Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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TERRITORIO CONQUISTADO.
El almuerzo con los padres de Caeleen fue un suplicio de sonrisas forzadas y conversaciones huecas sobre fusiones empresariales y planes de boda que nunca ocurrirían. Azren apenas probó bocado, con la cita de las 5 PM con Darius martilleando en su mente.
Caeleen, sentado a su lado, estaba distante. Su atención se dividía entre el monólogo de su padre y la pantalla de su teléfono, donde sin duda revisaba estadísticas del partido o, quizás, mensajes de Darius. La mano que de vez en cuando posaba sobre el brazo de Azren no era un gesto cariñoso, sino una marca de propiedad para la audiencia. Miren. Es mío. Al menos aquí, en esta mesa.
Cuando por fin se despidieron, Caeleen lo acompañó a la puerta del edificio de sus padres. El aire de la tarde era frío.
—¿Adónde vas? —preguntó Caeleen, sus ojos ámbar escudriñándolo. No era una pregunta casual.
—A casa. Tengo que preparar clases —mintió Azren, desviando la mirada.
Caeleen lo agarró del brazo, con esa fuerza que ya no sorprendía pero siempre electrizaba. —Mientes. Tienes la misma cara que cuando te preparas para corregir un examen imposible. Es Darius, ¿verdad? Te citó.
Azren se quedó helado. ¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso tenía vigilado a Darius? ¿O a él?
—No es asunto tuyo —logró decir, intentando liberarse.
—Todo lo que tiene que ver con él es asunto mío —replicó Caeleen, acercándose. Su voz bajó a un susurro peligroso—. Y tú, ahora, también eres asunto mío. ¿Qué te pidió?
La posesividad era sofocante. Azren sintió una ira repentina. —¿Desde cuándo te importa lo que hago? Solo soy tu «pretendiente útil», ¿recuerdas? Déjame ir.
En lugar de soltarlo, Caeleen lo empujó contra la pared fría del vestíbulo. La proximidad era abrumadora. —Eras útil. Ahora eres… complicado. Y las cosas complicadas no se van solas a ver a mi… a Darius. ¿Qué te pidió?
—Que vaya a su estudio —confesó Azren, vencido por la intensidad de esa mirada—. A las cinco.
Caeleen parpadeó, procesando la información. Luego, algo cambió en su expresión. La ira dio paso a una calculadora curiosidad. —¿Y vas a ir?
—Sí.
—Bien —dijo Caeleen, y soltó su brazo. —Entonces yo también voy.
—¡No! —protestó Azren—. Dijo que fuera solo.
—Y él dijo que no besaras a su amante en público, y mira cómo terminó —refutó Caeleen con un sarcasmo helado—. No voy a dejarte solo con él. No ahora.
No había discusión posible. A las 4:50 PM, Azren subía las escaleras hacia el estudio Kintsugi & Pétalos con Caeleen pisándole los talones, una presencia de tormenta a su espalda.
Darius abrió la puerta. Vestía el delantal de trabajo, manchado de arcilla dorada. Sus ojos azules pasaron de Azren a Caeleen, y en ellos no hubo sorpresa, sino una fría aceptación. Como si lo hubiera esperado.
—Entren —dijo, con voz serena. —Me imaginé que no vendrías solo.
El estudio olía a incienso y conflicto. Darius se dirigió a una mesa donde había dos tazas de té ya preparadas. Una tercera, obviamente, no estaba.
—Me queda claro que las reglas del juego han cambiado —comenzó Darius, sin mirarlos—. Ya no se trata de flores y libros. Se trata de demostraciones públicas. De posesión.
—Tú empezaste tirando el vino —recordó Azren, encontrando su voz.
—Y tú seguiste con el beso —replicó Darius, alzando por fin la vista. Sus ojos azules estaban fijos en Azren, desafiantes. —Un movimiento audaz para un suplente.
La palabra suplente cortó como un cuchillo. Caeleen, que se había apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, emitió un sonido gutural.
—No es un suplente —gruñó.
—¿No? —Darius arqueó una ceja rubia, por fin mirando a Caeleen—. Entonces, ¿qué es? ¿Tu novio de verdad? ¿O solo el juguete nuevo con el que me quieres provocar?
«¿Cómo tienes mi número?»
