Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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TERRITORIO CONQUISTADO.
El almuerzo con los padres de Caeleen fue un suplicio de sonrisas forzadas y conversaciones huecas sobre fusiones empresariales y planes de boda que nunca ocurrirían. Azren apenas probó bocado, con la cita de las 5 PM con Darius martilleando en su mente.
Caeleen, sentado a su lado, estaba distante. Su atención se dividía entre el monólogo de su padre y la pantalla de su teléfono, donde sin duda revisaba estadísticas del partido o, quizás, mensajes de Darius. La mano que de vez en cuando posaba sobre el brazo de Azren no era un gesto cariñoso, sino una marca de propiedad para la audiencia. Miren. Es mío. Al menos aquí, en esta mesa.
Cuando por fin se despidieron, Caeleen lo acompañó a la puerta del edificio de sus padres. El aire de la tarde era frío.
—¿Adónde vas? —preguntó Caeleen, sus ojos ámbar escudriñándolo. No era una pregunta casual.
—A casa. Tengo que preparar clases —mintió Azren, desviando la mirada.
Caeleen lo agarró del brazo, con esa fuerza que ya no sorprendía pero siempre electrizaba. —Mientes. Tienes la misma cara que cuando te preparas para corregir un examen imposible. Es Darius, ¿verdad? Te citó.
Azren se quedó helado. ¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso tenía vigilado a Darius? ¿O a él?
—No es asunto tuyo —logró decir, intentando liberarse.
—Todo lo que tiene que ver con él es asunto mío —replicó Caeleen, acercándose. Su voz bajó a un susurro peligroso—. Y tú, ahora, también eres asunto mío. ¿Qué te pidió?
La posesividad era sofocante. Azren sintió una ira repentina. —¿Desde cuándo te importa lo que hago? Solo soy tu «pretendiente útil», ¿recuerdas? Déjame ir.
En lugar de soltarlo, Caeleen lo empujó contra la pared fría del vestíbulo. La proximidad era abrumadora. —Eras útil. Ahora eres… complicado. Y las cosas complicadas no se van solas a ver a mi… a Darius. ¿Qué te pidió?
—Que vaya a su estudio —confesó Azren, vencido por la intensidad de esa mirada—. A las cinco.
Caeleen parpadeó, procesando la información. Luego, algo cambió en su expresión. La ira dio paso a una calculadora curiosidad. —¿Y vas a ir?
—Sí.
—Bien —dijo Caeleen, y soltó su brazo—. Entonces yo también voy.
—¡No! —protestó Azren—. Dijo que fuera solo.
—Y él dijo que no besaras a su amante en público, y mira cómo terminó —refutó Caeleen con un sarcasmo helado—. No voy a dejarte solo con él. No ahora.
No había discusión posible.
...--------♡--------...
A las 4:45 PM, Azren estaba en la puerta de su edificio, esperando. No a Caeleen. A otro.
El coche negro se detuvo frente a él. La ventanilla bajó.
—Sube —dijo León.
Azren obedeció. El interior olía a cuero y a un perfume discreto, caro. León conducía con una calma que contrastaba con el huracán que Azren llevaba dentro.
—¿Caeleen sabe que voy contigo? —preguntó Azren.
—No. —León sonrió, una sonrisa pequeña—. Pero se lo va a imaginar. Y cuando lleguemos y me vea, le va a explotar la cabeza. Eso es suficiente para mí.
—¿No tienes miedo?
—¿De qué? —León lo miró un instante—. ¿De Darius? ¿De Caeleen? ¿De ti? Llevo años teniendo miedo, Azren. Ya estoy vacunado.
Azren no supo qué decir. El coche avanzaba hacia el casco antiguo, hacia el estudio, hacia el momento que lo cambiaría todo.
—¿Sabes qué me dijo Darius la última vez que discutimos? —preguntó León de repente.
—¿Qué?
—Que yo no lo entendía. Que yo no podía entender lo que sentía porque nunca había sentido algo así. —León se rió, pero era una risa amarga—. Llevamos juntos desde los diecisiete. Nos casamos hace un año. Y él cree que no lo entiendo.
Azren sintió un vuelco. ¿Desde los diecisiete? Eso significaba que Darius y Caeleen... El cálculo era fácil. Y doloroso.
—¿Y lo entiendes? —preguntó.
León tardó en responder.
—Lo entiendo más de lo que él cree. Por eso sé que esto no va a terminar bien. Por eso sé que alguien va a salir herido. Y por eso estoy aquí, en este coche, yendo a una confrontación que podría haber evitado. Porque prefiero estar en el ojo del huracán que esperar en casa a que los escombros me aplasten.
