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Color De Mi Raza

Color De Mi Raza

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance / Aventura / Acción / Completas
Popularitas:808
Nilai: 5
nombre de autor: ARACELYS DE LA CRUZ SALAYA

En la Venezuela colonial del siglo XVIII, la sangre determina el destino, pero el amor desafía todas las convenciones. Don Beltrán Linares es el origen de un legado dividido: por un lado, sus hijos legítimos, criollos de piel blanca que heredan su nombre y fortuna; por el otro, sus hijos bastardos, mestizos y de raza negra, condenados a la marginalidad.

Esta frágil barrera social comienza a resquebrajarse cuando Álvaro Linares, el heredero legítimo de deslumbrante belleza rubia y ojos verdes, conoce a Marina Ribas, una joven mantuana prometida en matrimonio por conveniencia a León Fernández, un hacendado mayor. Al instante, nace entre ellos un amor apasionado y prohibido que desafía los arreglos familiares y pone en riesgo el honor de ambos.

Mientras este romance florece en secreto, los medios hermanos de Álvaro luchan por forjar su propio destino en un mundo hostil:
Tomer Linares, otro de los hijos de Beltrán, se enfrenta a la tragedia cuando Joaquina Ribas la mujer que ama, es raptada por indígenas de la selva, obligándolo a una desesperada búsqueda.
Tadeo, un esclavo liberto, encuentra un amor inesperado y puro con una mujer aborigen, una unión que también deberá superar los prejuicios de la época.
Maya, una esclava que ha ganado su libertad, entabla una relación compleja con un indio cristianizado, navegando entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

"Color de mi raza" es una saga familiar épica que entrelaza estos destinos, explorando el conflicto entre el deber y el deseo, la pureza de sangre y la identidad, en una época donde el amor era el acto de rebelión más peligroso.

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Puerto de Sevilla

Más tarde, doña Adela yacía en una cama del sanatorio. A su lado, Joaquina velaba su sueño sedado, acompañada por una monja y un sacerdote. La hemorragia del muslo ya estaba controlada, y solo el vendaje apretado delataba la gravedad del momento.

—Señorita Ribas, si necesita cualquier cosa, avísenos. Con permiso —dijo el sacerdote, retirándose seguido por la religiosa.

«Gracias a Dios, se está recuperando», pensó Joaquina, con un hilo de esperanza anudado en el pecho.

Justo entonces, doña Adela abrió los ojos. Su mirada, nublada por el dolor y el temor, buscó a su nuera.

—Joaquina… ¿voy a perder la pierna? —preguntó con la voz quebrada.

Joaquina se levantó de inmediato y tomó sus manos entre las suyas.

—Claro que no, doña Adela. La bala solo rozó el muslo. En un par de semanas estará bien.

—¿Un par de semanas? —repitió la mujer, entre asombrada y aliviada.

Unos pasos apresurados interrumpieron el diálogo. Eran don Beltrán y su hija Alexia, que irrumpieron en la habitación con el rostro desencajado de preocupación. Al ver a Adela consciente, ambos esbozaron una sonrisa amplia.

—Estaba muerta de angustia por usted, madre querida —exclamó Alexia, acercándose para envolverla en un abrazo cálido.

Su esposo se acercó después y la besó con suavidad en la mejilla. Joaquina observaba la escena conmovida.

—Bueno, voy a salir un momento para que entre Tomer —anunció Joaquina—. Debe estar preocupadisimo.

Se acercó a la cama y abrazó con delicadeza a su suegra. Esta, con los ojos vidriosos, le susurró:

—Muchísimas gracias, hija. Tus atenciones fueron mi salvación.

Joaquina solo asintió, sosteniendo una sonrisa serena. Con una leve reverencia hacia su suegro y su cuñada, salió de la habitación, dejando que la familia se reencontrará en aquel instante frágil y necesario.