La pregunta salió de los labios de Azren, impulsada por la rabia. —En la gala, me mandaste un mensaje. Nunca te lo di.
Darius dejó escapar un suspiro que era casi una risa. Miró a Caeleen con desprecio comprensivo. —¿No se lo has dicho? Claro que no. —Volvió a Azren—. Tu colegio tiene una página web con un directorio para familias. Tu nombre figura como profesor del departamento de Literatura. No estaba el número directo, claro. —Hizo una pausa, calculada—. Pero una donación anónima, bastante generosa, al fondo de becas del colegio… suele venir acompañada de la amable solicitud de ‘ponerse en contacto con el profesor Liáng para coordinar detalles’. La secretaría administrativa fue muy diligente.
Azren sintió que el suelo cedía. No había sido espionaje íntimo; había sido una transacción fría y eficiente. Darius había comprado su información de contacto, usando el sistema mismo de la institución que Azren consideraba un refugio.
—Compraste mi número —dijo Azren, con un asco que se mezclaba con incredulidad.
—Hice una donación —corrigió Darius, sin un ápice de remordimiento—. Y obtuve una información necesaria. Como tú obtuviste tu momento de fama besándolo delante de mí. Todos usamos los recursos a nuestro alcance.
Caeleen se había enderezado, su rostro era una máscara de furia contenida. No por la violación a la privacidad de Azren, sino porque Darius había estado operando con una precisión y un desapego que lo tomaban por sorpresa, utilizando el mundo "normal" de Azren como si fuera un tablero más.
—¿Y para qué? —rugió Caeleen, su voz un bajo rugido—. ¿Para mandarle flores? ¿Para jugar con él?
—¡Para entender! —La voz de Darius tembló, perdiendo por fin la calma—. Para entender qué era este profesor de instituto que parecía haber cautivado tu atención! Y lo que entendí es que lo usabas como un puente hacia mí. Un puente que decidí cruzar primero. Es justicia poética, ¿no te parece?
Fue entonces cuando estalló.
—¡Sal! —rugió Caeleen, señalando la puerta. No le hablaba a Darius. Le hablaba a Azren. —¡Sal de aquí ahora!
Pero Azren no se movió. Algo se había roto dentro de él. El miedo se había evaporado, quemado por la rabia de ser un peón en el juego de ambos.
—No —dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a Caeleen—. No soy tu mascota para que me ordenes entrar y salir. Ni soy tu mensajero —añadió, mirando a Darius—. He sido el tonto útil de los dos. Pero se acabó.
Caeleen se abalanzó sobre él, no para golpearlo, sino para agarrarlo de la camisa. —Te dije que…
Azren lo interrumpió besándolo.
No fue un beso de desafío público, ni de rabia calculada. Fue un beso de silencio. De dominio. Tomó el control, forzando sus labios contra los de Caeleen con una determinación que hizo que el atleta, por una vez, cediera. Fue breve, brutal y electrizante. Cuando se separó, Caeleen lo miraba jadeante, sus ojos ámbar brillando con un caos de furia, sorpresa y algo más… interés genuino, voraz.
Darius observaba, pálido, sus ojos azules ahora abiertos, sin la máscara de control. Había visto algo nuevo: a Caeleen siendo reclamado, no por él, sino por otro. Y no había podido hacer nada.
—Ya no juego bajo sus reglas —declaró Azren, su voz temblorosa pero clara—. Si esto —hizo un gesto entre Caeleen y él— va a ser una farsa, será una farsa que yo controle. Y si es real… —su mirada se clavó en Caeleen, desafiante— …tendrás que dejar de tratarme como un objeto en tu estantería.
Sin esperar respuesta, salió del estudio, dejando atrás a los dos hombres más poderosos y dañados de su vida, ambos reducidos al silencio por el chico tranquilo que acababa de declarar la guerra a los dos.
Al llegar a la calle, el aire frío le golpeó el rostro. Esperaba oír pasos detrás, una mano en su hombro, la voz iracunda de Caeleen. Pero no llegó nada.
Solo el silencio. Y por primera vez, ese silencio no era de abandono. Era de expectación. Había cambiado las reglas. Había tomado el control. Y ahora, el siguiente movimiento, por fin, no era suyo.
Era de ellos.