Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 11: La verdad en el silencio
El interior del apartamento de Daniel era un refugio pequeño y abarrotado, un santuario de libros apilados y muebles desgastados que olía a papel viejo y a esa colonia barata con olor a sándalo que su madre usaba. La lluvia golpeaba contra la ventana con un ritmo irregular, un tamborileo constante que aislaba el pequeño espacio del resto del mundo.
Valeria estaba de pie en medio de la sala, goteando agua de lluvia sobre la alfombra raída, sintiéndose una intrusa en un espacio que se sentía más como un hogar que la mansión de mármol en la que había vivido durante ocho años en su otra vida. Daniel había desaparecido por un momento, regresando con una toalla grande y suave, y una camiseta de algodón que probablemente le quedaría enorme.
—Aquí tienes —dijo él, evitando su mirada, todavía con esa cautela en los ojos que le dolía reconocer—. Te va a quedar grande, pero es seca. El baño está al fondo, a la derecha. Puedes cambiarte ahí.
—Gracias.
El baño era diminuto, apenas suficiente para moverse, pero estaba impecable. Una barra de jabón sobre el lavabo, una toalla de manos colgada con precisión, un cepillo de dientes solitario en un vaso. Todo hablaba de una vida solitaria, pero ordenada, de alguien que cuidaba lo poco que tenía con un esmero casi reverencial.
Valeria se quitó la ropa empapada, que se adhería a su piel como una segunda piel de hielo, y se puso la camiseta de Daniel. Le llegaba casi a las rodillas, y el tejido, suave por muchos lavados, olía a él. A limpieza, a café, a esa esencia masculina simple y reconfortante que ella asociaba con la seguridad.
Cuando salió del baño, Daniel estaba preparando algo en la cocina diminuta. El sonido de la tetera empezando a silbar rompió el silencio incómodo.
—Siéntate —dijo él sin volverse—. Estoy haciendo té. Mi mamá dice que es bueno para cuando uno tiene frío y... problemas.
Valeria se sentó en el borde del sofá, con las manos entrelazadas sobre el regazo, sintiendo el peso de lo que tenía que decir. La barrera entre ellos se había roto con su llegada, pero ahora había un vacío que necesitaba ser llenado con algo más que disculpas.
Daniel se acercó con dos tazas humeantes. Se sentó en el extremo opuesto del sofá, dejando una distancia prudente entre ellos, una distancia que a Valeria le dolía más de lo que hubiera imaginado.
—Daniel... —empezó ella.
—Bébelo primero. Se está enfriando.
—No quiero el té. Quiero hablar. Quiero explicarte...
—¿Explicarme qué? ¿Por qué me empujaste? ¿Por qué me dijiste que me fuera? Ya lo sé. Tienes miedo. No confías en nadie. Te lo he escuchado antes, Valeria. De otras personas. De mí mismo.
—No. No es solo eso.
Él la miró finalmente, con los ojos entrecerrados por la sospecha y el dolor.
—Entonces, ¿qué es?
Valeria respiró hondo, envolviendo la taza caliente con sus manos heladas, buscando las palabras precisas. No podía decirle "volví del futuro". Sonaría a una locura, a delirio, a las fantasías de alguien que ha perdido el contacto con la realidad. Pero tampoco podía seguir mintiendo, no cuando acababa de pedirle que la dejara entrar.
—¿Alguna vez has sentido...? —empezó, eligiendo cada palabra con cuidado—. ¿Alguna vez has sentido que conoces algo que no deberías saber? ¿Como si hubieras vivido una situación antes, pero con diferentes resultados?
—Como un déjávu.
—Algo así. Pero más intenso. Mucho más real.
—A veces. Todos lo tenemos.
—Imagina que no es solo un momento. Imagina que es una vida entera. Imagina que tienes recuerdos, recuerdos reales y dolorosos, de una vida que no has vivido todavía. Una vida donde cometiste todos los errores posibles. Donde lastimaste a la gente que te quería. Donde... donde elegiste mal. Y ahora estás aquí, con el conocimiento de lo que pasará si sigues el mismo camino.
Daniel la miró en silencio, su expresión impasible. No había burla en sus ojos, solo esa atención profunda y analítica que él aplicaba a todo lo que le importaba.
—¿Eso es lo que sientes? —preguntó él con calma—. ¿Recuerdos? ¿Una vida que no has vivido?