Mientras que Maya, cumplía con su deber como esposa; se entregaba sutilmente a una relación íntima con su esposo, cariñoso y atento, la ayudó a desvestirse mientras él también lo hacía. Afuera llovía intensamente; el frío se colaba entre las paredes, y Maya, con su piel morena, temblaba ligeramente. A través de la pequeña ventana, se podían observar las gotas gruesas cayendo sin descanso, mientras las ramas de los árboles retumbaban bajo la fuerza del viento. La modesta habitación de Juan, aunque algo ordenada para la ocasión, aún conservaba rastros del desorden habitual de su dueño y ahora se convertía en testigo silencioso de un momento único para ambos.

—Maya, te adoro... Estoy tan feliz de que oficialmente sea mi esposa— expresó Juan con una emoción sincera mientras buscaba esos labios llenos que tanto lo atraían, besándola repetidamente con ardiente pasión. Su amor por ella era inmenso, y su felicidad en ese instante parecía completa. Maya, por su parte, cerró los ojos por un momento, pero no pudo evitar la aparición del recuerdo de un rostro que la hizo estremecer: Álvaro. Abrió los ojos rápidamente, inquieta consigo misma. En ese instante, Juan la había tomado en brazos con suavidad y la llevó hacia la cama. Al recostar su espalda sobre las sábanas frías, sintió el peso cálido del cuerpo de Juan y miró detenidamente a sus ojos oscuros, que reflejaban deseo y devoción.

Mientras su esposo se entregaba al amor con intensidad, Maya, luchaba internamente. Una voz en su mente resonó: «Ni siquiera en mi noche de bodas puedo olvidarlo... Maldito seas, Álvaro Linares. » Molesta consigo misma por esos pensamientos, intentó concentrarse en el momento.

—Le deseo tanto... —susurraba Juan con adoración mientras se inclinaba hacia ella. Pero a pesar del presente, los recuerdos insistían en regresar. Maya evocó, sin pretenderlo, aquella primera vez con Álvaro. Lo recordó como un inocente juego infantil que acabó volviéndose algo más intenso. Ambos eran jóvenes e inexpertos cuando yacieron juntos en el pasto por primera vez, entregándose completamente el uno al otro. Ese recuerdo, lleno de pasión juvenil, trajo una sonrisa fugaz a sus labios.

Juan notó esa sonrisa y se complació al verla, interpretándola como una señal de placer y aceptación.

 « Creo que está feliz conmigo » pensó él con satisfacción, ignorando por completo la tumultuosa batalla que libraba el corazón de su esposa.

Tras una travesía que pareció eterna, Álvaro y su compañía desembarcaron finalmente en el puerto de Sevilla. El siglo XVIII; despertaba entre las brumas del amanecer; el sol, con un resplandor cobrizo, comenzaba a teñir las aguas del Guadalquivir. Junto al bergantín "Leonor", el puerto era un hervidero de contrastes: mástiles de mil colores, el vaivén frenético de los estibadores y el pregón de comerciantes que daban vida al muelle. Era ese bullicio eléctrico y caótico que solo una ciudad portuaria sabe orquestar.

—¡Por fin en tierra firme! Nos hospedamos en la mansión de la tía Amanda —exclamó Leonor, radiante de entusiasmo.

Entre risas y la fatiga propia del viaje, el grupo abordó un carruaje mientras los marineros terminaban de bajar el equipaje. Álvaro, abrazado a su amada Marina, observaba por la ventanilla cómo la majestuosidad de los edificios sevillanos devoraba el recuerdo del silencio de su pueblo natal, Los Frailejones.

—¿Cómo os sentís, querida Marina? —preguntó él, cautivado por la expresión de asombro de la joven.

—Muy bien, amor mío —respondió ella, acariciando con ternura las mejillas de Álvaro, quien se perdió por un instante en el ajetreo de las calles empedradas.

Sin embargo, el hechizo se rompió cuando el carruaje se detuvo ante un portón viejo, devorado por el tiempo y el descuido.

