trabajo excelente dramatizando, y yo estaba orgullosa de ellas aunque ahora mismo solo quería que esto terminara a mi favor.
El director Whitaker ingresa al último, se limita a cerrar la puerta con un click que resonó como una sentencia y se sentó a la cabecera, observando a todos con esa expresión grave que suele poner cuando hay problemas serios.
—Bien, estamos aquí para aclarar un incidente muy grave ocurrido en el aula de literatura avanzada —comienza con un tono de voz calmado pero firme—. Tengo informes no muy buenos de agresión física múltiple por parte de la alumna nueva, Elara Voss. Quiero oír a todas las partes involucradas antes de tomar cualquier medida disciplinaria, que podría incluir suspensión o incluso expulsión.