Azren sintió que las palabras de León le atravesaban el pecho.
—Somos iguales —dijo.
—Lo sé. —León sonrió—. Por eso te caigo bien.
Llegaron al estudio a las 4:58. El local estaba iluminado, pero la persiana estaba medio bajada.
Caeleen ya estaba allí. Apoyado contra la pared de enfrente, con los brazos cruzados y una expresión de piedra. Cuando vio el coche, cuando vio a León salir junto a Azren, sus ojos se ensancharon un instante. Solo un instante. Luego la máscara volvió a su lugar.
—Rivas —dijo, con una voz que no delataba nada—. No sabía que tenías invitación.
—No la tengo. —León se encogió de hombros—. Pero ya que todos van a la fiesta, no quería quedarme fuera.
Caeleen lo miró un largo momento. Luego, inesperadamente, asintió.
—Vamos.
Subieron las escaleras juntos. Tres. Los tres hombres que orbitaban alrededor de Darius, cada uno por razones distintas, cada uno con sus propias heridas.
Darius abrió la puerta antes de que llamaran. Vestía el delantal de trabajo, manchado de arcilla dorada. Sus ojos azules pasaron de Azren a Caeleen, y luego se detuvieron en León.
Y ahí, por un instante, la máscara se resquebrajó. El color abandonó su rostro.
—León —dijo, y su voz era apenas un susurro—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a verte —respondió León con calma—. Hace tiempo que no hablamos. Y con todo esto... pensé que era hora.
Darius tragó saliva. Lanzó una mirada rápida a Caeleen, luego a Azren, luego de vuelta a León. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una salida, una explicación, algo que dijera que León no sabía, que no podía saber.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó, con voz tensa.
—De esto. —León hizo un gesto que abarcaba a los cuatro—. De lo que está pasando. De lo que ha estado pasando. De nosotros.
—León, ahora no es buen momento...
—Nunca es buen momento —lo interrumpió León, con una firmeza que sorprendió a todos—. Llevo años esperando el momento adecuado y nunca llega. Así que hablaremos ahora.
Darius lo miró, buscando en sus ojos alguna señal. ¿Sabía? ¿No sabía? Era imposible que supiera. Él había sido cuidadoso. Siempre cuidadoso. Las llamadas, los mensajes, los encuentros... todo había sido discreto. León no podía saber.
Pero entonces León lo miró directamente, y en sus ojos claros había algo que Darius no supo interpretar. Algo que parecía decir lo sé todo.
—Entren —dijo Darius al fin, apartándose—. Ya que están todos.
El estudio olía a incienso y conflicto. Había tres tazas de té preparadas sobre una mesa baja. Darius había previsto que Caeleen vendría. Pero no que León lo acompañaría.
—Me queda claro que las reglas del juego han cambiado —comenzó Darius, sin mirar a nadie en particular. Necesitaba controlar la situación, necesitaba mantener la fachada—. Ya no se trata de flores y libros. Se trata de demostraciones públicas. De posesión.
—Tú empezaste tirando el vino —recordó Azren.
—Y tú seguiste con el beso —replicó Darius, alzando por fin la vista. Sus ojos azules se clavaron en Azren—. Un movimiento audaz para alguien que acaba de llegar.
La palabra "recién llegado" cortó el aire. Caeleen dio un paso al frente, pero León lo detuvo con una mano en el brazo. Un gesto mínimo, pero firme.
—Déjalo —dijo León en voz baja.
Caeleen lo miró, sorprendido. Pero no protestó.
—No es un recién llegado —dijo León, dirigiéndose a Darius. Su voz era tranquila, pero tenía un filo nuevo—. Es alguien que ha conseguido en unas semanas lo que nosotros llevamos años intentando. Y tú lo sabes.
Darius palideció.
—León, tú no entiendes…
—¿Qué es lo que no entiendo? —León dio un paso al frente. Sus ojos claros, normalmente tan serenos, ahora brillaban con una intensidad nueva—. ¿Qué es lo que crees que no sé, Darius?
El silencio que siguió fue absoluto. Darius abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Caeleen observaba la escena con una expresión compleja. Furia, sí. Pero también algo más. Algo que podía ser expectación.
—León… —intentó Darius.
—No. —León negó con la cabeza—. He venido a escuchar, no a pelear. Pero si vamos a hablar, hablemos con verdad. Dime, Darius. ¿Qué es lo que crees que no sé?
Darius tragó saliva. Buscó la mirada de Caeleen, después la de Azren. No encontró ayuda en ninguna parte.
—No sé de qué hablas —dijo al fin, pero su voz temblaba.
León sonrió. Una sonrisa triste, cansada.