—Qué extraño... la tía Amanda no ha enviado a nadie a recibirnos —murmuró Leonor, con el gesto ensombrecido por la incertidumbre mientras el cochero se alejaba.

—Haremos lo siguiente: iré a la mansión y regresaré con un carruaje digno —propuso Álvaro con determinación.

—La casona está lejos, hermano. ¿Estás seguro?

—¿Qué otra opción tenemos? Marina no debe agotarse caminando tanto —sentenció él, protector.

—Querido, podría caminar si lo hacemos con calma —intervino Marina, mientras cambiaba sus zapatos por unos más prácticos y abría su paraguas para cubrirse del sol.

—¿Y si vamos corriendo? —sugirió Maggie con su energía inagotable.

Álvaro negó suavemente con la cabeza, mirando a Marina con devoción:

—Sé que eres fuerte, pero debes cuidarte. Volveremos pronto.

Álvaro y Maggie partieron, dejando a las  dos mujeres bajo la sombra de un frondoso árbol. Marina, resignada, pero tranquila, extendió una manta y se dispuso a descansar mientras comía algunas frutas.

«A pesar de los contratiempos, Álvaro lo maneja todo con una madurez admirable para su edad», pensó Marina en silencio.

Al poco tiempo, Leonor se sentó a su lado, con una sonrisa cómplice.

—¿Sabes, Marina? Creo que tenemos más en común de lo que imaginaba. Quién nos diría que terminaríamos aquí, bajo un árbol, todo por seguir al amor de nuestras vidas.

—Amo profundamente a tu hermano —confesó Marina con sinceridad—. Solo deseo estar a su lado, sin importar el lugar.

—Yo siento lo mismo por Maggie... —añadió Leonor, con un leve rubor en las mejillas—. Seguramente ya lo habrás notado. Quiero pasar el resto de mis días con ella.

—La felicito, Leonor, es un verdadero tesoro conseguir el amor verdadero—Dijo Marina sincera.

El reencuentro no tardó. Álvaro y Maggie aparecieron, pero no en un carruaje, sino cabalgando con urgencia.

—¿Y el coche? —preguntó Leonor intrigada.

—La tía Amanda está enferma y la casa está en total abandono —explicó Álvaro, desmontando con agilidad—. Mi señora, es hora de partir —susurró tiernamente al oído de Marina, tomándola de las manos para despertarla.

—Ay, me he quedado traspuesta... —murmuró ella entre sueños.

Finalmente, las dos parejas emprendieron el último tramo a caballo. Mientras avanzaban, Marina apoyó la cabeza en el pecho de Álvaro. Siento los latidos de su corazón y el calor de sus brazos rodeándome, pensó con una sonrisa, dejándose acunar por el trote rítmico hacia su nuevo destino.

Mientras tanto, al otro lado del océano, en el Caserío Los Frailejones, el aire era denso y cargado de formalidad. Joaquina y Tomer, ataviados con sus mejores galas, aguardaban en el umbral para recibir a los abuelos de ella. Los ancianos, fieles a su estirpe, hicieron su entrada con esa rigidez protocolaria que los caracterizaba.

Con una sonrisa impecable, Tomer ofreció su brazo a doña Justa para escoltarla al interior, mientras Joaquina, con paso grácil, entraba al comedor del brazo de su querido abuelo, don Joaquín.

Una vez instalados a la mesa, el tintineo de la platería y el aroma de los manjares suavizaron el ambiente. La servidumbre, una pareja de esclavos de modales exquisitos, se movía con la precisión de sombras blancas, atendiendo cada necesidad con absoluta dedicación. Fue la abuela quien, tras un breve silencio, puso sobre la mesa el tema que todos evitaban:

—Debido al percance con los aborígenes, será mejor que nos mantengamos alejados de la aldea —sentenció doña Justa.

Don Joaquín asintió con gravedad, mientras Tomer, la observaba con una sombra de preocupación cruzándole la mirada. En el silencio que siguió, Joaquina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. «Podría haber muerto durante aquel secuestro», pensó para sí, apretando los cubiertos con los dedos trémulos.