—Sé que es una locura. Sé que deberías llamar a un médico o a un psiquiatra. Pero es la única forma en que puedo explicar por qué sé lo que sé. Por qué tengo tanto miedo de Alejandro Rivas sin haber tenido nunca un conflicto real con él. Por qué te busqué a ti, por qué te dejé entrar en mi vida tan rápido, cuando en la vida "normal" que he vivido en esta línea de tiempo, apenas te conocía.
—¿Qué sabes de Alejandro Rivas?
—Sé que es peligroso. Sé que es controlador. Sé que me busca no porque le guste, sino porque quiere poseerme, porque en su mente yo soy... un trofeo. Un objeto que completa su colección. Y sé, con una certeza que me quema la piel, que si me acerco a él, me destruirá. Lenta o rápidamente, pero me destruirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque... porque lo vi. Lo viví. En esos recuerdos de esa vida que no debería recordar.
Daniel se quedó en silencio. Su dedo índice trazaba círculos en el borde de la taza, un gesto de concentración que Valeria había aprendido a reconocer. Estaba procesando, analizando, intentando encajar la información en su visión del mundo.
—¿Y yo? —preguntó finalmente, con una voz extrañamente suave—. ¿Qué soy yo en esos recuerdos?
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Apartó la mirada.
—Eres... el error más grande que cometí. La oportunidad que no tomé. El arrepentimiento que me llevó a la tumba.
—¿Arrepentimiento?
—En mis recuerdos... en mi otra vida... tú siempre estuviste ahí. Siempre apareciendo. Siempre siendo amable. Siempre mirándome con esa paciencia infinita que yo no merecía. Y yo estaba tan ciega, tan obsesionada con una vida que no valía la pena, que nunca te vi. Nunca te vi de verdad. Hasta que fue demasiado tarde.
—¿Qué pasó al final? ¿En esa otra vida?
—Morí —susurró ella, y la palabra flotó en el aire entre ellos, pesada como una piedra—. Morí en el suelo frío de una casa que no era un hogar, con su sangre en mis manos y tu nombre en mis labios. Y lo último que sentí... lo último que pensé... fue que había desperdiciado todo mi tiempo amando a la persona equivocada e ignorando a la única que me amaba de verdad.
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso la lluvia pareció detenerse por un instante, conteniendo la respiración.
Luego, lentamente, Daniel se movió. No se alejó, como ella temía. Se acercó. Se sentó a su lado en el sofá, eliminando la distancia entre ellos, y puso su mano sobre la de ella, que seguía aferrando la taza como un ancla.
—No sé si creo en vidas pasadas, o en regresiones temporales, o en lo que sea que esto sea —dijo él, con una voz firme y constante—. Pero creo en ti. Creo en lo que veo en tus ojos cuando miras a Alejandro. Creo en el miedo genuino que te hace temblar. Y creo... creo que sea lo que sea que traigas dentro, no tienes que cargarlo sola.
—¿No piensas que estoy loca?
—Creo que estás herida. Creo que estás aterrada. Y creo que, si la alternativa es perder otra oportunidad de estar contigo, voy a apostar por la locura.
—Daniel...
—Escúchame bien, Valeria. No me importa cómo lo sabes. Me importa que lo sabes. Y si dices que ese hombre es peligroso, entonces lo es. Si dices que te va a hacer daño, entonces te lo va a hacer. Y mi trabajo, mi único trabajo ahora, es asegurarme de que no lo haga. No voy a dejarte sola en esto. Nunca más.
Valeria dejó que las lágrimas cayeran finalmente, liberadas por la aceptación incondicional que él le ofrecía. Se refugió contra el pecho de Daniel, sintiendo el latido de su corazón, un ritmo constante y reconfortante que le prometía que, esta vez, las cosas serían diferentes.
—Lo siento —sollozó—. Lo siento por haberte apartado. Por haberte lastimado.
—El pasado es pasado —murmuró él, acariciando su pelo mojado con movimientos suaves—. Estamos aquí. Ahora. Y eso es lo único que importa.
Afuera, la tormenta se intensificó, el trueno retumbando en el cielo como una advertencia del conflicto que se avecinaba. Pero dentro de ese pequeño apartamento, resguardados del frío y la lluvia, Valeria sintió por primera vez en su existencia que tenía un aliado. Un verdadero aliado.
Y eso, supo, era algo que Alejandro Rivas nunca podría comprar, ni intimidar, ni destruir.