—Siempre has sido malo mintiendo. Siempre. Desde que éramos adolescentes. Se te notaba en los ojos. —Hizo una pausa—. Y ahora también.
El mundo se detuvo. Darius sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—León, yo…
—¿Tú qué? —León inclinó la cabeza—. ¿Tú qué, Darius? ¿Qué llevas años viéndolo a escondidas? ¿Qué desde que teníamos diecinueve años me has sido infiel con él? ¿Qué te casaste conmigo hace un año sabiendo que no podías soltarlo?
Cada palabra era un martillazo. Darius retrocedió un paso, como si le hubieran golpeado físicamente.
—¿Cómo…? —susurró.
—¿Cómo lo sé? —León se encogió de hombros—. Porque no eres tan discreto como crees. Porque llegabas a casa con su olor en la ropa. Porque cuando sonaba el teléfono, tu mirada cambiaba. Porque llevo años queriendo no saberlo, y años sabiéndolo igual.
Darius se quedó sin aire. Miró a Caeleen, buscando apoyo, pero Caeleen tenía los ojos fijos en León, con una expresión que era mitad asombro, mitad respeto.
—León, yo nunca quise hacerte daño…
—Ya. —León levantó una mano—. No he venido a que me pidas perdón. He venido a verte. A ver qué pasa cuando todos estamos en la misma habitación. Porque esto —hizo un gesto que los abarcaba a todos— es lo que siempre has querido, ¿no? Tenerlo todo. A él, a mí, a quien sea. Sin tener que elegir.
Darius negó con la cabeza, pero no encontró palabras.
—Y tú —León se volvió hacia Caeleen—. Tú también. Llevas años esperando, años deseando, años construyendo una vida alrededor de alguien que no puede ser tuyo del todo. ¿Y ahora? ¿Ahora qué?
Caeleen lo miró. Por primera vez, Azren vio incertidumbre en sus ojos.
—No lo sé —admitió Caeleen.
—Pues yo tampoco —dijo León—. Pero al menos ya no hay secretos. Ya no hay mentiras. Ya sabemos todos lo que todos saben.
Se volvió hacia Azren.
—Tú eres el único que no tenía nada que ver con esto —dijo—. Y mira dónde estás.
Azren asintió lentamente.
—No me arrepiento —dijo.
León sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina.
—Eres más fuerte de lo que pareces.
Fue entonces cuando Caeleen habló.
—Yo no sabía que él sabía —dijo, señalando a León—. No sabía que lo sabía todo.
—No importa —respondió León—. Lo importante es lo que hacemos ahora.
Darius los miró a los tres. Vio a León, su esposo, el hombre con el que se había casado hace un año, al que había engañado durante cuatro. Vio a Caeleen, su primer amor, el que había marcado su vida desde los trece años. Vio a Azren, el extraño que se había colado en todo esto sin quererlo.
Y por primera vez, se sintió pequeño.
—Lo siento —dijo, y la voz se le quebró—. Lo siento mucho.
León lo miró un largo momento. Luego asintió.
—Lo sé. Pero eso no arregla nada.
Se volvió hacia la puerta.
—Me voy —dijo—. Los tres tienen cosas que hablar. Yo ya no pinto nada aquí.
—León —lo llamó Darius.
Se detuvo.
—¿Volverás a casa?
León tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era baja, pero firme.
—No lo sé. Necesito tiempo.
Y salió.
...--------♡--------...
En la calle, el aire frío le golpeó el rostro. Azren lo siguió unos minutos después, después de que el silencio en el estudio se volviera insoportable.
León estaba apoyado contra su coche, mirando al cielo.
—¿Estás bien? —preguntó Azren.
León soltó una risa corta, sin humor.
—No. Pero llevo años sin estarlo. Una noche más no va a matarme.
Azren se quedó a su lado, en silencio.
—Gracias por venir conmigo —dijo León al rato—. No sé si hubiera podido hacerlo solo.
—Yo tampoco sé si hubiera podido hacerlo solo.
León lo miró. Y por primera vez, sus ojos claros parecían menos cansados.
—¿Ese café? —preguntó—. ¿Sigue en pie?
—Sí.
—Bien. Mañana. A las 11. Hay un sitio cerca de los juzgados. Buena repostería.
—Allí estaré.
León asintió. Se subió al coche y arrancó.
Azren se quedó solo en la calle, viéndolo alejarse.
No sabía qué pasaría después. No sabía si Darius y Caeleen seguirían destruyéndose mutuamente, si León volvería a casa, si todo esto terminaría bien o mal.
Pero por primera vez, no se sentía solo.
Y eso era suficiente.