El abuelo rompió el trance manifestando su propia inquietud:

—Los tiempos se vuelven oscuros, hijos míos. Además del conflicto con los indígenas, el atentado en la iglesia es preocupante. La paz se nos escapa entre las manos.

—Afortunadamente, no hubo pérdidas humanas que lamentar —respondió Tomer, con voz serena y balsámica—. Es un milagro por el que debemos dar gracias a Dios.

Joaquina, decidida a disipar la bruma de pesimismo que amenazaba la velada, intervino con voz firme:

—Entiendo vuestras preocupaciones, abuelos, pero el miedo no nos servirá de escudo. Debemos buscar una forma de ayudar... tal vez podríamos abrir una pequeña escuela pública para la comunidad.

Al escuchar estas palabras, la rigidez en el rostro de doña Justa, se desvaneció, dando paso a una sonrisa genuina que iluminó sus facciones cansadas.

—Es una idea excelente, querida Joaquina. Una luz entre tanta incertidumbre.

Al día siguiente, Joaquina y su abuela observaban con entusiasmo el avance de los hombres que levantaban la nueva escuela. Con determinación, Joaquina propuso:

—Abuela, nosotras podríamos ocuparnos de preparar la comida para los trabajadores. Claro, con la ayuda de las sirvientas.

La abuela asintió, respondiendo con buen humor:

—Pues vamos entonces, que yo ya muero de hambre.

Ambas se dirigieron hasta donde, bajo la sombra de unos frondosos árboles, un grupo de mujeres, incluidas algunas esclavas, organizaban los alimentos. Allí estaban también Xareni y sus hijos. Jiasu, al ver a Joaquina, corrió a abrazarla emocionada. Joaquina la recibió con una sonrisa.

—Mira esto, querida Jiasu —dijo la rubia, señalando la construcción que se alzaba ante ellas—. Una escuela donde podrás aprender a leer, música, historia, dibujo… todo lo que quieras.

Jiasu asintió, con los ojos brillantes de ilusión.

Mientras supervisaban las tareas, un hombre de unos treinta años, mestizo y de porte esbelto, se acercó a Joaquina por detrás.

—Disculpe, señora —dijo con educación—¿dónde desea que coloquemos la pizarra?

Al girarse, la atención de Joaquina se detuvo por un instante en aquel hombre. Llevaba el cabello castaño ondulado hasta los hombros, barba y bigote cuidados, y su rostro transmitía una serenidad amable. Vestía un traje sencillo pero pulcro, y sus ojos parecían sonreír al mirarla.

Con naturalidad, ella le indicó:

—Sígame, por favor. A propósito, ¿cuál es su nombre?

—Pedro Díaz, señora —respondió el joven con tranquilidad.

Joaquina lo guió hasta el aula en construcción y señaló la pared central.

—Muy bien, señor Pedro. Colóquela justo en el centro de este muro.

El hombre asintió con respeto y comenzó a tomar medidas. Poco después, llegaron otros dos mestizos cargando la pesada pizarra y procedieron a instalarla en el lugar indicado. Joaquina supervisó el trabajo con detenimiento y asintió, satisfecha al ver que todo había quedado perfectamente alineado.

—Por su sonrisa, veo, que es de su agrado—Se atrevió a decir el mestizo con confianza, lo que sorprendió a la chica quien asintió con timidez, e ignorando al hombre ordeno algunas cosas, sin dejar de mirarle con seriedad.

Con un gesto educado, Pedro se despidió haciendo una leve inclinación antes de retirarse.

En otro lugar, Tomer, el último en llegar, encontró a un grupo de hombres reunidos. Junto a su padre, estaban sus hermanos, todos con los rostros tensos por la preocupación.

—¡Buenos días! —exclamó el joven mientras desmontaba de su alazán.

—Buen día, Tomer. Tenemos un problema —dijo su padre, con voz grave—. Están robando nuestro ganado.

—Patrón, las huellas se pierden al llegar al río —informó Vicente, que acababa de regresar acompañado por varios hombres.

—Organice un grupo y crucen el río —ordenó el padre.

—Sí, patrón —asintió Vicente, intercambiando una mirada con los hermanos.

—Vamos con usted, Vicente —dijo Tomer, refiriéndose a sí mismo y a sus hermanos, que asintieron en silencio.

Poco después, los cuatro hermanos emprendieron la marcha. Apenas cruzaron el río, se oyeron disparos. Uno de ellos alcanzó a Tadeo en el hombro. Todos bajaron rápidamente de sus caballos y se ocultan tras unas rocas, cerca de unos arbustos.

—¿Quiénes son ustedes? —rugió una voz autoritaria—. Estas tierras son privadas, propiedad de la familia Fernández.

Era don Roberto, que los apuntaba con un rifle. No estaba solo: lo acompañaban su hermano gemelo, Augusto; el capataz, Igor Córcega; y Jonás, quien los observaba con altivez.

—¡No debió disparar así! ¡Ha herido a un hombre! —gritó Vicente, indignado.

—Es extraño que reclame estas tierras, señor —intervino Tomer, con firmeza—. Nosotros tenemos documentos que acreditan que pertenecen a la familia Linares.

Tomer, permanecía de pie, sin mostrar temor, observando cómo el grupo contrario conversaba entre sí.

«Lo que faltaba. Ahora estos se creen dueños de lo nuestro», pensó, malhumorado.

—Vaya mañana a Los Frailejones —concedió don Roberto con frialdad—. Lleve sus documentos, joven. Yo llevaré los míos.

Dicho eso, se retiró seguido por sus hombres.

Al quedarse solos, Tomer, corrió hacia su hermano Tadeo, quien estaba sentado tras una roca, con la camisa empapada en sangre.

—Déjame ver esa herida —dijo Tomer, examinándola con cuidado mientras Tadeo, se quejaba entre dientes.

—Me duele tanto… casi me desmayo —murmuró Tadeo, con los ojos vidriosos.

—Muchachos, vamos a montarlo en su caballo. Regresamos ahora —ordenó Tomer.

Vicente y Job, lo ayudaron a subir, a Tadeo, quien aun estando herido coopero, haciendo un esfuerzo.

Entre los tres, lograron subir al hombre fornido sobre el animal.

—Maldito viejo… Lo pagará —murmuró Vicente, furioso, al ver a su hermano adormilado por el dolor.

Más tarde, Yanel, sentada tejiendo cestas, escuchó el llanto de doña Zoe. Se levantó de inmediato y salió al zaguán, donde vio llegar a Tadeo, sostenido por sus hermanos, apenas capaz de mantenerse en pie.

—Virgen santísima, ¿qué pasó? —preguntó Zoe entre lágrimas.

—Nos tendieron una emboscada —explicó Tomer, con voz cansada—. El disparo fue para Tadeo. Ya lo atendió el médico del pueblo.

—Acuéstate aquí —indicó Yanel, con serenidad, y sus hermanos lo llevaron a su cama.

—Yo cuidaré de Tadeo —dijo ella, acariciándole el rostro antes de darle un beso suave en los labios. Tadeo asintió débilmente.

Yanel tomó un bolso y se acercó a Zoe, que permanecía sentada a su lado, junto a Vicente.

—Iré por hierbas. Regresaré pronto —anunció.

Tomer y Job la vieron salir en silencio.

—Afortunado Tadeo —comentó Job en voz baja—, tener a una mujer que lo atienda así.

Tomer, asintió, contemplando la puerta por donde había desaparecido Yanel, mientras la noche comenzaba a caer sobre la hacienda.

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Yuri😊
claro con esas habilidades y siendo chicas quien no? 😃😃
ARACELYS DE LA CRUZ Salaya: Gracias por comentar, Yuri
total 1 replies
Yuri😊
Dile que no lleva vacas🤣🤣🤣🤣
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